jueves, 7 de marzo de 2013

TERMA EN LA NIEVE



«Aprende a estar en silencio. Deja que tu mente tranquila escuche y se quede absorta». Pitágoras
Sumergida en aquella cálida terma de agua, los copos de nieve se van enredando en mi pelo, escarchándolo. Es narcótico el contraste del calor y el frío. El vapor forma nebulosas alrededor. Mis párpados se van cerrando por un pesado sopor, lentamente. Silencio tan solo roto por el plumoso viento que acaricia mis oídos y el chapoteo del agua entre las rocas. Aquel idílico lugar, alejado del desorbitado ruido de la ciudad, tiene la tarea de silenciar mi mente.
Sigue la nieve jugando con mis cabellos, el cuerpo desplomado, no pienses en nada. Aleja toda imagen e idea, las que te atormentan. Las lágrimas atraviesan mi garganta de puro sosiego. Es lo que necesitaba desde hace tiempo, llorar. Rodeada de altas montañas en aquel valle perdido, los cúmulos de nubes pasan lentamente. El reloj se ha ralentizado. Los árboles dormitan sin sus abrigadas hojas.
Cada una de las lágrimas me mitiga, limpian el alma, de eso se trata, de escuchar mi corazón. Una suave campana se acerca. Me levanto y ponen sobre mis hombros una especie de quimono de textura gruesa y unas zapatillas. Con un ademán de la mano me indica que le siga. Comienza a tocar de nuevo la campana, a cada sonido de ella un paso, un tintineo, un paso, lento, con parsimonia. Aprende a tener paciencia para llegar al destino.
Se hizo prioritario equilibrar mi mente tras su desastrosa sobrecarga. Gabriel dijo: «Si no hallas el camino adecuado finalizarás en el precipicio, estás demasiado cerca». Puso en mis manos este destino. Y en un arrebato de desesperanza marché sin demasiada expectativa.
Varias lunas van transcurriendo. No ha sido fácil, la tristeza y la apatía a veces me ahogaban. Hasta que, poco a poco, aprendí las vibraciones de la paciencia, del silencio y de la quietud. Todo llega cuando estamos preparados y en el trayecto hay duras enseñanzas. Algunos de aquellos con quien pensábamos terminar nuestros días, quedaran atrás como lección aprendida en el libro de las que algo recuerdas.
Escucho los susurros de mi corazón al que hasta hoy apenas oía. Dar un paso al son del lento tintineo de la campana me hace advertir cómo entra el aire en mis pulmones. Ese aire lleno de aromas de invierno. Ese invierno que dará paso a una nueva primavera, el resurgir de la vida, mi vida. Esa vida a la que creía ya organizada. Solo existe el presente, dejemos de buscar. Y desde luego, el amor no se busca, se encuentra. He comenzado por enamorarme de mí misma. Ahora.
Como cada mañana me sumerjo en la terma. La nieve dejó de enredarse en mi pelo, pero sigo sintiendo la levedad del viento gélido en mi rostro. Desplomo mi cuerpo. Inspiro y sólo escucho cómo mi corazón palpita. No sé el tiempo que ha transcurrido, dejé de tachar los días. Los cerezos comienzan a decorar sus ramas con pequeños brotes, con una pequeña flor perfecta. Mis párpados se van cerrando, sonrío.

viernes, 22 de febrero de 2013

LA LOBA




Soy la loba que aúlla a la luna; la tímida bibliotecaria que languidece entre pilas de libros. Él ignora de donde proviene el aullido que llega a sus oídos cada noche. Me reconocería por mis ojos pero está desorientado cuando cada mañana me entrega los libros. Noto que mi mirada le turba. Cuando el sol baña el bosque la loba duerme en su madriguera, en la biblioteca.

A mí también me consterna su mirada y sus grandes manos. Con ellas abarca el acopio de libros que pone sobre la mesa; manos huesudas y fuertes en las que mecería las mías. Emanan la claridad del agua como el del riachuelo en la noche, cuando bebo.

Lo sé, tras muchos años de espera, tras muchos rostros que engañaron mi alma, te reconocí. Advertí el aroma del bosque en tus huellas. Vi el aura de fuego alrededor de tu silueta encubierta por tus ropas raídas de profesor de escuela.

Permaneceré a la espera hasta que resuelvas la ecuación de por qué te turban mis ojos. Cuando encuentres la solución buscaras a la loba que aúlla a la luna. Llevo tiempo acechando. Seguiré hasta que tu halo inunde libre la bóveda celeste.

Llegará ese momento en el que nada ni nadie impida que correteemos juntos. Abandonaremos la madriguera para surcar el mundo. La intuición será la reseña de nuestra raza. Libertad plena para dejar deambular los instintos. El ciclo de nuestra evolución se habrá cumplido.

lunes, 11 de febrero de 2013

DOULA




La palabra doula se deriva del griego antiguo que significa “mujer ayudando a mujer”
Soy una doula. Intento dar tranquilidad y confianza a la mujer en el habitáculo donde se llega a este mundo rodeado de maquinaria y personal profesional cubiertos de verde. No acometo tareas clínicas, mi labor esta dirigida al campo emocional e incluso espiritual. En los hospitales se olvidan a veces a las personas. Todo se motoriza siguiendo unos patrones. Se dice que si fuera una máquina, me contratarían ipso facto, mis resultados están demostrados. Pero también se dice, que como no soy rentable y no se me puede vender, no intereso. La humanidad que aporto en el momento del alumbramiento puede ayudar de forma extraordinaria, incluso en alguna que otra dificultad. Son pocos los casos de mujeres que deciden traer a sus vástagos de forma natural y en casa, pero alguna en estas circunstancias he ayudado.
Arancha me contrató en el séptimo mes de embarazo. Estaba sola en la gran ilusión de ser madre. Daniel no sabía si llegaría a tiempo, destinado en Beirut. Siempre soñó con el instante de tener a su hijo en los brazos. El momento se acercaba y decidimos que me iría a vivir con ella los últimos días. Las posibilidades económicas de Arancha eran excelentes pero afectivamente sus carencias también eran superlativas. Demasiadas niñeras y tutores pero pocos abrazos y besos.
Aún quedaban diez días para el alumbramiento, eran carnavales y nos marchamos a una casa rural a unos 45 km de la ciudad. Necesitábamos tranquilidad. Daniel llamó, estaría con ella la próxima semana, había conseguido un permiso de unos días.
La casa era acogedora, sosegada y protectora. Piedra, madera y fuego. Ya instaladas, la noche caía. Una esplendida luna llena se encerraba en la ventana, expresión de contrastes y misterio iluminando la noche. Contemplé aquella imagen hechizada. Arancha leía un libro en el sofá junto al fuego. Un escalofrío me recorrió el cuerpo, extraño presagio.
No tenía por qué tener miedos. Tomamos un caldo caliente para la cena, Arancha no toleraba algunos alimentos, sobre todo por la noche. Antes de acostarnos me unte las manos con aceite de lavanda y masajeé sus piernas y pies, aliviando el hinchazón y pesadez, mientras como habitualmente le contaba alguna que otra leyenda de la tierra, a ella le gustaba.
En la luna llena había más partos prematuros pero no tenía por qué ser el caso. Arancha se acostó. Me quede junto al fuego relajando la mente viendo el baile de las llamas. Fuera el viento comenzó a soplar con fuerza.
Algo me inquietaba. Me puse los cascos para escuchar música, las melodías sefardís de Ana Alcaide. Me traslada a otras épocas en el Toledo de cristianos, moros, judíos, brujas, nigromantes y hechiceras. En cierto modo me sentía un poco vinculada con aquellas hechiceras que conocían el poder de la naturaleza y las hierbas. Suelo usar lavanda y agua de rosas para las friegas; tila, melisa, infusión de flores de aquilea con un poco de miel para calmar; romero, manzanilla y agua de arroz para los vómitos. El ser lo que soy, en cierto modo me vincula con épocas en que no había médicos para traer a los niños al mundo.
No sé muy bien el tiempo que estuve escuchando música hasta caer dormida. Me despertó el grito de Arancha reclamándome. Di un salto y en tres pasos estaba en su habitación. Ella volvió a gritar:
- Está aquí. He roto aguas—Arancha tenía la cara desencajada.
- Tranquila —la agarré fuerte la mano—estoy aquí. Controlaremos las contracciones con la respiración. Tranquilas nos vamos al hospital. Antes déjame ver cómo estás. Tengo que ver la dilatación.

La cabeza de la pequeña ya coronaba. Era imposible subirla al coche. Cogí el móvil y llamé a urgencias. Mientras llegaban trataría de hacerlo lo mejor posible.
Me impregne las ropas del agua de rosas, su aroma relajaba, empapé una toalla pequeña y se la puse en la frente. Arancha había comenzado a empujar. Me coloque a los pies de la cama poniendo sus pies sobre mis hombros y le di mis manos. Las contracciones eran continuas y fuertes, todo preveía un parto rápido.
- Arancha mírame a los ojos, respira como te he enseñado. Empuja cuando sientas que lo necesitas. Tú eres fuerte y estás preparada. Si necesitas gritar hazlo, te ayudara a canalizar el dolor. No dejes de mirarme todo va a ir muy bien. A ti siempre te gustan las historias que te cuento. Eres María La Hechicera, aquella que trajo su hijo al mundo, aquella que vive en el Pozo Amargo, que ama al Capitán que vive en su espíritu a pesar de la distancia. Aspira el aroma de las rosas. Eres fuerte y yo estoy a tu lado.

Arancha dio un fuerte grito, empujó con fuerza sobre mis hombros, tiro de mis manos y la cabeza de la pequeña quedó fuera.
- Lo estás haciendo muy bien —empapada en sudor y con la cara desencajada— ya queda poco. Otro empujón más y ella estará a tú lado.
- No puedo—grito.
- Si puedes porque ya casi lo has conseguido. Estoy aquí, no dejes de mirarme. Daniel se sentirá muy orgulloso de ti.

Volvió a soltar un fuerte grito y la pequeña quedo sobre la cama. Solté las manos para cogerla, agarrarla de los pies, ponerla boca abajo y darle un cachete. En el mismo instante comenzó a llorar. Coloque a la pequeña sobre el pecho de su madre, aún unidas por el cordón. La luna encuadrada en la ventana fue testigo de su nacimiento. Mi corazón henchido de emoción no puedo contener las lágrimas. La imagen era sublime.
En ese mismo instante llegó la ambulancia haciéndose cargo de la situación. Subieron a ambas al vehículo y yo, por supuesto, junto a ellas. Antes de montar miré de nuevo a la luna, aquella luna sefardita y, no sé muy bien por qué, le di las gracias. Nunca había asistido a un parto sin personal cualificado, sola. Soy una Doula y me enorgullezco de serlo.

jueves, 31 de enero de 2013

PERCEPCIONES


“La mente racional es un sirviente fiel, pero la mente intuitiva constituye un don sagrado. La paradoja de la humanidad consiste en habernos decantado por rendir culto al sirviente y deshonrar a la Divinidad.” Einstein.


No me puedo considerar un ser sesudo y racional. Mi corazón manda más que mi razón, desconozco la causa. No siempre la trayectoria fue fácil pero los resultados con mucha frecuencia fueron excelentes. Por si hay lugar a equívocos de tonta, como dice el tópico, ni un pelo. Los que me conocen saben de mis inquietantes intuiciones en determinados instantes.
Pero esas intuiciones a veces me mortifican hasta que dan la cara. Sientes que algo o alguien llegan en un determinado instante con algún cometido. Inquieta mi cuerpo y contrae mi estomago. Dudas si indagar o esperar a que la señal luminosa aclare la duda. En tales devaneos paso las horas.
La intuición que de vez en cuando estalla en mi cara, me da vida, me abre puertas. Es como la pimienta que te espabila ante un insulso alimento. Pero como la pimienta, por donde pasa abrasa.
La quemazón me está degollando. Así pasé hoy el día, con escozor y el estomago cohibido. La intuición llegó apenas unos días, paso de largo despacio, contoneando sus caderas. No quise hacerla mucho caso pero me ha ido usurpando espacio con sus fluctuaciones.
¿Qué quieres? ¿Qué mensaje ocultas en tus entrañas? ¿Quién te envía? No he hallado respuestas pero sé que serán muy inquietantes. Iluminaran una nueva era, un nuevo camino como siempre lo han hecho. Esas intuiciones me matan para renacer de mis cenizas como el Fénix.
Al fin y al cabo soy eso. Cenizas flotando en el viento tras un nuevo destino.

martes, 22 de enero de 2013

EL DIOS TECNOLOGÍA




"Amo las limitaciones, porque son la causa de la inspiración" Susan Sontag

Durante el invierno permanezco en la caverna. El tiempo hace que cada año sea más complejo salir. El frío me inhabilitaba pero la estación gélida también tiene su magia. Cada mañana el mismo protocolo: el calor del fuego, la taza de chocolate y la ventana indiscreta.

Mis manos pequeñas, de palmas grandes y dedos finos se han modificado. Todo muta condicionándose a las circunstancias. Los dedos son la llave que abre la puerta de un prodigioso cosmos, insertan la clave. Una luz perlada desborda el habitáculo. Allí está todo un universo sin mover un ápice: los correos, unos personales de amigos, otros de páginas suscritas; el navegador con sus marcadores favoritos y las redes sociales con los últimos posts de los camaradas internautas.

Ese panel fusco lleno de letras y el procesador de textos donde cada día es un placer impregnar de caracteres la pantalla, es lo más trascendental. Vuelo con ellos dando alas a mi mente. Dependiendo de dónde sopla el viento, unos días escribo pequeños relatos, otros poemas y otros las iniquidades que laceran la piel tras las luchas cotidianas.

No es fácil correr tras las hojas que dejan desnudos a los árboles cuando las piernas no responden. Por eso idolatro al Dios Tecnología pues me da la oportunidad de que cada jornada sea una nueva aventura, un viaje a cualquier lugar sin necesidad de billete ni monedas.

El frío entumece mi cuerpo con sólo pasear por el parque durante diez minutos; por eso permanezco en la caverna. Es la estación idónea para las migraciones imaginarias, para los desenfrenos creativos al calor del amaranto fuego de la chimenea.

Mi novela inacabada avanza con ritmo vertiginoso al caer los primeros copos. Paso largas horas con Ardindra, aquella que mezcla el fuego y el trueno, la dama cuentacuentos de mis ficciones, acompañada de su viejo y fiel amigo Darlon. En el mercado de Nanmilia con con su extraordinario cuadro de colores que conforman cada tenderete, cada calle y cada mercader obtenemos todo lo que necesitamos. Y al caer la tarde, cuelgo el diario de navegación en el blog donde mis seguidores esperan impacientes las andanzas épicas de los viajes de Ardindra.

Y así paso las horas, los días y los meses hasta que vuelve a salir el sol y el calor hace renacer la tierra. Por un lado, ansío respirar el aire fresco de la mañana empujando con las manos la silla de ruedas pero por otro, anhelo los viajes condimentados con el humeante chocolate, pilotando la nave de la imaginación también con las manos. Todo tiene sus ventajas y sus inconvenientes. En el verano la mente almacena imágenes y dibuja las luces de las historias venideras.

martes, 13 de noviembre de 2012

NOCHES DE TORMENTA



Ella mandó un mensaje por el móvil sobre las tres de la mañana, cuando regresaba. La velada en casa de Samuel había sido inusitada, solemne y seductora. Sentía mucha curiosidad por él y su entorno. Llegó y todo fue un enlace infinito de coqueteos hasta llegar al desenlace. Poco importó su hábitat.
¿Por qué sentía tanta atracción por alguien que aparentaba ser corriente y con un trabajo aburrido? Tal vez era su melancólica mirada aunque en esta noche sus ojos le titilaban.
Pasear a esas horas bajo la leve lluvia tras la tormenta era una delicia, despertaba en ella su instinto más primitivo. Estaba exultante. Samuel no le había decepcionado en la cama, en absoluto. Tenía la sensación que hacía tiempo que no estaba con una mujer, demasiada ansia.
El aire fresco inundaba los pulmones. Sería estupendo retozar en el agua como en “Bailando bajo la lluvia” pero con el vestido y los tacones era una lástima. Se imaginó dando saltos en los charcos, las gotas bañando su rostro y mojado el corazón de ternura. Pensándolo bien nadie de todas las aventuras que había tenido le había hecho sentir así. Desde el primer día la química surgió, lo más insospechado.
Le he dejado adormecido en su cama. No me gusta dormir con mis conquistas que casi siempre suelen ser de una noche. Aunque Samuel es diferente, él ya ha tenido su historia y yo soy demasiado joven para atarme a una. Es la mejor de las expectativas cuando no se espera nada, nada te puede decepcionar. Todo lo que se recibe asombra, enaltece y encandila.
Oigo los tacones de mis zapatos salpicar sobre el agua, el sonido se amortigua. No estoy sola otro sonido atenuado suena más lejos, tras de mí. Comienzo a inquietarme. Tras diez minutos los pasos desconocidos siguen coincidiendo con mi ruta. Demasiada casualidad. Conozco bien toda la zona. Tuerzo a la derecha en la siguiente calle, me quito los zapatos y corro hacia una pequeña calleja también a la derecha donde hay un pub que suele estar abierto hasta la madrugada.
Entro precipitadamente con los zapatos en la mano y los pies mojados. Parte del personal que está en la entrada se me queda mirando. Recupero la compostura y ávida me dirijo a una mesa libre en un rincón donde puedo ver la entrada. El camarero se acerca y le pido un gin-tonic. No quito ojo de la puerta. Se abre y un hombre de cabello pelirrojo entra colocándose la camisa ¡Dios Santo, Samuel! Pienso para mí misma. Con una sonrisa maliciosa se dirige hacia mi mesa tras localizarme.
- ¿Se puede saber que hacías persiguiéndome?— intento poner semblante de enfado pero me es imposible, la situación es tan ridícula— Pensé en apuñalarte cuando doblaras la esquina.
- Me apetecía seguirte cuando me has dejado abandonado en la cama—divertido— Ignoraba que eras tan peligrosa. Por favor otro como el de la señorita— dirigiéndose al camarero.
- Pensé que alguien me seguía con no muy buenas intenciones— estoy ya relajada— aunque he de decirte que me defiendo bastante bien.
- Ahora ya enserio. Te dejaste la cruz de cristales rojos en casa. Te iba a llamar para dártela pero cuando te vi dando saltitos por los charcos y canturreando decidí observarte por un rato. Hasta que me has dado esquinazo.
- ¿Estás seguro de que sólo me querías dar mi colgante o es que querías saber a dónde me dirigía?
- Nena no pienso dejarte escapar esta noche aunque te tenga que perseguir hasta el infinito. Si tienes por costumbre no dormir con tus conquistas pasaremos la noche en vela corriendo por las esquinas, con un gin-tonic o esperando el amanecer. Pero no te va a ser tan fácil deshacerte de mí.
- ¡Touché! Por cierto no son cristales rojos, son rubíes. Esa cruz aunque pende de una cinta de raso negra es más valiosa de lo que piensas.
- ¿Regalo de una de tus conquistas?— de nuevo con una sonrisa maliciosa.
- Algún día te contaré su historia.

Ambos toman sus respectivas copas y beben la ginebra con tónica que les han servido. La duda flota en el ambiente ¿Olvidó ella su cruz de rubíes? ¿Él decidió seguirla para devolverle su colgante? ¿La cruz es una joya valiosa o una reliquia excepcional? Ante ellos muchas incógnitas, apariencias que ocultan la realidad y el comienzo de una aventura con tintes románticos, pasión y tal vez, algo de peligro.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

REBECA




Además de la afición por los libros, mis padres y yo, compartimos la afición por el cine. Rebeca, mi nombre, tiene que ver con una de las primeras películas de Hitchcock rodada en 1940. Dicha película es una obra maestra de la narrativa y el suspense.
Mis padres la vieron una tarde de los año 60 en la que su historia de amor comenzaba a emerger como un submarino de los abismos del océano. La tele resonaba en casa de los abuelos y entre fotograma y fotograma, caricias furtivas. Así es como aquella antigua Rebeca llegó a formar parte de la historia familiar, tanto, que tuvieron que otorgar el nombre a la obra de su amor para que jamás se borrara su huella.
El film narra la historia de un aristócrata inglés Maxim De Winter (Laurence Olivier) que al poco tiempo de perder a su esposa Rebeca, conoce en Montecarlo a una joven humilde (Joan Fontaine), dama de compañía de una señora americana. De Winter y la joven se casan y se van a vivir a la mansión inglesa de Manderley, residencia habitual de De Winter. Pronto la señora Winter se da cuenta de que no puede borrar en su marido el recuerdo de su difunta esposa.
Uno de los detalles del rodaje fue que Laurence Olivier quería para el papel principal femenino a Vivien Leigh; como Hitchcock optó por Joan Fontaine, Laurence trató de forma horrible a Joan; este maltrato afectó tanto a la actriz que Hitchcock aprovechó para hacerle creer que todo el mundo del equipo de rodaje la detestaba; Joan se mostraba tímida y reservada, justo lo que quería el director para el personaje.
Cine clásico en blanco y negro con música de violines estridentes, románticos y enigmáticos. Rebeca, el principal personaje, jamás aparece en la película pues muere antes de comenzar la trama. La actriz principal sin nombre en el film, anulada por la presencia etérea y el recuerdo insistente de Rebeca, una ingenua joven americana. El galán, sobrio, serio, masculino, con esas canas que apuntillan al personaje, un apuesto aristócrata británico. La fría y siniestra señora Danvers, ama de llaves de Manderley; tiene un aspecto fantasmal con su uniforme negro, tez pálida, voz tranquila y andar sobrio; resulta perturbadora con su obsesiva adoración por Rebeca; menosprecia a su nueva señora considerando que no es digna de vivir en Maderley.
He visto la película muchas veces junto a mis padres “Anoche soñé que volvía a Manderlay…” Es la primera frase que se dice junto con una imagen de una inmensa luna llena entre tinieblas. Esa luna que tanto me hipnotiza y de la que siempre me he sentido vinculada. Soy reservada y distante a la vez que brillante y espectacular como la misma Selene. Y desde luego pertenezco al mundo de la noche. Todos me ven y admiran pero a nadie pertenezco. Y esa nebulosa que la difumina es mi apariencia con la que ocultó mi verdadero yo.
Soy Rebeca nada que ver con la película de Hitchcock solo la admiración de unos cogeneres en un momento muy importante de sus vidas. Como una de sus expresiones “la luz de la luna puede jugar con la imaginación” así mi luminosa oscuridad juega contigo para atraerte hacia mi propósito. Pero el plan ha quedado relegado un poco, ignoraba que dentro de esa apariencia de empresario serio y melancólico surgiría una fuerte personalidad que estaba aletargada.
Ahora has descabalado mis pasos. Mientras vuelvo a encauzar el sendero disfruto de tu presencia. Compartiremos charlas, unas veces intrascendentes y otras con cómplices revelaciones sobre nuestras vidas. Quiero saber más de ti pues soy el cazador cazado. Viviré el presente, es lo único que tiene sentido.
Soy como la segunda señora De Winter en la película Rebeca, cuando en la recepción de un lujoso hotel de Montecarlo queda fascinada por la presencia severa de Maxim De Winter (Laurence Olivier), su futuro marido. Quiero bailar entre tus brazos como ella en aquella idílica terraza o sentir tus dedos sobre mi frente con un beso como ella en el paseo en coche o rodeada de flores como regalo de boda como ella antes de ir a Manderley. Nunca pensé sentirme así, mi carácter va más con la perturbadora y gótica ama de llaves y sin embargo, has arrancado sentimientos que no pensé tener. Samuel quiero conocer cada rincón de tu cuerpo y de tu alma, y no cesaré en el intento hasta conseguirlo. Puede que nuestra historia termine consumiéndonos en las llamas como la colosal mansión. “Anoche soñé que volvía a Manderlay…”

miércoles, 8 de agosto de 2012

LA POSADA DE LA CONDESA DE CALATRAVA



El sol calentaba como sólo lo hace en los meses de verano en el centro de España, con esa intensidad que abrasa y agobia. La corbata me arranca la respiración. Busqué un local donde aliviar la tortura del asfalto.

Aquel día fue el comienzo y el final. Un cúmulo de muchas imprevisiones y un inciso en la soledad de mi desierto urbano. El destino reiterado me amargaba y su aparición, efímera y eterna, aportó el viento lozano que precisaba. Todo transcurrió en horas pero daría lo que fuera por volverlas a vivir. Ella sólo buscó un alma cándida para pasar inadvertida y escapar. Huía de algo taciturno y cruel.

Sus ojos, castaños y profundos hasta perderse en ellos, eran desafiantes e intrépidos. Parecía que de un atisbo descubriera los más íntimos secretos. Se cruzó con mi mirada en la posada de aquella histórica ciudad. Mi existencia estaba vacía y mis ambiciones, que nunca fueron demasiadas, satisfechas. Creía que ya poco me quedaba por ver y vivir. Se acercó a mí, agarró mi brazo y comenzó a hablarme desaforadamente:

- Buenos días. Mucho calor y eso que sólo son las nueve. Tienes el nudo de la corbata un poco torcido aunque tu aspecto es formidable ¿Qué tal la velada de anoche?

Le mire sorprendido. Acababa de llegar a aquella localidad y evidentemente se confundía. No sé porque le conteste y le seguí el juego:

-Mis veladas últimamente no son demasiado buenas. Y llevo parte de la noche de viaje, acabo de llegar.

Sin soltarme del brazo siguió hablando, ignorándome y continuando con la farsa:

-¡Qué tonta! Pero me has caído simpático. Tu aspecto es tan apuesto que te había confundido con otra persona ¿Vienes por vacaciones?

La conversación era absurda. No conocía de nada a aquella mujer y no sé porqué seguía hablando con ella. Miraba directa a mis ojos y yo a los suyos, inhibía mi voluntad. Me dejé llevar, no tenía nada mejor que hacer en un par de horas.

- Hola, vengo por tema de trabajo — le tiendo la mano—. Soy abogado. Me llamo Mario.
- Yo soy Elena. Te encantará mi ciudad está llena de encanto — pensativa—. Lo siento, que me has dicho que venías por trabajo. Me aburro. ¿Has desayunado? Si no le importa podemos hacerlo juntos. Aquí, en la judería, dan unos almuerzos magníficos. El desayuno debería ser la comida mejor del día pero, ya se sabe como somos, todas las comidas son buenas, nos da igual la hora. Pensaras que estoy loca. Venga vamos, no te arrepentirás.

Acepte, irresponsablemente y sin rechistar. El almuerzo fue soberbio; disfrute de cada momento y bocado. Hablamos de cosas intrascendentes y divertidas; hacía tiempo que no me reía como lo estaba haciendo con aquella extraña. Elena me recordaba a mi esposa cuando era joven; fue como volver a estar con ella. El pelo corto y oscuro; la cara joven e inocente; talante rebelde e insolente; aquel lunar en la mejilla; sus ropas desenfadadas, confortables, dejando entrever aquella figura recia, exultante y provocadora. Era la misma persona con un toque salvaje, alocado y frívolo. La añoranza me hizo pensar, por un momento, que ella había bajado un ratito para charlar conmigo desde su largo e imposible regreso.

Terminamos y me despedí. Mi cita por asuntos laborales era a las doce. Quedamos para comer juntos en aquel mismo lugar “La Posada de la Condesa de Calatrava”.

La mañana se me hizo eterna. Estaba impaciente e inquieto. Ansiaba que llegaran las tres y a su vez me ahogaba el miedo ¿Dónde me estaba metiendo? La verdad es que nadie se arrima sin una causa a alguien desconocido y bastante maduro. Tal vez trataba de timarme, algo tenía que perseguir o sólo era una joven aburrida ¡Los tiempos han cambiado tanto!

Cuando llegué a la posada recorrí ansioso todo el comedor localizándola en breve. Mi corazón se aceleraba por momentos como si intentara garantizar que aún seguía vivo. Me dirigí directo a ella.

- Hola Elena, ¿Comemos?—hice una pausa—. Me gustaría que me dijeras que pretendes. Mejor no me lo digas, prefiero ignorarlo pero te aseguro que no soy presa fácil. Haremos como si nos conociéramos de toda la vida.
- Sólo quiero que me saques de aquí en tu coche. No temas, no pretendo nada, sólo irme lo más lejos posible. Si lo prefieres nos podemos marchar, no tengo demasiada hambre— con ironía—. He desayunado muy bien.

Sus ojos desprendieron un brillo febril. Era una locura pero me pareció sincera. Tome su pequeña y esbelta mano en la mía y la sugerí con un ademán que adelante. Yo tampoco tenía hambre.

Recorrimos las calles despacio hasta mi coche aparcado en una callejuela inhóspita. En el vehículo abrazó mi cuello y me besó con una pasión violenta. La desabroche los botones de arriba de su blusa y la acaricie. Ella se subió a horcajadas sobre mí y continuo besándome mientras sus manos aflojaban mi corbata y también desabrochaba mi camisa y mis pantalones. El deseo usurpó mi cuerpo y...

Yo, un hombre tradicional, que deploraba las conductas lascivas, los desenfrenos de la juventud, estaba allí como un adolescente liviano. Con mis cincuenta años arrastre todos mis principios. Cuando ya mitigamos la exaltación y recobramos la compostura, no olvidare sus palabras, me dijo:

- Mario olvida todo lo que aquí ha pasado. Esto sólo ha sido un choque de sentimientos, una descarga de adrenalina por parte de ambos. Tú necesitabas sentir y yo, eufórica por algo que no tenía que haber hecho, cerciorarme de que aún quedan buenas personas. Te escogí a ti como podía haber escogido a cualquiera. Eres excepcional, me hubiera gustado conocerte más pero es imposible. Sentí tu soledad y conocí a tu esposa. Sé que por un momento has revivido algún fragmento de tu existencia con ella. He poseído en mi joven pero duro recorrido un pedacito de felicidad como la que tú has tenido. Soy un ser infame, maltratado y cansado. Me has dado alientos y esperanza. Tal vez algún día yo también tenga mi alma en paz. Arranca y marchémonos.

Tras unos doscientos kilómetros sin apenas hablar, le dejé donde ella me indicó, en una estación de tren de un pequeño pueblo. Sin volver la cabeza desapareció en las entrañas de aquel pequeño apeadero.

Cuando llegué a mi casa, exhausto, me tumbé en la cama. Mire el retrato de mi esposa y lo besé. Sentí que ella guió los pasos de Elena para sosegar en mí el desaliento y la soledad. Y así me quede profundamente dormido.

Al día siguiente, como habitualmente, salí a comprar el periódico. En primera página, en el ángulo inferior izquierdo, había una noticia que llamó mi atención y me dejó petrificado:

“Ayer en “La Posada de La Condesa de Calatrava” fue encontrado muerto, con un fuerte traumatismo cráneo-encefálico Don Juan Jabalón, conocido y acaudalado ganadero. La autora del crimen se cree que puede ser su hijastra Elena Moreno de la que no se ha encontrado pista. Le acompañaba la noche anterior cuando ocuparon una habitación en dicha posada. Se especula que el móvil del crimen ha podido ser los continuos abusos del ganadero a la joven. Ésta accedía a dichos abusos ante las amenazas de abandono y desahucio por el delicado estado de salud de su progenitora. Don Juan costeaba un tratamiento muy caro en Houston para su esposa y madre de Elena.”

Elena, mujer de raza, determinó acabar con su mayor problema y dejar a su madre en la mejor de las situaciones. Heredera única de una gran fortuna después de años de sufrimientos y engaños. Me fijé en el nombre de la posada, describía su persona y semblante. La Condesa de Calatrava altiva y de gran linaje, fuerte y visceral.

Me puse en contacto con la policía. Hasta el día de hoy no he vuelto a saber de ella. Me complacería volver a verle y tender mi mano como aquel día, en la posada y en aquella histórica ciudad. Suelo estar pendiente de las últimas noticias y sucesos. Siempre hay alguien en peores circunstancias que uno mismo y siempre hay un motivo para seguir viviendo.

martes, 10 de julio de 2012

METAMORFOSIS




Ella me rondaba desde hace tiempo o simplemente ambos rondábamos en el mismo hábitat. Su aspecto gótico épico despertó un instinto extraño en mí. Nunca me atrajeron esas apariencias negras ataviadas con encajes insinuantes, joyas medievales y botas militares. Pertenecían a otra generación.
Como habitualmente, llegué a la biblioteca para seguir con mi trabajo. Ella solía llegar alrededor de una hora más tarde. Hoy se sentó al lado. Durante el tiempo que habíamos coincidido poco a poco fue escogiendo asientos cada vez más cercanos. Sentí su aroma afrutado y fresco impregnando el aire que nos envolvía. Ignoré su presencia y continúe como si nada. Ocultando ese instinto raro, mi corazón se acelero ante su cercanía e incluso la respiración se hizo más ávida.
No entendía que estaba ocurriendo. Yo un cuarentón solitario adicto al trabajo junto a una joven universitaria preparando alguna tesis. Desde el primer día que cruzamos las miradas algo surgió. Sus ojos esmeraldinos enmarcados con unas cejas triangulares le daban un aspecto malvado y a su vez atrayente. Las orejas perforadas con varios aretes gruesos de plata y rematado uno de sus lóbulo con un especie de cuerno también de plata. El pelo negro enmarañado en un moño colocado en su desorden de forma perfecta, atravesado por una especie de aguja. En la mano derecha tenía un tatuaje pequeño entre el pulgar y el índice que reconocí al instante, un trisquel celta. Sus uñas cuidadas y no demasiado largas evidentemente pintadas de negro. Todo era preciso en aquella caótica imagen sacada de un comic de personajes legendarios.
Depositó cuatro o cinco libros frente a ella. De reojo pude ver tratados de filosofía y un ejemplar de Magia y ciencias ocultas en el mundo griego y romano. Sacó un pequeño estuche y de éste, un montón de bolígrafos y lapiceros que puso al lado de los libros. Encuadro un taco de folios en blanco y miró a los bolígrafos como pensando cual escogería aquel día. Yo seguí absorto en mi lectura engañando a todo lo que me rodeaba y a mí mismo. No había conseguido enterarme de una sola palabra del manuscrito que se suponía estaba leyendo desde que ella llegara. Con una letra angulosa, de trazo fino y muy recargado puso un título subrayado “La tabla de Hermes Trismegisto y otros grimorios”. Tenía junto a mí a una de tantas locas que estudian la alquimia y el ocultismo. Un escalofrío me recorrió el cuerpo.
Ella me miró sonriendo. Como si hubiera leído mi mente, me dirigió unas palabras: no soy ninguna loca escapada del manicomio ni una bruja frustrada.
No me había dado cuenta de que me había quedado mirando los folios descaradamente y con una expresión de bobo, con la boca entreabierta. Le respondí: perdona no era mi intención molestarte sólo me ha llamado la atención tu enunciado.
Al dirigirse a mí y girar su cuerpo vi para completar la estampa que llevaba una gargantilla argenta con una especie de escorpión en el centro rodeado por calaveras. Él aguijón de dicho escorpión apuntaba directamente al canalillo dejando entrever un encaje blanco del supuesto borde de su sujetador que contrastaba con su ropa negra ¿Realmente estaba hablando con una persona o era un espejismo? Fue como si me hubiera trasladado en el tiempo.
Aquellas palabras fueron el inicio de una conversación. Ella me hizo preguntas entrelazadas con la información sobre su tesis y mi trabajo de investigación sobre comercio internacional para mi próximo curso. Miraba con sus ojos perversos, sus labios arrebolados y carnosos. Me desmantelaba de toda palabra, como si fuera un completo inepto social. Lo único que se me ocurrió al cabo de un rato fue invitarla a tomar un café y seguir con la charla.
No sé como llegue a la cafetería, ni como pasaron las horas, ni como aquella joven mujer me envolvió en su nebulosa. Estaba encantado de su compañía y a su vez sorprendido, jamás hubiera pensado caer como un adolescente en las redes de una arácnida viuda negra.
Después del segundo café ella me preguntó qué quería abandonar, qué buscaba, qué profunda revolución ansiaba mi corazón, de dónde venía tanta rabia recluida.
Le dije que las preguntas que me estaba haciendo eran un poco absurdas. No me conocía de nada para juzgarme de esa manera tan directa. Y respondió: yo no soy quien para juzgar a nadie pero cuando consigas contestar y encarar esas cuestiones tu metamorfosis comenzará su andadura y desbloqueará el camino.
Aquellas palabras me las dirigió acompañadas de una insinuante caricia de una de sus pequeñas manos sobre una de las mías. Otra vez volví a sentir una corriente eléctrica atravesándome hasta erizar el bello de mis brazos.
Le dije que se había hecho tarde y tenía que marcharme. Salimos de la cafetería de la biblioteca. En aquella puerta enmarcada con un arco ojival que descansaba sobre unas columnas con unos capiteles llenos de follajes y hojas le tendí la mano para despedirme. Ella me la estrechó fuertemente y sin apenas darme cuenta me atrajo hacía sí. Posó sus labios sobre los míos y me encajó un largo beso inmiscuyendo su lengua en mi boca. Creo que mi cara fue un volcán durante largo rato pero no despegue mis labios ni por un instante. Deseaba aquella tentativa desde que nos vimos aunque no lo hubiera advertido.
Sin mirar hacia atrás se marchó como si no hubiera pasado nada. Yo estaba totalmente abducido. Pasaron unos jóvenes por mi lado, cuchichearon y les oí de sonreír. Supongo que la imagen de un cuarentón con vaqueros y chaqueta besando a una veinteañera gótica no era muy habitual.
Aquella noche casi no pude dormir. Ansiaba el instante de reencontrarme con ella, con Rebeca. Hasta su nombre sonaba a epopeya medieval. Mis sentimientos estaban encontrados. Pensé no regresar y seguir mi documentación por otro lado. Todavía no me creía como habíamos llegado a tan inusual despedida. Sobre las tres de la madrugada me dormí agotado. A las siete sudoroso estaba sentado en la cama. Soñé con ese escote enmarcado con aquella puntilla blanca, desabroche su negra camisa y quedó al descubierto la nívea prenda que salvaguardaba su pecho. Me desperté en el instante en que comenzaba a acariciar su suave piel y desabrochaba su gargantilla con el escorpión y las calaveras.
A las nueve en punto quería estar en la biblioteca. Tras ducharme decidí ponerme ropa más desenfadada. Tomé mi desayuno habitual tal vez de una forma más precipitada que otros días. Al salir sonó el móvil, un mensaje. Me comunicaban que tenía una reunión esa misma mañana para concretar sobre el curso. ¡No era posible tan mala suerte! casi siempre teníamos las reuniones a la tarde. Rebeca tendría que esperar.
El día fue un completo desastre. Tal vez mi desgana desde la mañana ante la reunión fue enlazando una serie de desventuradas responsabilidades a las que no quedaba más remedio que hacer frente. A las siete de la tarde llegué a casa malhumorado. Abrí el ordenador, comprobé el correo y cuando iba a cerrar la sesión se me ocurrió entrar en el buscador. Sentía curiosidad por el tal Hermes Trismegisto y lo que era un grimorio, desconocía su significado. Estuve más de una hora leyendo artículos sobre dicho personaje. La verdad, me resultó interesante todo lo que fui leyendo. El mítico personaje Hermes era una condensación del dios egipcio Dyehuty, el dios heleno Hermes y del Abraham bíblico; se pensaba que era un sabio egipcio que creó la alquimia y desarrolló la creencia metafísica que hoy conocemos como Hermetismo. Pero lo que me embargó fue la definición de grimorio: libro de conocimiento mágico o conjunto de signos a descifrar, galimatías.
Con las manos sobre la nuca me quedé mirando por la ventana, absorto, ella era un grimorio y desde luego un galimatías. Su atuendo encajaba a la perfección con su tesis. Ese semblante misterioso, ocultista y ancestral seguía incitando en mí una inclinación lasciva que nunca hubiera pensado que franqueara mi mente. Por un instante vi sus ojos en el cristal de la ventana mirándome. Sentí esa corriente eléctrica atravesando mi cuerpo y como el bello de mis brazos se erizaba de nuevo. Necesitaba volverla a ver.



martes, 29 de mayo de 2012

JUSTICIA.




La justicia legal transita por senderos serpentinos
Y cuentan que dista mucho de la justicia ética o moral.
La mente se me retuerce desconociendo la diferencia,
Ningunea la subsistencia honesta.
La rectitud ha de ser una.
Me frustras con recovecos y charlatanería
La legalidad, como algunos defienden,
Muchas veces enraíza y teje sus ramas
En oscuros designios.
Enmascara vilmente la alevosía.
Así pues, no me hables de justicia,
Letrado,
Cuando tus ingresos crecen en abismales pantanos.
Hemos desdibujado las honestidades
Y deshojado la rosa de la legitimidad.
Mis creencias abarcan pocos entes
Pues pocos entes son leales e íntegros.