jueves, 20 de febrero de 2014
LA LEYENDA DEL CORSARIO
“La muerte es misericordiosa, ya que de ella no hay retorno; pero para aquel que regresa de las cámaras más profundas de la noche, extraviado y consciente, no vuelve a haber paz” Howard Phillips Lovecraft
Las noches acrecientan los fantasmas cuando las sombras impregnan cada esquina. Envuelto en una extraña niebla aparece una silueta, sólo sale en las noches de abril con luna nueva. Acecha y hostiga con escabrosas intenciones a gentes de almas laxas y corazones solitarios. Después de mirar a una mujer de ceñido vestido rojo, de insinuante escote y de infinitas piernas envueltas en medias de rejilla, decide entrar tras ella en aquel garito.
Una gata negra espera tras unas cajas, sus ojos felinos son de un azul transparente. Ve cómo pasan personas por la angosta calle hasta un portón de luces extravagantes. Los que salen, casi siempre parejas, conversan banalidades entre furtivas manos que acosan lugares prohibidos. Según pasan las horas el silencio se hace más latente, las luces de fulgurantes colores mueren, pronto llegará el amanecer.
Unos pasos familiares alertan al felino en su letargo, maúlla. Risas y coqueteos entre una mujer de piernas interminables con medias de rejilla y un individuo que se apoya en un bastón. El mal presagio ciñe la noche, un resplandor nimio en el lóbulo de su oreja deja vislumbrar un zarcillo de plata.
Entre las sombras, el hombre arrincona a la dama, acaricia su pierna con el bastón subiendo con lentitud, recreándose en cada centímetro. La joven deja caer algún gemido y se muerde el labio inferior. Arremete al extraño que se queda sentado sobre unas cajas de madera. La mujer apoya su zapato de tacón en la pared, dejando a venus insinuante. Él, encerrado entre aquellas extremidades infinitas, la mira con ojos febriles y la atrae hacia sí. Deja el bastón apoyado y con el dorso de su otra mano transita por los voluptuosos pechos hasta llegar a su nuca. En un arrebato, con ambas manos estrecha el cuello de la dama y la besa furtiva y ansiosamente. Con brutal fuerza la sigue besando mientras aprieta con las manos alrededor de su cuello hasta faltarle el aire; sus alegres ojos se llenan de pánico, todo se nubla hasta que la oscuridad la envuelve.
Inerte el cuerpo de piernas infinitas en medias de rejilla reposa sobre los hombros del asesino que, como si fuera una pluma, se pone en pie y baila con ella en las sombras. Saca del puño de su bastón un escalpelo y hace un ligero corte en la yugular de donde brota la cálida sangre; posa sus labios y bebe un poco. El ceñido vestido rojo se va empapando del extinto líquido violentando los adoquines de la calle. Aquel ser atroz deposita con cuidado el cuerpo sin vida entre las cajas de madera y coloca en su cuello una rosa negra. La gata ronronea entre sus piernas y él la ofrece su mano ensangrentada; el animal lame como apoderándose de su espíritu. El asesino coge de la testuz a la gata y ésta sigue ronroneando entre sus manos. Surge una niebla extraña que oculta toda la calle y el ser de bastón en mano desaparece entre sus entrañas, sólo se oye un maullido que se va perdiendo en la noche.
Un gran revuelo se propaga en la mañana por el pequeño pueblo costero. Han encontrado el cadáver de una joven, tiene unas manchas oscuras alrededor de su cuello; el suelo, próximo a ella, está lleno de sangre y unas huellas de color rojo adornan el escenario junto con las pisadas de un gato. Las huellas humanas se pierden a lo largo de unos cuantos metros hasta que, como si aquel maldito ser se hubiera esfumado en el aire, desaparecen.
Los más viejos hablan, cuchuchean sobre una antigua leyenda de un alma condenada por la maldición de una bruja. Un corsario inglés cuyo espíritu vaga por el mundo para beberse la vida de conciencias deshonestas. Aquel corsario fue engañado por una mujer con fama de bruja; ella solía adornar su cabello con una rosa negra y siempre la acompañaba su gata. Ella entregó a las autoridades al pirata una noche de abril de luna nueva. El delatado la acusó de bruja y juró antes de morir en la horca, que no descansaría hasta beberse el último sorbo de su vida. Al poco tiempo la mujer apareció estrangulada y con un ligero corte en el cuello y, alrededor, múltiples huellas de gato. Los lugareños dicen que la gata vaga al lado del corsario, le acompaña en su devenir para alertar de la malvada ánima a los espíritus puros. Si ves una gata negra de ojos claros, aléjate del ser qué la acompaña o márchate del lugar dónde se halle.
Leyenda o realidad, los verdugos proliferan por el universo aprovechándose sobre todo de las almas nocturnas. Los gatos transitan en todos los callejones de cada pueblo o ciudad. Nos gusta encajar indicios y pensar que, aquel que regresa de las cámaras más profundas de la noche, es el culpable de la muerte que a veces nos rodea.
jueves, 13 de febrero de 2014
EL DRAGÓN DE FUEGO
“Una alegoría al amor llena de imágenes metafóricas”
Alguien me dijo una vez que todas las historias están escritas, tan sólo cambia la forma de contarlas. Los papeles pueden permutar de género, el hombre ser el león cobarde, la mujer ser la bestia. El héroe sigue el mismo camino con distintos trazados.
Encontré aquella carta entre un amasijo de papeles en el desván de la abuela. Su letra era estilizada y plateresca, llamaba la atención entre tanta vulgar grafía. Abrí la carta y desdoble el folio que dormitaba dentro; comencé a leer con avidez:
7 de Noviembre de 1913
Aquella noche conocí al Dragón del Fuego. Temerosa entré en su guarida sin saber lo que me aguardaba. Cuando sus ojos inteligentes se mecieron en los míos, olvidé los miedos. Me acarició con sus garras y volamos por mundos llenos de pasiones.
Noche mágica que devengó en fantasía de pura esencia. Sentimientos sin grilletes en cuerpos exultantes y sudorosos. Oí la respiración entrecortada y ansiosa del dragón. Caí rendida ante tal abanico de delirios.
Pero los instintos del dragón no pueden ser ignorados. Sus dominios se hundieron en mi corazón poseyéndolo para la siempre, sus índigos ojos penetraron mi mente y me arrebataron la existencia, en mi piel quedaron grabados a fuego sus símbolos ancestrales. El deseo, cuando se acaba, produce hambre de más deseo pero, cuando el amor lo inunda, colma el espíritu.
Me dio todo y me quede en lucha con mis entrañas. Maltrecha seguí buscando su rostro y nunca dejé de hacerlo pues ¿Qué es la vida sin el fuego del dragón? Nada.
Él pertenecía a otro mundo y, ambos, no podíamos cruzar los límites. Estaba prohibido que los seres de diferentes orbes se unieran. Cuando descubrieron dónde se encontraba la cueva que anulaba los confines, la cerraron para siempre. Vagué en su búsqueda y no cesé en el empeño. Seguía sintiendo su pasión y sabía que él me percibía en su mirada.
Tras muchas travesías encontré su rastro. Me despedí de vosotros, gentes que me llamabais loca, no entendíais de deseos inconmensurables. El amor sobrevuela tiempos y existencias. Él se acercaba y sabía que, por fin, estaría a su lado. Ardería en el fuego de su especie.
Pero en aquella aciaga noche me le arrebataron. Esperaron el instante del encuentro para clavarle la daga de hielo que apagó su llama. Él me ocultó tras su cuerpo para que no me hicieran daño y darme tiempo a huir. Me protegió hasta el último aliento.
Sus ojos se clavaron en los míos susurrándome “Te esperaré hasta que llegues, donde nadie impedirá nuestra unión. Dejaré encendida la llama durante mil cosechas, por diez mil caminos, en cien mil lunas para que su luz te guíe hacia mis brazos”.
Ilustración de Paula M. Rufat
Sus palabras resonaron durante mucho tiempo como campanas tañendo en mi mente y aún hoy, después de tanto tiempo, lo siguen haciendo. Decidí que tornaría mi vida para que no volvieran a llamarme loca, aguardaría el instante de partir para que sus dominios se hundieran en mi corazón, por una eternidad. Y así la vida continuó y existí al lado de un buen hombre que supo quererme sin pedir lo mismo a cambio. Mi descendencia hizo que las gentes olvidaran mis enajenaciones de juventud. Después de él son a los que más adoro, mis hijos y mis nietos.
Si algún día estas palabras resonaran en el viento por unos extraños labios, sabed que aunque la vida prosiguió mi fin y mi meta será siempre llegar su lado. Sólo él dio y dará sentido a mi vida, sólo él me hizo fuerte.
Shara.
De nuevo doblé aquel folio y lo guardé en su sobre. Aquella carta no merecía estar olvidada entre amarillentas hojas y polvo, aquella carta desvelaba el gran secreto de la abuela Shara que murió ayer y hoy lloramos su marcha. Nadie entendió sus últimas palabras cuando partió al viaje sin retorno y yo, guiado por sus recuerdos, las entiendo.
“Vuelvo a ver tu luz tras cien mil lunas”
jueves, 30 de enero de 2014
LA PLANTACIÓN.
“No puedes obligarte a ti mismo a sentir algo que no sientes, pero si puedes obligarte a hacer el bien, a pesar de lo que sientes”. Pearl S. Buck
Aquella noche carente de estrellas, el aire transitaba llevando en sus entrañas tañidos de campana, se habían percatado de su ausencia, pronto lo buscarían por el bosque con los sabuesos. Continuaría alejándose del infierno donde había vivido y sin intención de volver. Intentaría durante trayectos cortos volver sobre sus pasos y tomar otro rumbo echando sal y pimienta a la tierra, así podría ganar algo de tiempo.
No había conocido otro horizonte que el de la plantación de algodón. Cuando era niño tenía buenos recuerdos de una corta época, cuando Loui y él eran amigos, pero luego todo dio un cambio drástico. No sabía muy bien el porqué de dicho cambio pero lo intuyó cuando su amigo, el hijo del amo, comenzó a cojear, a tener chichones e incluso algún ojo morado.
Efectivamente, Sam desconocía que a Loui le prohibieron tener gestos amables con los esclavos, cada vez que tenía alguno su madre se encargaba de molerle a palos. Ella le decía que ellos eran los que causaban su dolor, eran animales a los que se les tenía que atar en corto, si se descuidaba, le rebanarían el cuello. Con el tiempo Loui pasó de ser un inocente y dulce niño a un opresor sin mesura. Una mañana entró en el cobertizo y pulverizó la espalda de San con un látigo, sin explicación. Su madre había plantado la semilla del odio en su corazón y según se hizo un hombre la semilla hizo de su corazón un alcornoque. Sam no volvió a ver la bondad en sus ojos.
Habían pasado muchos años, ambos niños eran hombres adultos. Sam tenía una estatura descomunal y los duros trabajos habían hecho que su cuerpo tuviera unos músculos desmedidos. Extrañaba en tan adusto personaje encontrar unos ojos azules como el cielo, él sabía que los había heredado de su padre, era mulato, hijo del primer amo de su madre. Sus ojos serenaban de tal forma aquella mole que todos los demás esclavos le llamaban el Buey Sam, laborioso, capaz de cargar grandes pesos, templado y poco libertino. Todos confiaban en él.
Como contrapunto, su actual amo Loui era un tipo enjuto, de cabellos rojizos y de ojos inflamados, unas veces por la ira otras por el alcohol. Su voz grave resonaba a la par que el látigo que restallaba en sus manos de continuo, cuando no llevaba la fusta. Sus ropas siempre desarrapadas y sudorosas, como su pelo, le daban un aspecto sórdido.
El detonante de la fuga de Sam fue la muerte de Mama Sugar, una anciana que limpiaba en la mansión, y sobre todo atendía al ama postrada en la cama. Había olvidado subir jabón para el aseo de la señora y alguien la había empujado por la empinada escalera. Aquellos tratos humillantes y vejatorios le decidieron a intentar huir hacia el norte, para siempre, o moriría en el intento.
Cuando Loui se enteró del intento de fuga de Sam, cogió uno de los rifles y el látigo, se dirigió a los establos, soltó a un sabueso, montó en su caballo y se puso en marcha. No estaba sobrio. Su rostro inyectado de sangre, los puños apretados sobre las riendas y un fuerte fustazo sobre los traseros del caballo que se encabrito daban la imagen de un auténtico maniaco furioso. Tras una hora de búsqueda en la cual el perro cada cierto tiempo se desorientaba y tardaba en volver a encontrar el rastro, sabía que se le acercaba. Conocía a Sam, era inteligente pero cuando le cazara, que con seguridad lo haría, preferiría morir. De vez en cuando se echaba algún trago de aguardiente que llevaba en las alforjas.
El perro comenzó a ladrar con exaltación y a acelerar el paso, olía su mastodóntico cuerpo. Loui comenzó a llamarlo:
- Sam, amigo, estoy cerca, puedo olerte ̶ lanzó la botella de aguardiente sobre unas rocas y disparó el rifle.
Sam siguió corriendo y volvió a soltar un puñado de pimienta y sal, la distancia que los separaba iba disminuyendo. Tropezó con una rama en el suelo que le torció el tobillo, cojeando continuó la huida pero sabía que se le venía encima un fatal desenlace. Oía el trote del caballo y los ladridos, y en unos minutos estuvieron de frente. Sam, empapado en sudor y el pie dolorido, y Loui, colérico, se miraron por un breve instante. Cuando Loui fue a desmontar, el caballo se espantó, una víbora huía de entre sus patas, el perro salió corriendo pataleado por el caballo y el jinete cayó al suelo. Tras un alarido brutal, no sé sabía si por el dolor o la rabia, Loui estaba en el suelo herido, se había clavado el tronco de un pequeño arbusto en la pierna. Se volvieron a mirar:
- Sam, maldito bastardo te perseguiré hasta el infierno ̶ casi sin aliento.
Sam se dispuso a seguir su camino pero sabía que aquel terrible ser pronto se desangraría. Se dio la vuelta dirigiéndose a su amo tumbado en el suelo que llenaba el aire de improperios y sacó un pequeño puñal que el mismo se había fabricado con un hueso. Loui pensó que no iba a desaprovechar la oportunidad de degollarle como siempre su madre le había dicho. ¡Al final esa maldita vieja llevaba razón! Pero no se iba a dejar cercenar sin luchar. Intentó dar un golpe a Sam pero este le esquivo dándole tal puñetazo que Loui quedo inconsciente sobre el húmedo suelo. Sam se rasgó la camisa con el pequeño puñal e hizo un torniquete sobre la pierna herida. Aquel mastodóntico negro pensó que el desgraciado tenía que tener un poco de luz en su oscuro corazón, habían compartido juegos y risas, y aquella amistad no fue fingida.
Consiguió parar la hemorragia y entonces Loui volvió en sí. Buscó con sus manos algo con que defenderse pero no encontró nada y de pronto, atontado se dio cuenta de que Sam no le había rebanado el cuello. ¿Qué estaba ocurriendo? Le dolía tremendamente las costillas y sintió una gran opresión en la pierna.
Entonces ocurrió, miró a los ojos de aquel hombre inmenso y volvió a ver la mirada del que, por un tiempo, fue su camarada, su amigo. Sam por fin habló:
- No sé qué te ocurrió Loui pero yo nunca te haría daño aunque a ti no te ha quedado humillación, golpe e infamia por hacernos. Tal vez entiendas que no somos perros esperando matar a su presa y que tú no eres mejor que yo porque tu piel sea blanca. Yo temo al amo del universo y no pienso permitir que un perro me arrastre a los infiernos.
Loui agarró el pelo de Sam y se le llenaron los ojos de lágrimas y le pidió perdón en un susurro. Aquel negro había devuelto a la vida a un ser que durante toda su existencia se había sentido vacuo y solo. Sam cogió a su amo en brazos y se dispuso a volver a la plantación. Pronto llegaron a ellos el resto de los perseguidores pero Loui con un halo de aliento les ordenó que no le tocaran ni un solo pelo al Buey Sam.
La semilla del odio fue arrancada en un soplo por un buen hombre. Loui comenzó a ver el lado benévolo de la vida y de las personas en cada amanecer. Aquella noche carente de estrellas, en unos ojos azules se ahorcaron las malas conductas, la ira y los rencores.
miércoles, 15 de enero de 2014
NOUN, LA SACERDOTISA DE AST
“Las mismas cosas que conmueven el universo, conmueven el corazón humano. Tenemos libre albedrío y, ante las decisiones tomadas, aprenderemos de nuestros errores o aciertos para evolucionar o eclipsar el alma”
Noun fue acogida en el templo egipcio de las sacerdotisas de Ast. Niña de carácter rebelde, inquieta y curiosa era la hija del gobernador Nimlot, éste pensó que sería bueno que doblegaran su carácter.
Desde que Noun cruzó el umbral del santuario, Sagira supo que era la enviada, la que ayudaría en su misión. Sagira sería su instructora a lo largo de todo el tiempo hasta superar las pruebas y retos, cuando Ast se encontrara en su corazón. Aquella niña de cabellos negros y grisáceos ojos sería desde aquel mismo instante como una hija, su alumna y protegida. Debería ayudarla para que la Diosa le transmitiera los secretos de la medicina y la magia.
Lo primero que enseñó Sagira a Noun fue a usar el nudo de Tyet para ceñir su túnica y cabello, dicho nudo se asociaba a la fuerza y la magia. Después vino el desafío de permanecer en silencio hasta que aprendiera a oír su corazón, su percepción y su espíritu. Cada vez que la niña rompía dicho silencio, Sagira tenía que imponerla un correctivo que nunca era llevado a cabo con agrado. A Noun le llevó tiempo instruirse en escuchar en el silencio los susurros del viento, la interpretación de los sueños, la trascendencia de las estrellas y el reflejo de la vida. La meditación acentuó aún más su intuición. Sagira era severa pero, siempre, aquel rigor iba entrelazado con algún tipo de caricia o ternura, no estaba allí para juzgar sino para guiar. La insolencia de la joven fue doblegando.
Noun aprendió sobre botánica en los papiros, se formó en la administración de: Belladona como narcóticos, Datura como ungüento para ayudar en el parto y para los dolores en determinadas zonas, Shepen como analgésico y calmante, pero fue la manipulación de venenos lo que la atrajo con desmesura. Luego estaban las enseñanzas sobre oraciones y palabras mágicas y de cómo llegar hasta ellas. Dominó la interpretación de sueños y con el Ojo de Horus la fecundidad y el mal de ojo.
Pasaron los años y Noun se transformó en una mujer hermosa. Su largo pelo negro entrenzado, insinuante sobre sus hombros desnudos, su mirada de un plateado intenso y seductor, su cuerpo delgado y voluptuoso, hipnotizaba a hombres y féminas. Superó a lo largo de todo ese tiempo las múltiples pruebas haciéndola conocedora de Ast a la que, por fin, llevaba en su corazón. Era una de las mejores curanderas del santuario pero, sobre todo, su magia había traspasado los muros. Muchos la requerían para purificar sus casas, patios y huertos. Sagira seguía a su lado, satisfecha, la había dotado de una voluntad superior y fuerte.
Apenas había amanecido cuando un mensajero real llegó al santuario, portaba un papiro para la Suma Sacerdotisa, pronto se corrió la voz de que en unos días recibirían la visita del príncipe Pianjy. Sagira sentía que el destino se ponía en marcha, la señal ardía cada vez con más fuerza. Las jornadas siguientes fueron de un trasiego constante preparando el templo, Noun estaba entusiasmada. El día antes de la llegada real, Sagira se empeño en continuar investigando sobre venenos.
Al caer la noche Noun estaba exhausta, pero la oscuridad trajo malos presagios. Soñó que un Halcón era atacado por un escorpión, ambos se defendían pero el ave, al final, caía herida de muerte. Una sombra, que no dejaba ver su rostro, entregó a Noun en sueños un escarabeo turquesa y le susurró que, cuando viera aquella representación, ayudara al que lo portaba. Se despertó empapada en sudor, sabía que aquel sueño auguraba una traición. ¿Tendría algo qué ver con la visita del Príncipe? Aunque no había amanecido decidió realizar alguna actividad que la mantuviera entretenida ante su desasosiego. Ordenó sus vasijas y tubos descubriendo que faltaba uno de los que contenían veneno de escorpión. Aquello solo hizo inquietarla más ¿Quién había cogido el veneno?
El joven Pianjy impacto a Noun, su altura destacaba sobre los personajes que le acompañaban; su cuerpo era musculado, fornido y estaba rasurado; de aspecto soberbio pero con una indumentaria sencilla; su piel como las arenas del desierto contrastaba con unos ojos verdes como el valle del Nilo. Tras las presentaciones, las miradas de ambos jóvenes se cruzaron por un breve instante pero lo suficiente para que ambos se percataran de una exaltación turbadora.
Una de las sirvientas ofreció al ilustre dignatario una copa dorada, este la tomo en sus manos. Un estallido de luz deslumbro a Noun y enseguida advirtió que el joven llevaba un anillo con el escarabeo. Aquel era a quien debía ayudar pero ¿A qué? Llevada por la intuición corrió al lado de Pianjy cuando este comenzaba a beber, apenas un sorbo y ella, ante el asombro de séquito, le pegó un golpe derramando el elixir. Los guardianes cayeron sobre la joven pero, en ese preciso instante, el Príncipe se derrumbó. Tras la confusión del momento Noun, inmoviliza en el suelo, gritó que los sueños la habían advertido del envenenamiento del Príncipe y que ella podía ayudarle, era sacerdotisa de Ast.
Sagira, que se encontraba entre el tumulto, exhaló que aquella discípula aún no era sacerdotisa. Noun se quedó perpleja, su maestra conocía su pericia para curar las picaduras de escorpión y serpiente, intentaba impedir su ayuda y, fue entonces, cuando comprendió quién había robado el tubo con el veneno. Noun podía curarle pero, si no la dejaban actuar con rapidez, todo estaba perdido.
El príncipe recobró la consciencia por unos instantes y reclamó la ayuda de una sacerdotisa cuya fama había traspasado aquellos muros, la sacerdotisa Noun. Un murmullo recorrió la estancia donde todos se encontraban y la Suma Sacerdotisa ordenó que soltaran a la joven que permanecía presa en el suelo. Pianjy fue llevado a sus aposentos y Noun corrió a sus habitaciones, sólo ella sabía donde guardaba el antídoto y las oraciones mágicas, en la imagen del dios Selkis.
Durante horas Noun fue dándole de beber, en tiempos periódicos, el antídoto hasta que éste hizo efecto y las fuertes fiebres de que fue aquejado Pianjy remitieron, quedándose dormido. Pianjy sintió todos los cuidados de la joven en sus delirios pero, tan solo, distinguía el brillo plateado de sus ojos.
Mientras, Sagira fue llevada ante la Suma Sacerdotisa, la joven ignoraba que le había hecho a su maestra llevar a cabo aquella confabulación. Cuando también Nuon fue requerida descubrió, con tristeza, que el rencor de una mujer enamorada, tras años de espera, había dominado al perdón.
Sagira fue una de las primeras amantes del Faraón, estaba profundamente enamorada de él. Cuando el Faraón tomó como esposa a una de sus nuevas amantes, éste tardó muy poco en olvidarla y repudiarla al templo de Ast. Pianjy fue el primogénito de la pareja y Sagira les juró venganza.
El día que Noun llegó al santuario un sueño anuncio a Sagira sus dotes y su gran percepción y también supo de su vínculo con Pianjy. Durante muchas cosechas urdió su castigo, sabía que el momento llegaría. Pudo más el odio que el afecto por Noun.
Las mismas cosas que conmueven el universo, conmueven el corazón humano, la ira lleva a las guerras y a las traiciones, el amor a la prosperidad y la filantropía. Tenemos libertad y, ante las decisiones tomadas, aprenderemos de nuestros errores o aciertos para evolucionar o eclipsar el alma. La diosa Ast llenó el corazón de Noun y guió sus pasos como una buena madre.
La leyenda del faraón Pianjy y la suma sacerdotisa Noun trascendió hasta la eternidad como Egipto, pero eso es otra historia.
jueves, 26 de diciembre de 2013
EL MONJE GUERRERO
“Delgada línea separa la casualidad del destino”
Agamar era un hombre de sensatez, de equidad y misericordia. Los que luchaban a su lado lo consideraban un honor y, los que no lo hicieron, un menoscabo. Guerrero de pocas palabras y mirada escudriñadora había olido demasiada sangre, sabía que los actos, tarde o temprano, tienen consecuencias y los sucesos se encadenan en el tiempo. En muchos instantes había sentido la muerte cercana y cada vez la percibía más próxima. Cansado, quería volver a su tierra entre olivos y retamas.
Las últimas contiendas iban arañando su corazón, mermando sus impulsos. La espada hundiéndose en los cuerpos de jóvenes, mujeres y ancianos fue el desencadenante de su decadencia. Sería considerado un traidor si se marchaba pero esos no eran sus principios. Cuando entró en la orden, hacía ya tres lustros, debía ostentar y aplicar las sietes virtudes: fe, esperanza, caridad, justicia, prudencia, fuerza y templanza. Su fe se tambaleaba; mató en nombre de las creencias que profesaba pero recelaba si la fe justificaba las matanzas. La esperanza daba la fuerza del poder de Dios pero el abuso de dicha fuerza había alejado su corazón del Padre. La caridad era una nebulosa ante la crueldad de los asedios. La justicia, en muchas de sus ilícitas contiendas, le destruía. La poca prudencia tras el dominio había dañado su cuerpo y espíritu. La fuerza de los primeros tiempos, ahora, habían hecho a su espada dominadora y soberbia. Y la templanza, de donde provenía el nombre de la orden, le deshonraba por la desmesura de la autoridad.
En estas divagaciones se encontraba nuestro guerrero cuando en el campamento se rumoreaba sobre la visita de un noble poderoso, el secretismo formaba remolinos en las tiendas. Agamar fue llamado para presentarse inmediatamente ante sus superiores. Sorprendido, se colocó la túnica y la capa, se colgó su espada de doble filo y ubicó su yelmo en el brazo derecho. Ya en la tienda del mariscal reparó en un caballero de espaldas, frente al altar. Tras presentarse el desconocido habló sin girarse:
- Hace tiempo que nuestros caminos se cruzaron, hoy lo vuelven a hacer, no te he olvidado en estos años. Eras joven e impulsivo pero tu discurso se imprimió en mi mente—y pensó que su puñal le inutilizó la mano— salvaste la vida y yo ahora vengo a ponerte al borde del precipicio.
Agamar reconoció al instante la voz del Conde. Habían pasado demasiados años, cierto, pero era inconfundible su tono dominador y displicente. La última vez que cruzaron sus miradas Agamar estaba bajo la protección de la Iglesia donde acudió tras el altercado con el Conde. Él tampoco olvidó su mirada de odio ante la imposibilidad de colgarle de un árbol. Atentó contra su Señor, le clavó su puñal en la mano cuando iba a cortar la extremidad de un niño por robar un trozo de pan. Ante el desconcierto, consiguió huir al monasterio y aceptó la propuesta del Prior de ingresar con los monjes guerreros para defender los Santos Lugares y ganar el perdón de los pecados. Su juventud no había sido demasiado honorable, mujeres, juego y alcohol llenaban las horas tras las jornadas de trabajo. Muchas peleas y duelos a espada, arma que manejaba con destreza desde joven.
- Bienvenido seáis conde Odalric ha estos Santos Lugares. Yo tampoco he olvidado las circunstancias de nuestro último tropiezo. Creo que he expiado bien mis culpas.
- Tal vez con este último trabajo las expiarás del todo y nuestros corazones quedarán en paz. He solicitado de tu superior que lleves a cabo una misión de alto riesgo pero también de gran honor. Tu Mariscal dice que ya es hora de regresar al castillo de Corbins tras tus muchas batallas, que te vendrá bien el recogimiento y la oración.
- Estoy de acuerdo y a vuestra disposición. Acataré las órdenes como hasta ahora lo he hecho.
Trascurrieron más de tres horas hasta que Agamar regresó a su tienda. En ese tiempo fue informado de las maniobras a seguir. La misión consistía en llevar unos salvoconductos y una pieza de gran valor al castillo de Corbins. Para ello tendría que atravesar durante dos jornadas tierras enemigas, enmascarado, hasta llegar al puerto donde le esperaban. Al amanecer del siguiente día, ataviado con harapos sarracenos partió también con una cabalgadura árabe. Percibía que el peligro no estaba en tierra enemiga.
Tras dos días cabalgando sin parar salvo lo preciso para que descansara su caballo, tuvo suerte, a penas se cruzó con bicho viviente. Ya en zona portuaria, el sitio más peligroso, buscó a Sallah que era el contacto para subir a bordo del barco que le llevaría a tierras cristianas. Todo salió de forma insospechada, demasiada suerte para sus expectativas. Desde el principio, tras el encuentro con el Conde, aquella misión intuía que le llevaría de nuevo a presentir la muerte demasiado cerca.
El viaje por el mar Mediterráneo fue bastante tempestuoso, fuertes lluvias y varias tormentas hicieron de la travesía un infierno, el frío se caló hasta sus huesos y no fue capaz de templar su cuerpo en las dos semanas que trascurrieron. La mañana donde avistaron el puerto de Génova fue la primera que volvió a ver el sol tras su partida del puerto de Jope. Sabía que en cuanto desembarcara comenzarían los problemas y no se equivocó.
Sus ropas de comerciante disfrazaban su misión. Lo primero que hizo fue buscar dónde comprar una montura. Preguntó a uno de los mercaderes del puerto y le indicó sin mayor problema. En Génova no dejo de sentir unos ojos clavados en su nuca, le seguían. La espada corta que llevaba en la cintura cerca de su mano izquierda, era zurdo, algo no muy bien visto en su época, por lo que tuvo que aprender con ambas manos, pero siempre, en toda contienda, primaba la zurda. Tenía en una primera instancia que dirigirse a la iglesia de Santa Margarita en Turín donde ya vestiría su indumentaria. Se puso en marcha inmediatamente, tras cinco horas sin apenas descansar, la noche fue cayendo y buscó dónde refugiarse, encontró una posada pequeña en el camino.
Al entrar vio que la posada disponía de unas seis mesas, dos de ellas ocupadas. En una había cuatro caballeros de aspecto humilde, no se le despintó que las espadas que portaban, por su conocimiento en armas, eran de gran nobleza; dichos caballeros ignoraron su presencia. En la otra mesa un mercader con un robusto criado, este último al entrar le miró sin disimulo y siguió sus pasos. Tras hablar con el posadero volvió a salir para coger sus enseres del caballo, al darse la vuelta, los cuatro caballeros le rodeaban. Uno de ellos se dirigió a él por su nombre, le conocía.
- Hola Agamar. —con sarcasmo— Supongo que no me has podido reconocer o tal vez sí.
- Cómo no reconocer al perro del Conde, al más faldero y traidor—situando su mano sobre la espada.
- Pues terminemos pronto, creo que traes algo valioso para nosotros.
Ya no hubo más palabras. Agamar se puso en posición defensiva cubriendo su espalda con el propio caballo. Estaba en desventaja aunque no era la primera vez, pero aquellos perros tramposos también estaban curtidos en la batalla. Desenvainaron y el silencio de la noche se llenó de sonidos metálicos. Tras unos minutos Agamar se dio cuenta que las órdenes eran acabar con su vida, todo había sido una maniobra de Odalric, el odio se había acentuado con el tiempo clamando venganza. La lucha no estaba siendo para él propicia.
En la puerta de la posada apareció el recio criado del mercader con un gran tronco entre sus manos y comenzó a dar fuertes golpes a los atacantes. Ante el asalto por la retaguardia los caballeros perdieron la concentración. Agamar asió una estocada de muerte a uno de ellos, otros dos quedaron en el suelo con sendos golpes en la cabeza por el tronco que enarbolaba el criado y el cuarto, ante el cambio de la situación, corrió hacia un grupo de caballos que pastaban cerca, con las monturas preparadas para marchar.
Agamar estaba herido, tenía un corte profundo en el brazo y una leve herida en la pierna. El criado lo ayudó metiéndolo a la posada, pidió a la posadera agua y unos paños para cortar la hemorragia del brazo.
- Gracias amigo, estoy en deuda con vos.
- Creo que la deuda está saldada. —con una leve sonrisa y brillo en los ojos— Dios ha querido que le devolviera el favor a vuestra merced.
- ¿Nos conocemos?—con voz entrecortada.
- Gracias a vos mi brazo permanece unido a mi cuerpo. Cuando era niño usted impidió que el conde Odalric me lo cortara.
Delgada línea separa la casualidad del destino.Los actos tarde o temprano tienen consecuencia y los sucesos se encadenan en el tiempo.
martes, 3 de diciembre de 2013
EL CASERÓN DE LÓPEZ
“Mientras tú sientes mucho y nada sabes, yo, que no siento ya, todo lo sé” Bécquer
Me enviaron a cubrir la inauguración de la librería cafetería El Caserón de López. La apertura de dicho establecimiento iba acompañada de una exposición de fotos del acreditado fotógrafo Marcelo. Estaba situada en un edificio emblemático, antiguo Palacio de los López. El edificio, en lamentable estado tiempo atrás, había sido restaurado respetando su arquitectura. Cuando entré en su amplio zaguán me envolvió un ambiente arcaico. Estaba decorado con objetos eclécticos de distintas épocas: Mesas ovaladas de roble, sillones de piel con capitoné, lámparas de estilo tiffany sobre mesillas auxiliares, candelabros, etc. Una gran chimenea de mármol negro caldeaba el espíritu, distintivo de la diosa del fuego Brigit que también era la diosa del arte y la poesía. Al fondo, una amplia galería con multitud de anaqueles llenos de libros alternando con los retratos de la exposición. Las fotografías eran en blanco y negro, de rostros jóvenes desde diferentes ángulos.
Muchas eran las leyendas del Palacio de los López, de fantasmas y de extraños sucesos que ocurrían al caer la noche. Todas estas quimeras lo único que hicieron fue aumentar más la curiosidad por visitar el nuevo local. Había muchísimo personal por todos lados. Los camareros, en un devenir incesante, repartían café, chocolate y dulces en atiborradas bandejas.
Después de un rato observando los retratos de la exposición, me sentí cansada, me aburrían estos eventos pero no quedaba otra, el trabajo era trabajo. Al final de la galería había una especie de reservado con dos cómodos sillones individuales y una mesa de café. Me senté en uno de ellos y pedí a uno de los camareros un chocolate. Aquella zona estaba más despejada. Frente a mí una gran estantería repleta de libros y un retrato de un hombre, sólo se veía el mentón recortado con una corta barba, unos labios y una recatada nariz.
Aquel enigmático mentón me despertó una tremenda curiosidad. Me gusta mirar de frente y a los ojos, siento el corazón en la mirada. La foto me privaba de mi más fehaciente evaluación. Los labios, silenciosos, expresaban con su mudez miles de ideas y pensamientos. La sabiduría del que calla y disipa lo mordaz.
Aquellos grises y negros de la imagen me recordaban la noche. La oscuridad esconde los mayores misterios, las sombras más oscuras, la muerte. Átropos se pasea por las tinieblas cortando los hilos del destino. Puede ser la mayor de las oscuridades o el más sabio de los resplandores; tiene ese sentimiento encontrado. Es el cómplice perfecto de violentas pasiones que fertilizan cuerpos. La noche también estaba en el retrato.
El instinto primigenio de aquella barba incipiente. El roce sobre el cuerpo desatando los sentidos ancestrales. Por aquel entonces no había rostros rasurados. El hombre es y será cazador, de sueños o realidades, pero su barba lo delata. El poder de la virilidad, de la seducción, del caballero, del guerrero. Un maquiavélico manipulador que oculta su rostro.
El retrato me trajo todas aquellas divagaciones. ¿Me revelaría sus secretos? Un agradable aroma a rosas se apoderó del entorno. Las voces se fueron disipando. Con mi mirada fija en el retrato percibí como si aquel se girara en un leve movimiento, dejando en el giro como una estela. De pronto, estaba en la misma galería pero era diferente, no había alboroto y la estancia estaba más oscura.
Cerré los ojos intentando centrar la vista y al abrirlos alguien estaba sentado en el otro sillón. Me sobresalté pero el hombre en cuestión, con un ademan, me expreso que me tranquilizara. El retrato había desaparecido de entre los anaqueles. Volví a mirarle aturdida y me habló:
- Cuando la noche cae suelo salir de entre las sombras. Vuestro rostro me es familiar. ¿Venís mucho por mis reinos? No importa, solo decirle que me agrada su regreso. En el ladrillo del pozo, donde está grabado mi escudo, encontrarás mis secretos. Ha pasado demasiado tiempo pero me alegro infinito de verla, Majestad. Estoy cansado.
En aquel preciso instante alguien me golpeó en el hombro.
- Señorita ¿Se ha quedado dormida?
- Perdón—aturdida— ¿Cómo dice?
- ¿Se ha quedado dormida señorita? Ya ha terminado la inauguración. Un poco más y se queda aquí encerrada. Permanecería atrapada en estos muros hasta mañana y ya sabe lo qué se cuenta: por la noche los fantasmas pasean por el palacio.
Me había quedado dormida mirando el retrato o algo extraño se había apoderado de mí. Me disculpé y me dispuse a marcharme, pero antes de salir, le hice una pregunta al camarero:
- Perdone que le moleste de nuevo, el palacio tiene un pozo.
- Sí, lo puede ver a través de la puerta acristalada a su espalda. Está en el patio interior, se tiene intención también de abrirlo al público pero aún no está restaurado.
- Me podría hacer un último favor ¿Puedo verlo? Me han enviado para hacer un artículo sobre el evento y puede ser de interés.
- Es tarde pero si no se entretiene demasiado no hay problema. La puerta está abierta.
Pasé al patio, me acerqué al pozo y apoyando mis dedos sobre el brocal comencé a girar alrededor de él. Cuando llevaba recorrido medio borde vi un ladrillo con un escudo. Me agache, di unos golpes sobre él, estaba holgado en su hueco. Lo moví un poco y salió hacia fuera. Había una oquedad y en ella un una bolsa de cuero. Mis ojos se salieron de las orbitas. Abrí la bolsa y deposité en mi mano lo que contenía: unas monedas doradas y un broche de esmeraldas. El camarero, también abrumado, me preguntó cómo sabía de aquel escondite. No quise darle una explicación. Llamó al dueño y aquel se sorprendió aún más al ver el broche.
- ¡No puede ser, el broche de la Duquesa! ¿Cómo lo ha encontrado?
- ¿Sabe usted qué es esta joya?—con una expresión de sorpresa.
- Cuenta la leyenda que Don Carlos López, escudero del Rey, estaba enamorado de la Reina, su amor era recíproco. Se veían a escondidas. Ella mandaba a una de sus doncellas con un saquito de cuero con unas monedas de oro y el broche de esmeraldas. Cuando Don Carlos lo recibía sabía que esa noche podían verse en una antigua y alejada capilla de palacio donde apenas iba nadie. Alguien traicionó a los amantes. El Rey se presentó en el palacio de los López en busca de la joya como indicio del delito pero jamás fue encontrada. Don Carlos fue acusado de perjurio y murió días después, ajusticiado. Salvaguardó el nombre de su amada, la Reina, al no hallarse el broche. Se llamó el Broche de la Duquesa pues las esmeraldas fueron traídas de la Indias por una poderosa duquesa de aquella época, con las que se hizo dicho broche y fue regalado por ésta al Rey.
Conté al dueño lo ocurrido en aquel apartado lugar de la galería. El fantasma de Don Carlos me había visitado, no sé muy bien si en sueños. El propietario se acercó a un estante cercano a la chimenea y cogió un gran libro de cuero, entre sus apergaminadas hojas había unas láminas que me mostró. Una era el retrato de Don Carlos al que reconocí al instante, otra era la imagen de una mujer con corona. Volví a sorprenderme. ¡Aquella mujer se parecía a mí!
La inauguración de la librería cafetería el Caserón de López es uno de mis mejores artículos, y una de mis más emotivas y fantasmagóricas historias. Creo que aquella noche me enamoré del lugar y de Don Carlos. Suelo visitar con asiduidad el local. Siempre me tomo un chocolate al final de la galería, en el reservado, pero jamás he vuelto a recibir la visita de tan gentil amante. No pierdo la esperanza de que un día regrese.
miércoles, 13 de noviembre de 2013
ARDINDRA
“En mi pobre vida, tan vulgar y tranquila, las frases son aventuras y no recojo otras flores que las metáforas." Gustave Flaubert.
Mi nombre es Ardindra, aquella que aúna el fuego y el trueno. Mis cabellos largos y ensortijados recuerdan a una gran hoguera enmarañada de llamas. Soy la dama cuentacuentos, aquella que escribe y narra historias de realidad y ficción. Decidí alejarme del mundo, vivo en el bosque de Ayantra. Mi hogar es la cueva cercana al arroyo, el que divide dicho bosque.
Necesitaba escuchar el silencio en mi corazón. A pesar de que la subsistencia es dura en la naturaleza, la prefiero antes de la vorágine humana de la civilización. La época más irascible es el invierno, con la nieve, pero es reconfortable dormir junto al fuego, bien abrigada. Necesito este entorno para mis palabras. He de sellar mi destino, evolucionar, asumir mi éxodo.
La cueva tiene una chimenea natural que las inclemencias fueron horadando en la gran piedra. Mis enseres son humildes. Mis objetos más preciados son una mesa tallada en madera de tatajuba y una espesa manta de lana azul cielo; el cacharrero Darlon me los regaló en agradecimiento por haberle curado una herida de garrapata que le producía fiebre y dolores. Le dije que eran excesivos los regalos pero, como excusa, me expresó que ambos llevaban demasiado tiempo con él. Al no venderlos, comenzaban a ser un estorbo.
Darlon pasa por mi cueva un par de veces al año y sigue siendo agradecido. Siempre me trae algún presente además de enseres primordiales para mí, como papel y lápiz. A cambio le preparo hierbas que luego él vende. Él es la viva imagen de un ermitaño. Su cuerpo con los años se ha ido encorvando por lo que se apoya en una vara de arce. La barba cada vez más blanca encubre un rostro de bondad. Sus ojos de un azul casi transparente son serenos y limpios, pero aún conserva juventud en la mirada. Su longeva vida viajando acompañado de sus trastos, por sus historias, ha sido apasionante. Le admiro y le quiero, aunque creo que lo ignora, me importa poco su edad. Cuando llega, compartimos dos o tres jornadas donde me cuenta sus hazañas y yo mis nuevos cuentos. Es una delicia el trueque de objetos y ficciones, de aventuras y manjares.
Lua siempre está a mi lado y me protege, es mi loba. Ella llegó tras dos inviernos en el bosque. Acudió a la cueva sola, triste y desvalida. No hacía mucho que había llegado a este mundo, creo que no tenía ni dos acron, o sea, ni unos 40 días. Tiene el pelo grisáceo de brillo intenso y ojos castaños. Cuando compartimos la calma la hablo y ella, como si entendiera, me contesta con su mirada.
Los cuentos que llegan a mis manos desde mi subconsciente precisan cambios, invertir la realidad viajando a otros universos. Necesito no tener rutinas para que la creatividad impregne el aire que respiro. Procuro las tareas obligadas no hacerlas a las mismas horas ni de las mismas maneras. Unas veces pesco al atardecer, otras en la madrugada, cojo bayas cuando el sol calienta o tras el primer bocado de la mañana. Acopio en gavillas las hierbas que me avalan. En verano suelo recoger las manzanas del viejo manzano que hay junto al arroyo; también avivan mi imaginación; me encanta hacer dulces con ellas, sacarlas brillo e hincarles el diente o simplemente hacer compota para la cena.
Anhelo el instante en que Darlon regresa, casi nadie se interna tanto en el bosque de Ayantra. Hoy el viento vuelve a traer los sonidos de su carro. Salgo corriendo a recibirle y, sorprendida, le encuentro tirando de su montura sin su vara de arce. Cuando llega a mi lado me abraza con fuerza. Ambos manifestamos nuestra alegría por el reencuentro.
Pasamos a la cueva donde preparo un aromático caldo y unas truchas pinchadas en una caña sobre el fuego. En la mesa de tatajuba descansa un cuenco con compota de manzana. Está diferente, rejuvenecido. Él me cuenta que viene del mercado de Nanmilia. Pone sobre la mesa una botella de ambrosia comprada en dicho mercado.
En el ancestral Nanmilia casi siempre luce un sol radiante. Se necesita una jornada completa para recorrer tan inmenso mercado. Me describe lo que más impresiona de él, su extraordinario cuadro de colores que conforman cada tenderete, cada calle y cada mercader. Saca del zurrón un envoltorio y me lo da. Nerviosa, lo abro, es una llave de plata muy ennegrecida. Me cuenta que es una de las llaves de Jaroel que se supone son siete. Abren puertas a otras dimensiones pero sólo en las noches de luna nueva, bajo la oscuridad.
Acariciando mi rostro me susurra, con su voz profunda, que algún día abriremos alguna de esas puertas con palabras mágica y viajaremos juntos, me sonrió. Lua le lame las manos, también está contenta de su compañía.
Por primera vez me cuenta que nació en las áridas tierras de Aidni donde los días son extremadamente calurosos y frías las noches. Me explica que siempre ha buscado una neira, yo le espeto qué no sé que es una neira. Una neira es una dama cuentacuentos, ellas reconfortan las gélidas noches a los de su tribu. Me alarga su mano donde lleva tatuado en el dorso un símbolo, una especie de llave rodeada de siete emblemas. Sigue explicando que se decidió a viajar en busca de su neira, la que deleitara sus noches y llenara su corazón. Tras muchos viajes y desencuentros, la ha encontrado. Una tristeza invade mi corazón, tal vez esta sea la última vez de su regreso, intento disimular.
Darlon pone su dedo corazón en mi frente y me dice que cierre los ojos. Noto un cálido cosquilleo, tras unos segundos, los abro y frente a mí hay un joven de cabellos negros, aunque reconozco sus ojos de un azul transparente. ¿Qué ha ocurrido? Él me tranquiliza, ha necesitado tiempo para conocernos y confiar el uno en el otro, para confesar su secreto.
Absorta le miro, me besa en los labios y me dice que yo soy su neira. Siente no haberme contado toda la verdad antes. Darlon es el príncipe de Aidni, el desierto de las fabulas, todos sus futuros monarcas deben salir a buscar a su neira para continuar con la leyenda. En la próxima luna nueva viajaremos a su reino con la llave de Jaroel.
De cómo el príncipe de Aidni encontró a su neira es mi mejor cuento, el que narro en las gélidas noches a los de nuestra tribu, entre algún aullido de Lua y alguna que otra lágrima de emoción en mi rostro.
lunes, 4 de noviembre de 2013
OCÉANOS
“El mundo es un telón de teatro tras el cual se esconden los secretos más profundos.” Tagore.
Hoy, tras mucho tiempo ausente, regresaste. Como si no hubiera pasado el tiempo, retomamos la conversación que quedó pendiente. Me he acostumbrado a tus retiradas, aprendí así a quererte en días inesperados, cuando regresas empujado por la marea. Nuestras caricias son como las olas que van y vienen.
Me dices que traes el corazón ahogado y entristecido. Tú distancia esta vez no ha sido por una de tus aventuras, ni por necesidad de espacio. Ella pronto iniciará el gran viaje, aquel sin billete de vuelta. Has estado a su lado y volverás para acompañarla en sus últimos pasos. Necesita que la lean sus libros y sus poemas. Nunca quisimos que te fueras de su lado. Tu soledad con ella la suplías con los escarceos conmigo. En vuestro lecho la despedirás hasta el póstumo soplo.
Has regresado tan sólo por unas horas para que te insufle aliento. Anhelas en estos instantes a alguien que acaricie tu pelo, que te abrace con vigor y te doblegue como el viento al álamo. Aquí me tienes. Adoro volver a navegar en el océano de tus ojos aunque estén apagados. Olvida por unos instantes estos aciagos tiempos, deja que mis palabras acunen tus amordazados llantos.
Por unas horas te pertenezco, eres mi amo. Compartiremos un cálido mate, a la luz de mis lámparas de sal, frente al fuego. Los cuerpos harán germinar los sentimientos. Deja que mi aliento recorra cada palmo de tu piel, de tus manos. Consiente que tu aroma llene el recuerdo en el vacío del espacio.
Cuando te alejas y eclipsas la luz ¡Te echo tanto de menos! Aunque aprendí que tus distancias son deleites, con cada despedida hay un reencuentro cada vez más febril; éxtasis en tras dilatada espera. Te quiero aunque sólo sea por unas horas, porque en ellas, me das lo que no dan otros en abriles o en nupcias.
Reclina tu cabeza, que te acaricie. Volveremos a amarnos en este intervalo. Me dejarás tan henchida que ni los sigilos romperán el vínculo que, en la distancia, nos ata sin lazos.
Amor audaz, espacios amplios, elipsis, lazos. Me aferras en las sombras, noto los brazos. Te adoro por cómo me quieres durante los lapsos en que eres mi amo. Cuando el océano vuelven a traer tus pasos.
Pero esta vez la pasión se desata, violenta como la tempestad. Me turba tu presencia y tu marcha. Los vientos del norte dudan si volverás a arribar en esta playa. Nada te atará cuando ella parta. Llenarás tu existencia de proezas y desenfrenos ¿Volverás? Ya la tristeza no te anudará a mis desvelos.
martes, 15 de octubre de 2013
LA NOCHE DE LAS ÁNIMAS
Este cuento está dedicado a una festividad que tiene sus orígenes en la noche céltica de Samhin. Hoy lo celebramos como las Vísperas de todos los Santos o "All Hallow´s Eve" o Halloween. No es especialmente terrorífico.
“Dos cosas me llenan de horror: el verdugo que hay en mí y el hacha que hay sobre mi cabeza” Stig Dagerman
Es la víspera de todos los santos. En esta noche las ánimas cruzan el umbral y se pasean por la tierra, no todas son buenas, algunas son almas en pena y otras malvadas. Los aledaños entre vivos y muertos se vuelven inciertos. También se la llama la Noche de Brujas, adivinación, reuniones para sacrificios y rituales.
Una mujer de cabellos ardientes y ojos esmeraldinos regresa del bosque con una cesta de plantas. Edana prepara todo lo necesario para invocar a los espíritus. Galena, su cuñada, la ha intentado convencer para que no lo haga, dice que es temerario hablar con las ánimas, pero a pesar de su insistencia, continua en su empeño. Ella echa mucho de menos a Arlen y se siente en la obligación de descubrir el misterio de su muerte.
Para Edana todo se confabula en esta noche. Arlen apareció acuchillado junto al cadáver de un desconocido en el mismo día pero hacía ya varias cosechas. Ella precisa saber quien de la aldea manipuló los hilos para matarle. Sabe que su muerte no fue fortuita. Arlen sería el próximo jefe de la aldea, descendiente de un druida, algo que suscitaba envidias.
Edana hace un círculo de sal alrededor de la hoguera para protegerse y se sienta dentro de dicho círculo. Esparce unas ramas de sándalo y unas cortezas de sauce sobre el fuego. Un aroma penetrante impregna el habitáculo que se llena en unos instantes de una neblina espesa. Comienza en un susurro con las palabras de la invocación sobre un cuenco de agua con siete hojas de ruda. Coge un cuchillo que tiene al lado y se hace un corte en la palma de la mano. La sangre comienza a gotear y ella deja caer dicho fluido sobre el cuenco de agua y ruda.
Durante unos minutos no ocurre nada, parece que se ha transportado a otro lugar, sólo se percibe el fuego y la niebla. Las llamas toman un color azulado espectral y en un instante alguien está sentado frente a ella pero fuera del círculo. Aquel rostro de facciones marcadas y pelo encrespado lo reconocería en cualquier circunstancia, es Arlen. Sus ojos se llenan de lágrimas y una dulce sonrisa aparece en los labios del espíritu.
- Buenas noches mi amor— las lágrimas resbalan por la mejilla de Edana—. No estaba muy segura de si podría contactar contigo pero estás aquí.
- No has debido de hacerlo. El peligro sigue acechando y no estás segura. He venido a prevenirte—vuelve a sonreírla— yo también te echo de menos mi pequeña dríade.
- ¿Quién te hizo esto? El cadáver que se halló a tu lado era de un individuo de otro clan.
- Daría mi alma por volver a rozar tus labios. La plata que ocultaba el asesino en su camisa era de nuestra aldea. Le costó caro el trato.
El fuego cambia de color y se vuelve sanguíneo. La figura de Arlen se difumina hasta desaparecer. Algo metálico cae al lado de Edana, lo mira, es un trisquel, amuleto reservado sólo para los druidas. Otra figura aparece frente a ella pero ya no es su amado. Un viento fuerte, que en apariencia sale del fuego, sacude el círculo de sal rompiéndolo tras ella. El cuenco de agua con la ruda y la sangre se vuelca. Recuerda aquel rostro, es el del cadáver que apareció junto a Arlen. El malvado cruza el círculo de sal y Edana se sorprende. El espíritu, con ominosa mirada, se sitúa frente a ella sobre las llamas; estira los brazos y el cuchillo que descansa junto a ella vuela hasta una de sus manos. Se dispone a clavarlo en la aterrada Edana. Ella agarra con fuerza el trisquel y pone su brazo en posición de protección sobre su frente. Una luz brillante y blanca se irradia y envuelve a la malvada ánima, absorbiéndola.
Edana no entiende muy bien lo ocurrido pero posa la mano con el amuleto sobre su pecho. El fuego vuelve a ser azulado y otra vez aparece Arlen.
- Te quiero y siempre estaré a tu lado mi pequeña dríade. Al amanecer junto a las antiguas ruinas, donde crece el romero, antes de que salga el sol, descubrirás de quien proviene la plata. Me tengo que marchar y tú más vale que concluyas el hechizo— con expresión apacible posa su mano en los labios, da un sonoro beso, abre la palma de la mano y sopla aquel tierno arrumaco.
Una dulce brisa alborota el largo cabello de Edana. Siente un ligero roce en su rostro. La imagen de él se va difuminando hasta desaparecer. Toma un puñado de sal y lo esparce sobre las llamas hasta casi extinguirlas. La noche de nostalgia y rabia pasa en desvelo. Cuando está amaneciendo se pone su chal y coge su cesta de recolectar hierbas, se dirige hacia las ruinas. Asombrada encuentra allí a Galena, su cuñada.
- ¡Tú pagaste para matar a Arlen!—su expresión es de asombro e ira, a la vez.
Galena de espaldas, al oírla se vuelve y la mira turbada. ¿Cómo sabe que ella pagó a un miembro de su antiguo clan para matarle? Había intentado siempre disimular su odio hacia ambos. Su marido era el segundo hermano de Arlen, más fuerte y capaz para ser jefe de la aldea. Ese estúpido amor que se profesaban era insoportable. El cuerpo enjuto y fibroso de Arlen siempre levantando en brazos a Edana la daba asco. La llevó mucho tiempo decidirse a llevar a cabo la emboscada y encontrar el momento adecuado y, ahora, esa estúpida con sus hechizos lo había descubierto todo.
Una tormenta se desata de pronto y una profunda oscuridad vuelve a cubrir la tierra. Galena coge el corvillo con el que corta el romero y se dirige a Edana. Nadie anda por las ruinas a esas horas, acabará con ella y no tendrá que soportar más sus lloros. En el preciso instante en el que empuña el corvillo con el brazo en alto, un rayo serpentino cae sobre ella. Segundos después estalla el ruidoso trueno y la lluvia comienza a caer con fuerza.
Edana sigue paralizada en el mismo sitio donde pronunció sus recriminatorias palabras. En pocos minutos el agua la cala hasta los huesos, su cobrizo pelo chorrea entremezclándose las gotas de agua con las lágrimas de indignación. La tenía por una buena amiga además de su cuñada. Con indiferencia, se da la vuelta y con su mano cerrada sobre el pecho se dirige a la cabaña. El cuerpo de Galena reposa sobre el romero, extinto.
Las ánimas no perdonan. Si imploras en la víspera de todos los santos justicia, ellas te la proveyeran a cambio de un alma. Desde esta noche, el alma de Galena acompaña al séquito de las ánimas.
miércoles, 9 de octubre de 2013
EL DESTINO DE GANESHA
“La intuición de una mujer es más precisa que la certeza de un hombre” Kipling
Rebeca ha recibido un sobre de esos forrados por dentro con burbujas y sin remite. Su nombre y dirección vienen escritos con una impecable letra gótica. Caracteres con los que se siente identificada en su forma de vida. Busca alguna pista del origen de la carta, no descubre a penas nada, tan solo un matasellos de Bombay. Sobre la mesa observa con intriga el misterioso sobre. Tras un rato lo vuelve a coger y lo palpa, dentro hay algo duro y no demasiado grande, como una moneda. Con cierta reserva, se dispone a abrirlo. No le gusta nada que no esté identificado.
Lo primero que saca del sobre es una nota con un acertijo, escrita con el mismo tipo de letra que su nombre y dirección:
“Dos orejas a los lados
enmarcan mi prominencia
y dos sables de marfil
dan decoro a mi presencia.”
Tras la nota cae sobre la mesa un saquete de terciopelo rojo. Dentro hay un bonito colgante redondo con la cabeza de un elefante. Parece de marfil, su talla es definida, de un color blanco brillante. Al tacto da la sensación de estar más frio que la temperatura ambiente. Por el reverso tiene una palabra labrada: Kipling. Junto a la cabeza del elefante hay una cruz gamada, se da cuenta que los brazos de dicha cruz van en sentido contrario. Abre el ordenador y busca el símbolo. Tras un buen rato descubre que es una sauvástica, asociada con una imagen del dios con cabeza de elefante hindú, Ganesha. Es el dios de la inteligencia y la sabiduría, reverenciado por ahuyentar obstáculos y patrocinar las artes y las ciencias.
Busca en la red cómo saber si una pieza es de marfil. Siguiendo las instrucciones, saca un mechero del cajón y calienta la punta de una de las agujas que sujetan su moño. Posa dicha punta en el reverso del colgante, en una zona poco visible. Tan sólo una pequeña mancha oscura y un olor a esmalte quemado, como cuando vas al dentista. Es marfil auténtico y parece valioso.
Bombay, elefantes, Kipling , la sauvástica, todo señala en una dirección, la India. Desconoce con que finalidad le ha sido enviado el sobre. Vuelve a dejarlo todo sobre la mesa y apoya sus dedos índices en la barbilla. De momento poco puede hacer, tan sólo esperar la entrada de alguna que otra pista.
En ese mismo instante suena el móvil, da un respingo. Estaba ensimismada. Es su padre, la invita a un encuentro con él y un individuo en el hotel Hilton, a las nueve. Su padre y los clientes selectos buscadores de incunables, pedantes, arrogantes y sabihondos. Casi siempre de edades muy distantes a la suya. Tendrá que disfrazarse para la ocasión.
Decide ponerse un traje de chaqueta gris marengo, una camisa blanca y zapatos de salón con ingentes tacones en color perla. Se engomina el pelo y lo recoge en un moño sobrio. En el joyero dormita el reloj Cartier, de acero y cuarzo, regalo de su madre y raramente utilizado. Se pone pequeñas circonitas en las perforaciones de las orejas, un toque rebelde pero discreto. Retira el esmalte de uñas negro. La autentica máscara para ocultar su aspecto diario de joven gótica.
Hace tiempo que no acompaña a su padre en sus transacciones. Llega puntual a la cita y en la recepción la espera Miguel, su progenitor, acompañado con un hombre de pelo cobrizo, maduro y bien parecido. Terminados los saludos de rigor, con sorpresa, descubre que el individuo es, Patrick Oflaherty, del que tantas historias ha oído.
El día está resultando peculiar: misteriosos sobres y encuentros con héroes de la niñez. Rebeca está fascinada. En sus ensoñaciones de niña, le admiraba, por fin le puede poner rostro. Patrick ha sido uno de los mejores buscadores de ejemplares valioso para la librería de su padre, además de un buen amigo. Es de origen irlandés, intrépido y trotamundos.
Pasan a un reservado entre charla y sonrisas. Rebeca no puede esperar y a pesar de ser siempre discreta y reservada comienza una retahíla de preguntas:
- Años queriendo conocerle y aparece hoy. Mi padre me ha hablado tanto de usted que podría decir que le conozco. ¿Y cómo por aquí? ¿Qué anda buscando? ¿De dónde viene? ¿Cuál ha sido su última aventura?
- Tutéame, por favor. Vengo de Dadar—con una sonora carcajada— cerca de Bombay. Comienzo a disfrutar de unas merecidas vacaciones después de muchos años. Me apetecía ver a los viejos colegas y conocerte. Yo también sé mucho de ti por todo lo que cuenta tu padre. Me has sorprendido. Esperaba a una joven de negro, con encajes insólitos, joyas medievales y botas militares y ¡Mira con quién me encuentro!
Rebeca se sonroja. Una ligera sospecha la asalta: el sobre misterioso y la aparición de Patrick tal vez tienen relación. Tras los entrantes la charla se deriva, como habitualmente, hacia los libros. Patrick comenta que le han llegado pistas de una posible primera edición de “El libro de la selva” con dedicatoria de Kipling a su primogénita, Josephine. La inscripción está fechada en 1894.
Esta noticia confirma la sospecha de Rebeca. El sobre y la presencia de Patrick siguen un objetivo. Mientras ella lucubra, Patrick la observa con mirada taimada y se dispone a ir directo al asunto:
- Tú padre me ha contado que eres una magnífica cazadora de ejemplares literarios y que me estás arrebatando el puesto—de nuevo otra carcajada—. Si te preguntas si he sido yo quien te ha enviado el sobre con el colgante de marfil, estás en lo cierto. Es mi regalo de iniciación acompañado de una propuesta ¿Tú podrías verificar si dicho ejemplar existe? Quiero constatarlo. Me temo que yo no puedo, soy demasiado conocido en estos círculos y estoy vetado.
- Sería un placer pero ¿De qué fondos dispondría para la operación?
- De todos los fondos que necesites. El problema es que no va a ser fácil llegar hasta el libro. Algunos medios para conseguirlo pueden no ser demasiado lícitos.
Miguel mira a su hija como si ya supiera de dicha proposición. Algunos de los libros de la colección particular de su padre no los había podido conseguir legalmente. Ahora comprendía quien se los había agenciado. Aquella reunión era su iniciación, en efecto, en el mundo oculto de su padre. Siempre había intuido su existencia pero, hasta ahora, no lo había certificado. La conversación continuó:
- Me temo que ambos ya lo teníais hablado ¿Verdad papa? Acepto pero habrá que preparar bien el viaje y cada movimiento.
- No hay problema. Dispongo de todo el tiempo del mundo para ti. ¿Te has fijado bien en el colgante?
- ¿Te refieres al nombre grabado y la sauvástica?
- Ya veo que tu padre se ha quedado corto con tu talento. En efecto, Kipling acompañaba a muchas de las viejas ediciones de sus libros con la sauvástica como señal de buena suerte. Te daré datos sobre la escritura de Kipling para que puedas identificarla. El ejemplar no está firmado, sólo lleva la dedicatoria de él a su hija.
- La suerte estará de nuestra parte Patrick. Entre tus certezas y mis intuiciones la sociedad será un éxito—Rebeca está emocionada.
- El acertijo del sobre para mí tiene una simbología: utiliza bien tus oídos y olfato, si lo precisas, esgrime las armas que domines y tu presencia será respetada. Deseo que el colgante de marfil te dé mucha suerte y sabiduría.
Rebeca desde pequeña destacaba por su perspicacia y curiosidad. Esos atributos se habían reforzado. Llevaba ya unos años trabajando para la librería de la familia en la búsqueda de libros valiosos. Estaba de sobra instruida.
Si verificaba que el libro era el original ¿Cuál sería el siguiente paso?
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