miércoles, 18 de junio de 2014
UNA VISITA INSOSPECHADA
TOLEDO LUX GRECO
“Lo característico de la conciencia es la inquietud, la vigilancia constante, la perenne disposición a la defensa. Ser es defenderse.” Ramiro de Maeztu
A la hora sexta Miguel se despertó, el silencio era absoluto, no percibía ningún movimiento. Se incorporó en el jergón, seguía rodeado de múltiples aromas agradables. En el otro camastro su camisa remendada y limpia; olía a una mezcla de leña y hierbas; imaginó que ella la había secado al calor del fuego. Miró a su alrededor, apenas había nada fuera de los camastros y un baúl de madera. No se percató hasta después de unos minutos de una pequeña estantería tras él donde reposaban unos legajos y una jarrilla de barro con flores secas. Sujeto por los legajos colgaba un cordón con una piedra negra facetada.
El sonido de la puerta le sacó de su ensimismamiento. Por una rendija que dejaba la cortina vio a María. Miguel se levantó con dificultad dirigiéndose a la otra habitación. Saludo a aquella mujer que le aturdía con su presencia. Ella respondió con amabilidad ofreciéndole un pan recién horneado y un trozo de queso. Miguel no declinó su invitación, tomó un poco da ambas viandas. Mirando a los ojos a aquella hembra embriagadora se dirigió a ella:
- Volveré mañana.
- Tendrá que tener más cuidado. Observar que nadie le siga. Me inquieta. Será mejor volvernos a ver dentro de una semana. Además, le conviene descansar y que cicatrice la herida.
- Ahora mismo el único asunto prioritario es toda esta trama que no llego a entender pero que por mi padre he de hacer frente—con voz imprecisa y bajando la mirada—. Gracias por ayudarme anoche, no creo que hubiera llegado a casa.
- Era mi deber ayudarle—ruborizada— en esto vamos juntos. Unas veces seré yo y otras me tendrá que ayudar vos.
- ¿Te puedo pedir un último favor? Mi padre está llegando al final de su viaje. ¿Tendrías algo para calmar y sosegar su respiración agitada?
María se acerca a uno de los estantes y cogió un pequeño tarro de madera oculto tras otro más grande. Rasgo de un paño un trozo y echo con sus dedos cinco pizcas de un polvo pardusco. Fue una cantidad ínfima la que deposito sobre la tela. La ató con un hilo y se lo tendió a Miguel.
- Es mandrágula, peligrosa si te pasas de proporción, viértela en cuartillo y medio de vino, dejadlo macerar toda la noche. Mañana se lo administráis, colando el líquido, una cucharada a la mañana y otra a la tarde. Le sosegará.
- Gracias de nuevo—cogiendo el saquito y tomando la mano de ella.
Miguel al coger la hierba depositó en su mano de nuevo cuatro reales de plata. Cerró el puño de María y la besó el torso de la mano.
- No lo consideres un pago sino una ayuda para tus menesteres, acéptalo. Hasta la semana que viene pues.
La sensación de ambos era como si en efecto un hilo extraño los uniera para un propósito aún por descubrir y como si sus miradas se hubieran cruzado en otros tiempos. Miguel salió de casa de María con la firme intención de volver transcurridos unos días.
Ella echó el cerrojo tras la marcha del Capitán. La abuela Inés siempre insistía en que cerrara la puerta y se mantuviera expectante. Echo más leña en el hogar y colocó el puchero con agua para preparar una cataplasma con romero y ruda para una parturienta. Después se dirigió al camastro para cambiar las sábanas. Aquella acción le obligaría a hacer varios viajes con el cántaro a por agua.
María sentía una extraña inquietud. Conocía sus intranquilidades y casi siempre presagiaban algo adverso. Dejó todo como estaba y cogió el cántaro para ir a la fuente a por agua. Al salir, arriba de la calle, a unos dos pies vio un grupo de soldados hacia su dirección y supo a dónde iban. Se volvió a meter en casa y cerro con el cerrojo.
Se fue a la habitación y cogió los legajos que ocultaban en su interior la llave de hierro forjado y el punzón de extraña forma geométrica, y la piedra facetada. La abuela Inés siempre decía que la mejor forma de ocultar algo era dejarlo a vistas. Junto al hogar levantó las baldosas que se movían, bajó unos cuantos de aquellos estrechos peldaños y colocó de nuevo las losas que tenían unos asideros para que volvieran a ocupar su lugar. Entraba unos resquicios de luz provenientes que la ayudaron a bajar el resto de peldaños mientras se hacía a la oscuridad, hasta el aljibe. Se sentó en el suelo con los brazos entrelazando sus piernas cuando oyó los fuertes golpes en la puerta. Después de varios con insistencia desmesurada, todo finalizó con un fuerte estruendo. Habían abierto la puerta de la peor de las formas.
Su intuición la alertó para ocultarse y no esperar a que los soldados expusieran sus pesquisas del porqué de aquella irrupción. Permanecería oculta hasta que su inquietud se sosegara. Percibía multitud de golpes y sonidos de cacharros golpeando paredes y suelo. Por las rendijas de las baldosas sintió el olor que desprendía el agua derramada, el que puso a cocer con romero y ruda. Estaban destrozando su casa y ante su impotencia se tapó sus oídos e intentó evadirse de aquella tortura.
Foto: Juan Luis Alonso y David Utrilla
María tenía el cuerpo entumecido, no sabía el tiempo que había pasado desde que se ocultó en el aljibe pero desde luego era mucho. Los ruidos habían cesado pero de momento no podía salir de su escondite. Todo era oscuridad y silencio. Cuando la abuela Inés le enseño el aljibe observó que en una oquedad en la pared descansaba un candil con un pedernal y un trozo de metal. Palpó las paredes hasta que tocó el candil, le costó encenderle. Ya con un poco de claridad bebió de aquella agua transparente y fresca. Cogió el candil y comenzó a girar sobre sí misma. Junto al aljibe y tras una gigantesca tinaja, la pared se entrecortaba quedando el plano en dos niveles. Se acercó y descubrió que entre ambos planos había una rendija que dejaba pasar un cuerpo de lado. Traspasó la hendidura y, ante su atónita mirada, pudo ver un túnel que se alejaba en la oscuridad. Recordó las palabras de la abuela: Si tienes problemas siempre sigue hacia la izquierda.
martes, 3 de junio de 2014
LA EMBOSCADA
«Audentes fortuna iuvat»: “A los osados sonríe la fortuna” La Eneida de Virgilio.
La mañana siguiente, tras el primer encuentro con María, la Hechicera, Miguel de Dávalos iba y venía de la habitación de su padre a la suya. Estaba inquieto y fascinado; la enigmática y misteriosa presencia de esa mujer le cautivó. Aguardaba con avidez la hora de volverla a ver.
Miguel, en una de sus incursiones a la habitación de su padre, le encontró consciente. El viejo Dávalos pidió a su hijo que le incorporara un poco en la cama y con voz tenue intentó hablar de aquel entramado en el que le había involucrado. Contó que conoció a Inés, la Hechicera, abuela de María, en plena juventud. Desde generaciones atrás siempre las mujeres de su familia se dedicaban a las pócimas y encantamientos. Aquello sólo era la máscara que encubría a la que custodiaba el secreto. Monjes, guerreros y brujas siempre formaron una curiosa y estrecha relación formal.
Los ojos del padre de Miguel se encendieron, aún agonizante le perturbaba hablar de su historia con Inés. Aquel hombre recto, austero y disciplinado que un día obligó a su hijo a ingresar en los Tercios para enderezar el carácter, también había sido joven. Descubrió en una escueta conversación al individuo aventurero y audaz que fue su progenitor.
Tras cumplir con la encomienda que se les ordenó, Inés y el viejo jamás volvieron a verse. Su relación no pasó de aquella misión pero bastó para que perdurara toda la vida. Nunca le confesó la profundidad de sus sentimientos a ella pero no había transcurrido ni un solo día sin recordarla en algún instante. El viejo Dávalos le dijo a su hijo que pronto ambos sabrían de aquello que se les encomendaba. Siguió recalcando:
- Hoy verás a María, la nieta de Inés. Aún no lleves nada y nunca bajes la guardia, desconfía.
Fueron sus últimas palabras y volvió a sumirse en un profundo sueño acompañado de aquella respiración agitada.
A las siete de la tarde el joven Dávalos salió por la puerta del cobertizo. La noche había caído y en apariencia todo estaba tranquilo. Iba absorto pensando en ella. Una sombra le asaltó en la oscuridad. Presto, intentó desenvainar pero la sombra arremetió con fiereza, tenía un puñal. Otra sombra por la espalda intentó sujetarle los brazos. Después del forcejeo Miguel hundió su codo en el adversario de la espalda mientras esquivaba las embestidas del primero. Una vez que pudo defenderse con la espada, asestó un ataque certero al del puñal que pronto cayó al suelo. El del codazo salió corriendo.
Algo cálido humedeció el jubón. A Miguel le habían alcanzado en el costado derecho. No parecía nada grave, presionó la zona y aceleró el paso. En unos minutos llegó a la puerta de María, dio dos toques y enseguida abrió. Evitando saludos, él fue directo:
- ¿Tienes un mensaje para mí? —Un ligero mareo entorpecía su cabeza, estaba perdiendo demasiada sangre, intentó mantener la compostura y tomó aire—. Yo soy el guardián… el que esconde grandes secretos y arduos problemas.
Ella respondió al instante:
- Soy la que la llave y el punzón vigila, con fuego, agua, aire y tierra; el secreto será desvelado pero los arduos problemas nos encadenarán.
Las últimas palabras casi no llegaron a los oídos del Capitán. Todo se oscureció...
Miguel se tambaleó hasta caer al suelo. Al acercarse a él, María vio que una gran mancha roja se extendía por su camisa. Con urgencia rompió el jubón y vio un tajo del que brotaba mucha sangre. Ella corrió hacia una de las esquinas de la habitación y alargando el brazo recogió una gran tela de araña; con ambas manos la manipuló hasta hacer una especie de torunda que presionó sobre la incisión. Cuando la hemorragia paró cogió tomillo, un paño limpio, una madejilla de hilo de lino y una aguja. Se acercó al fuego, puso un poco de agua a cocer en un puchero y esparció el tomillo. Sumergió el paño una vez hecha la infusión y limpió la herida. Desinfecta la zona, enhebró la aguja que había pasado por el fuego y se dispuso a coser el tajo. Ante el primer pinchazo Miguel despertó turbado de dolor.
- He de coserte la herida. Puedo darte para mitigar el dolor pero te dejará aturdido o puedo procurarte algo para morder y aguantar las punzadas. Te ayudaré para llevarte a mi jergón, haré allí mejor mi trabajo.
De forma hosca y tajante él respondió:
- No hace falta que me des nada, en otras peores me he visto — incorporándose antes de que María le pudiera ayudar, arrogante.
Traspasaron un hueco oculto por una cortina. Había una pequeña habitación con dos camastros. Aguja en mano, tras varias puntadas y respectivos nudos, la herida estaba cerrada. Miguel respiró aliviado y a su vez dolorido. Ella salió de la habitación y se puso a recoger.
Él la oía trastear al lado. Al cabo de un rato un aroma suave a especias y verduras fue inundando el aire. Miguel intentó incorporarse pero un gesto de dolor le detuvo. En ese momento ella entró de nuevo:
- No debe moverse. Le traigo un poco de caldo de verdura, le sentará bien y esta infusión ¿Qué le ha ocurrido?
- Me asaltaron, imagino que en busca de dinero. Nunca me habían abordado de estas maneras. Bajé la guardia.
- Mi instinto me dice que no querían dinero. Nos han involucrado en algo que tiene más importancia de lo que pensamos.
- María no entiendo muy bien todo este entramado y tampoco me gusta mucho malgastar mi tiempo ¿Y ahora qué?
- Las presentaciones están hechas. A usted le han debido de dar algo como a mí. La abuela dijo que una vez que nos conociéramos tendríamos que mostrar nuestros legados.
- No he traído nada. Regresaré a casa y volveremos a encontrarnos.
- Esta noche tiene que quedarse aquí. Mañana ya veremos qué hacer. Beba la infusión, es de flores de aquilea con un poco de miel para endulzar.
La noche trascurrió sin sobresaltos. María se acercaba a Miguel cada dos horas y le daba a beber de la taza. No permanecía allí, se salía de inmediato.
La cortina dejaba pasar la claridad de las velas y del fuego del hogar, ella volvió, Miguel se hizo el dormido. María se inclinó sobre él para tocarle la frente por si había algún síntoma de fiebre, todo estaba normal. Él sintió un dulce aroma a espliego, aspiró hondo. ¿Cómo era posible que sintiera aquel fuerte deseo? Siguió aparentando estar dormido y ella volvió a salir.
Y así, entre sueño y vigilia transcurrió la noche, dolorido pero sereno. En aquella habitación desconocida, con la ayuda y apoyo de alguien anónimo hasta ahora en su existencia. Las campanas de la Catedral sonaron anunciando los santos oficios. Por fin, él se quedó dormido.
viernes, 16 de mayo de 2014
CAPÍTULO 2 DE LA HECHICERA: EL CAPITÁN
“Tuve la sensación de que podía caer dentro de aquellos ojos.” Charles Bukowski
Caminaba por las calles sombrías y húmedas de Toledo con el capote cruzado en el pecho y calado el sombrero de ala ancha hasta las orejas. El mes de enero era junto con diciembre de los más fríos. Las mañanas amanecían cubiertas con abundantes heladas y con enormes carámbanos en los bordes de los tejados.
Su nombre era Miguel. Fue capitán de Tercio a muy joven edad. El nombre de su familia le proporcionó el rango. Tras la Tregua de Amberes en 1609 abandonó definitivamente la vida militar. Ahora ya, con 33 años, reconocía que el sargento Pérez le dio la capacitación de la que entonces carecía. También le otorgó una amistad basada en el honor, la disciplina y el orgullo.
Miguel de Dávalos era fornido y de piel morena. Sus cabellos estaban más largos de lo habitual y ensortijados; asomaba alguna que otra cana que contrastaba con su negro pelo. Sus ojos trigueños y melifluos disentían, cuando algo le incitaba, con un brillo taimado y perturbador. El profundo hoyuelo de la barbilla era herencia materna, aunque algo más pronunciado. Sus manos grandes, de dedos largos y huesudos, usualmente cubiertas por guantes de cuero. En la derecha una gran cicatriz en forma de media luna, recuerdo de la batalla de Kinsale; casi le dejó malogrado un inglés pendenciero. La izquierda reposaba siempre sobre la empuñadura de la espada. Era zurdo a pesar del mal agüero que suponía en su época.
En estos instantes afrontaba una tarea encomendada por su padre que se encontraba enfermo. No llegaba a entender del todo la encomienda pero, sin más remedio, tenía que hacerla frente. Lo había prometido. Encararía la situación a su modo, estudiando escenario, índole y personas con las que tendría que relacionarse. No era muy partidario de cooperaciones, le gustaba trabajar por su cuenta, a no ser que estuviera al mando.
Llegó a la Catedral. Se dispuso a bajar la pequeña cuesta donde comenzaba la calle. Allí sería el primer encuentro. Hoy sólo era un tanteo. Saber con quién se vería la cara y si era una más de esas charlatanas y estafadoras que pululan por la tierra.
A las nueve de la mañana las calles estaban llenas de una incesante afluencia humana dedicada a las tareas cotidianas. Le gustaba respirar el aire frío que limpia las entrañas y robustece. Mezclarse en aquellas horas como uno más, sin diferencia.
Tras bajar la cuesta giró a la izquierda, caminó unos mil pies, frente a una puerta situada también a la izquierda aporrea fuerte con los nudillos. Tras unos segundos una mujer relativamente joven apareció, sin sobresaltos. Le espera. Ella hace el ademán para que entre y él con firmeza, traspasa el umbral.
Aquella mujer le sorprende, pensaba encontrar alguien más añejo, desgreñado y feo. Sin embargo, su cabello castaño esta pulcramente peinado, sobre su nuca un moño y a ambos lados dos horquillas. Lleva una blusa blanca impoluta, ceñida con un corpiño de terciopelo granate cerrado con cordones negros, estilizando su figura. Falda de paño también negro que ocultaba sus pies descalzos.
La estancia tenía poca luz. Un suave aroma a tomillo envuelve el ambiente. Ella vuelve a hacer otro ademán con la mano para indicarle que tome asiento. Enciende una vela y lo mira fijamente. Él se turba. Los ojos azules felinos de ella se inmiscuyen en las entrañas. Con sus pequeñas manos coge un saquete que reposa en una estantería y también toma asiento frente a él.
- Mi nombre es María. ¿Qué deseáis, qué preguntas os apremian?
Toda aquella parafernalia le parecía al Capitán una chanza. Con semblante serio, voz grave y perspicaz mirada, él responde:
- Soy Miguel de Dávalos. He de hacer frente a un asunto y quisiera que me aconsejaras.
María apoya el saco sobre su pecho, donde está el corazón, cierra los ojos y comienza a susurrar una letanía de palabras que él no llega a entender. Al terminar la perorata toma algo de dicho saco y se lo mete en la boca. Después pone dicho saco boca abajo y deja caer todo lo que contiene sobre la mesa. Ella posa una mano sobre un haba que hay situada junto a un pequeño trozo de pergamino y una piedra.
- Te ha sido encomendada una tarea desde tu casa, una misión que lleva en tu familia desde hace mucho tiempo. La sal pegada al paño rojo me habla de peligro, de sangre. Es una misión importante pero que conlleva riesgo.
Luego escupe lo que tiene en la boca y vuelve a poner la mano sobre el diminuto envoltorio de sal junto al pequeño paño rojo. Una de las habas que arroja va a caer junto a la sal. Ella da un respingo. Le mira otra vez de forma directa.
- En esta misión te acompañará una mujer. Ella…
El silencio inunda la habitación sin terminar la frase. María la Hechicera mira aquello que ocupa la mesa. Su corazón se acelera. Con rapidez recoge todo en el saquete y lo deja en la estantería. Toma una jarra de agua, sirviéndose un vaso. Bebe con avidez y se sienta otra vez de frente:
- No te diré nada más. Mañana sobre las ocho de la noche te espero. Ven preparado. Hablaremos y tal vez entendamos algo de todo esto. Pero hoy no.
Extrañado, Miguel saca del jubón una bolsa y sobre la mesa pone cuatro reales de plata de Felipe III, de los nuevos. Ella los rechaza, le indica que no es necesario.
Miguel sabe que lo ha reconocido, no es una charlatana, ni una estafadora. Su padre le previno del instinto de aquella casta de mujeres pero no le creyó. Tal vez sólo era una ser de una prominente inteligencia, aunque cierto es que un halo de misterio la rodeaba.
Pensativo, regresa a casa en la calle San Clemente con la mente puesta en María. Es guapa, de cuerpo esbelto y formas exuberantes. Su compostura arrogante y esos ojos azul hielo, de mirada escrutadora, le han llamado enormemente la atención. Camina absorto sin darme cuenta de que no es el itinerario correcto. Al llegar a la calle Ancha de la Lencería, siente una mirada en la nuca, es una de las pericias que adquirió en la época militar. Con disimulo, en un comercio de guantes gira, como observando el género. En efecto, una figura también se para en el bazar de más abajo. Le siguen. Decide volver sobre sus pasos, dirigiéndose hacia el caballero. La prudencia nunca fue una de sus virtudes. Éste baja su sombrero ocultando el rostro y comienza a caminar hacia delante. Miguel le mira desafiante. Se cruzan continuando cada cual su rumbo. De momento, el insidioso, al ser sorprendido, abandona el acecho. Miguel toma la calle del Nuncio Viejo, luego la de San Román y llega a San Clemente.
Al entrar, Juan el escudero de su padre, le asalta nervioso. El estado del viejo noble ha empeorado y sólo quiere hablar con su hijo, le llama constantemente. Miguel entra en la habitación y se sienta en la cama, le agarra fuerte la mano. El viejo, al instante, abre los ojos, su respiración agitada apenas le deja hablar. Miguel acerca el oído para escucharle:
- ¿La has visto? ¿Te reconoció?
- Sí padre, la he visto y creo que sí, que me reconoció.
- Has de tener cuidado y debes protegerla. Su abuela dio sentido a mi vida y aunque amé profundamente a tu madre ni un solo día he dejado de pensar en Inés. No olvides las palabras.
- No entiendo padre toda esta trama.
- Debes mantener el mapa escondido hasta que lo necesites. Ya sabes cuarta fila, frente a la puerta del cobertizo, donde está la “D” de los Dávalos.
- Padre no se preocupe, seguiré sus indicaciones pero tiene que descansar. Este desasosiego no le beneficia. Ella me ha dicho que vaya mañana a las ocho de la noche y que vaya preparado. No sé muy bien a qué se refiere pero iré.
- Mantente atento. La mano en la espada presta para la acción. No bajes la guardia.
El viejo Dávalos cierra los ojos y sigue con la respiración agitada. Se queda profundamente dormido. El aterrador final pronto llegará pero los arcanos comienzan a moverse.
jueves, 24 de abril de 2014
LA HECHICERA
“El misterio es la cosa más bonita que podemos experimentar. Es la fuente de todo arte y ciencia verdaderos” Albert Einstein
Toledo, a 7 de enero de 1613.
Mi hogar siempre fue un deambular de gente. Venían a ver a la abuela; mujer menuda, enjuta, de piel ebúrnea y ojos astutos. Su palabrería locuaz y su disciplina a la hora de realizar sortilegios la habían hecho una de las más afamadas hechiceras. Siempre sobria, de negro, con su pequeño moño sobre la nuca y sus manos exiguas que, de vez en cuando, me deleitaban con sutiles caricias.
Vivíamos en dos habitaciones pero, en realidad, pasábamos el mayor tiempo en la de entrada, donde estaba el fuego y todos los artilugios. Apenas se veían las paredes. Todo estaba cubierto de estanterías con pequeñas tinajas de hierbas y ungüentos. De las vigas del techo colgaban gavillas de ramas para secar: tomillo, laurel, romero, lavanda, salvia, ruda y otras de uso habitual. Entremezcladas con las plantas corrientes, inadvertidas, estaban la belladona, el beleño, el estramonio, la mandrágora y alguna que otra más; condenadas por sus efectos soporíferos y alucinógenos. Plantas venenosas y mágicas.
La abuela usaba una taza de agua y un platillo de aceite para quitar el mal de ojo junto a las velas. También en un saquete guardaba los componentes para echar la “suerte de habas”: un poco de cera, un pequeño paño azul, un pedazo de papel, un pequeño paño rojo, una piedra de alumbre, sal, un trozo de pan, carbón, una moneda y diecinueve habas a las que distinguía en hembras y machos; lanzaba dichos elementos sobre la mesa. La adivinación dependía del ingrediente junto al cual caían las habas. Esa fue mi herencia: El remedio para quitar el mal de ojo, adivinar el porvenir, el uso de pócimas y oraciones para conjuros y filtros, y un conocimiento profundo de las plantas.
Un día de lluvia de febrero de 1601, la abuela, fue detenida por la Santa Inquisición en nombre del Cardenal Arzobispo de Toledo Don Bernardo de Sandoval y Rojas. En principio la acusaron de envenenamiento, robo y hechicería. Nunca más volví a saber de ella pero siempre sospeché, que su desaparición ocultaba otras intrigas.
La noche antes de su captura me dio una llave de hierro forjado de gran tamaño y un punzón con una extraña forma geométrica. Ella me habló de que aquellos dos objetos pertenecían a un arcón con cerradura maestra, sin ambos, la cerradura no abría. No desveló la ubicación del arcón, ni a quién pertenecía. Levantó dos grandes baldosas que siempre resonaban al pisar sobre ellas, entre la chimenea y la mesa, ante mi atónita mirada. Escondían una estrecha escalera que desembocaba en un aljibe. Me dijo: “si algún día vuelve, él te dirá: soy el guardián, el que esconde grandes secretos y arduos problemas. Y tú le contestarás: soy la que la llave y el punzón vigila, con fuego, agua, aire y tierra; el secreto será desvelado pero los arduos problemas nos encadenaran”. Señalando las escaleras me indicó que si teníamos problemas no olvidara siempre seguir hacia la izquierda y volvió a colocar las baldosas en su lugar.
Esa noche fue el comienzo de mi incipiente vida como hechicera y celestina, y con gran desconocimiento, la depositaria de un secreto. Recuerdo sus manos, su mirada directa e inteligente hurgando en las entrañas, estudiando cada movimiento. Yo sabía lo que sus ojos procuraban. También se encargó de adiestrarme en el arte de observar y descubrir. Fue una soberbia maestra. Cuando contaba con ocho años, la abuela me tuvo todo un mes aprendiendo las oraciones para los diferentes rituales. La más usada, la de la suerte de las habas:
Yo os conjuro habas,
Con don San Pedro y San Pablo,
Y con el apóstol Santiago,
Con el señor San Cosme y San Damián,
Con la Santísima Noche de Navidad,
Con el señor San Cebrián, que suertes echó en el mar.
Habas, que me digáis la verdad.
Con Dios padre, con Dios hijo, con Dios Espíritu Santo.
Habas, Que me digáis la verdad.
En el presente, a mis 24 años, soy María, la Hechicera. Si quieres saber el porvenir, si tu marido te engaña, si aparecerá pronto tu amado, si el mal de ojo acecha a tu pequeño, si la enfermedad te apresa o simplemente, persigues un filtro para el amante sólo tienes que venir a mí. Cerca de la "Dives Toletana", en la calle del Pozo Amargo número 7, encontraréis mi morada.
miércoles, 9 de abril de 2014
CARTA A MARÍA
“La vida es una obra de teatro que no permite ensayos...Por eso, canta, ríe, baila, llora y vive intensamente cada momento de tu vida... antes que el telón baje y la obra termine sin aplausos” Charles Chaplin
Querida María:
Me alegró volverte a ver esta mañana aunque mi coraje fue patético. Pensé quinientas cosas para decirte y cuando llegó el momento, la mente se me quedó en blanco; apenas fui capaz de gesticular palabra. He decidido redactar una carta, es más fácil expresarse escribiendo que hablando. Uno se hace mayor para los romances, pero me he dado cuenta de la necesidad de ti. Durante un tiempo me he negado a admitirlo. Hoy, al mirarte, anhelé tenerte.
Recuerdo cuando te vi por vez primera en aquel océano de lágrimas y pena, resplandecías. Lo único que puedo afirmar es que me despertaste de un largo letargo, de una somnolencia de la que no tenía ganas de salir.
La noche que nos conocimos gravé en mi mente cada instante y palabra. En aquella lúgubre sala del tanatorio, donde fui para decir un último “Adiós” a aquel primo que apenas conocía. Demasiados años fuera del pueblo. A las cinco de la madrugada ya éramos pocos los que estábamos y pocos los despiertos. Me dijiste que necesitabas tomar un poco el aire, que estabas mareada y yo, ante la indisposición del resto de la sala, te acompañé.
No sé el que alertó mi corazón, si el mágico resplandor de la luna o el de tus ojos. Aún me lo sigo preguntando. Comenzaste hablando de él, la muerte siempre es dura, hasta ahí normal, palabras de una viuda. Pero cuando dijiste que es difícil asumir la expiración física, aunque la sentimental había sucumbido hace tiempo y que tú también a su lado te estabas muriendo; todo cambio. Creo que el cansancio hizo mella en ti y abrió tu corazón a un desconocido. Me contaste que él había anulado tu personalidad, tu alegría, tus fuerzas, tus amigos. Todo giraba a su alrededor y no permitía que nada ni nadie se acercara. Me expresaste, con una leve sonrisa, el alivio inmenso ante la muerte y qué culpa tan repugnante te inundaba. Te recriminabas si estabas dejando de ser persona o tal vez ahora lo estabas volviendo a ser. Tu vida hasta ese momento caminaba sin sentido y sin rumbo. Casi como la mía.
Pero lo que ya me enamoro de ti fueron esas lágrimas rodando por tus mejillas solitarias, sin un leve gemido que las acompañara. Tus labios susurraron una definitiva despedida. El gran amor de tu vida y el hombre que más daño y humillación te causó.
El día anterior ante su último aliento, entre tus manos gélidas y nerviosas sostenías aquella caja de música que él, hacía mucho, te regaló. Un bello embalaje que resonaba con las notas de “Para Elisa”. Lo que entonces te pareció la melodía más maravillosa, era algo infame, que sólo traía malos recuerdos.
La caja tenía una bailarina que daba vueltas al son de la música. Me miraste y preguntaste: ¿Sobre quién bailaba? Sobre la tumba de él o sobre la tuya. Yo atónito, no supe contestar. Solo sentía vergüenza por desear besarte. Yo rompería aquella maldita caja de música si tú eras incapaz. Y perforando mis ojos me confiaste que aunque se destrozara seguirían existiendo los recuerdos.
No pude resistirme y te besé en los labios. Un beso dulce e ingenuo. Mis dudas en aquel entonces fueron, ante tu total ausencia de sorpresa, si buscabas mis caricias o todo surgió bajo la magia de la luna. ¿Me buscabas o nos encontramos? Todo se inundó de serenidad cuando ambos nos miramos y contemplamos como la tierra cubría su ataúd. Llegué a notar tu encubierta y censurada alegría.
Ha pasado un año desde aquella noche. El año de tu luto ante las gentes del pueblo. Y esta mañana, tras mi regreso, sólo quiero decirte que “el corazón tiene razones que la razón ignora”. Te necesito y espero que tú también me necesites a mí. Te muestras distante aunque siento la ternura que me envuelve cuando me sonríes. Quieres cubrir tu débil imagen con una fría máscara pero sé que hay mucha calidez en tus manos.
Cuando nos volvamos a ver me traerás esa bailarina danzando, prometo romperla en mil pedazos. Sé que no borraré tus recuerdos pero mis brazos se encargaran de protegerte de ellos; de crear una fuerte barrera para que no te hagan más daño. Tú me dijiste que fuiste pan y cebolla a su lado y que por un tiempo hubo felicidad, hasta los últimos años en que él intento arrastrarte a su decadencia. ¡Gracias a Dios que no lo consiguió! Él me trajo la oportunidad de acercarme a ti.
Te he soñado a mi lado, recorriendo cada centímetro de tu piel. Mi impaciencia es inmensa e irrefrenable. Juntos contemplaremos como amanece, si tú quieres y me dejas, como amanecemos. Tú has vuelto a dar sentido a mi vida. Quiero verte, no puedo más. Creíste que no había ser más infeliz y triste que tú, y mira por donde me estabas lanzando una cuerda para salvarme del profundo pozo donde me encontraba. Tú me socorriste ante mi lento y patético ocaso.
En esta mañana soleada y cálida introduciré esta humilde carta bajo tu puerta. Leela con atención y piensa. Si deseas que volvamos a vernos sólo prende un pañuelo en tu ventana. A la tarde al pasear por tu calle si veo tu pañuelo, henchido de alegría, cruzare el umbral de la esperanza.
viernes, 21 de marzo de 2014
AMANTES, AMADOS
“Los hombres siempre se empeñan en ser el primer amor de una mujer. Las mujeres prefieren ser la última novela de un hombre.” Oscar Wilde
Guardaba algunos recordatorios en aquel cajón de la mesa de su despacho: fotos sin rostro, un pañuelo con perfume, una barra de labios gastada, algún que otro poema y una carta, sólo una. Aquellos objetos se hallaban encerrados con una llave que colgaba sobre su corazón. El último de dichos objetos, una carta, sólo una, la de despedida; bonitas palabras para tan despreciable embajada. Ella con sus tacones de vértigo y sus ajustadas ropas ya no sentía chispas cuando le miraba, ya no le quería.
Por la mañana cuando él llegaba al despacho abría aquel maldito cajón, el inexorable signo de culpa, de traición. Su corazón estaba inundado de pena. Eva se había ido y lo triste es que él la dejó escapar. Nada más lejos que su ausencia de amor. Él, mes tras mes, la perfumaba con falsas promesas de abandonar a Sofía. Ella, cansada de esperar, se marchó para jamás volver la vista atrás.
Sus jugosos labios humedecidos de néctar le volvían loco. La dichosa fruta no sería lo mismo sin Eva. Siempre, después de hacer el amor ella, desnuda, se iba a la cocina y venía mordiendo una roja y lustrosa manzana. Alguna vez le había dicho “Soy la manzana de tu pecado amor, pero en el pecado llevarás la penitencia”.
Así era, el pecado le consumía. Había traicionado a la madre de sus hijos, con la que luchó codo con codo para sacar adelante la familia; a quien también quería pero el enamoramiento murió tras la rutina de los años. Había engañado a Eva con juramentos que jamás concibió cumplir, nunca pensó dejar a Sofía. Hoy se escondía tras la apariencia de un hombre feliz con un alma triste. Su entorno le idolatraba por ser un impecable marido, hombre cabal. Y toda esa veneración aún le asfixiaba más. Podía engañar a los demás pero no a sí mismo.
Jamás pensó que a sus cincuenta años encontraría la pasión desatada con aquella exuberante mujer de ojos felinos y cuerpo de chocolate. Su aroma le enloquecía; le exaltaba de tal manera que la cubría como si fuera un potro en pleno desenfreno, una y mil veces. Había incluso perdido el control sólo con su pensamiento, con la imagen de ella en la cama mostrándole indolente sus pechos o su sexo.
Ahora sólo podía refugiarse en aquel maldito cajón que despedía su perfume, el deseo y la culpa. Y así pasaban los días cotidianos, en la desesperanza de su marcha y en la inamovible existencia de una senectud sin pasión. Estaba lleno de anhelos por Eva y de mala conciencia por Sofía. Ni siquiera en sueños podía dejar galopar sus apetitos.
Aquella mañana, Sofía le dio un beso delicado que le supo a miel, le enardeció. “Pasa buen día cariño, has tenido una noche inquieta”. Desde luego no había dormido bien. En esa maldita oscuridad onírica Eva volvió para borrar sus huellas, desnuda, con los pies descalzos se perdió en la niebla.
En el coche, camino al trabajo, la ternura de Sofía le había hundido más en el fango. Llegó malhumorado a la oficina. Como todas las mañanas, abrió el cajón y con sorpresa lo encontró vacío. Lo sacó y lo puso boca abajo incomprensiblemente, buscando su rastro. Los mensajes del destino se lo dejaban claro. Sus huellas se habían borrado para siempre. Había que pasar página.
Donde hubo fuego, aún podían quedar brasas. Sofía, a pesar de sus muchos descuidos, nunca le había fallado. Ni un mínimo reproche ante sus desatenciones. Seguía siendo una mujer bella. Él cegado por el azúcar caribeño había desdeñado la dulzura de la tierra. Aún estaba a tiempo de enmendar el agravio. Y tal vez sobre el lecho de hojas ante el ocaso, él confesaría el pecado y ella le eximiría de su desliz.
Una ofuscación ocasional nos puede traer el más deslumbrante de los amaneceres. La libertad es lo que tiene, te da alas para volar cuando lo que te rodea no te arropa o conciencia para no olvidar los principios y el amor verdadero.
jueves, 6 de marzo de 2014
PRELUDIO EN BLANCO Y NEGRO
“Una historia no tiene principio ni fin: uno elige arbitrariamente ese momento desde el que mirar hacia atrás o desde el que mirar hacia adelante.” Graham Greene
El viento empujó sus pasos o tal vez no. Por alguna razón sus caminos se debían encontrar. Una oscura niebla puede ser atravesada por un rayo de luz. Nunca sabemos dónde se halla nuestro destino, afrontar los cambios y vivir sin miedo hace evolucionar los corazones.
Él la había traicionado con alguien en quien confiaba, mejor dicho, confiaba en ambos y abusaron de su devoción por ellos. Domingo desolado, tras dos días de introspectivos silencios. El corazón de Paula sólo clamaba venganza. Y en todo aquel atropello de sentimientos encontrados, una llamada, un compromiso, un encargo; la decisión estaba en sus manos. Determinó buscar al individuo. Y arrastrando su inclinado cuerpo cruzó el umbral.
Paula se dirigió hasta los restos de un antiguo palacio. Lo que se suponía hace mucho tiempo una fastuosa entrada, hoy apenas se sostenía en pie. Se fijó en una columna de granito donde se desdibujaba una cabeza de león con las fauces abiertas, pretendiendo intimidar al que irrumpiera en sus dominios. El palacio en medio del campo había conocido tiempos memorables pero estaba como ella, en ruinas. Aquellos vestigios no volvería a restaurarse pero ¿Y ella?
Traspasó el portón que aún conservaba un fanal. Entró en el hall de suelo ajedrezado que daba pie a lo que fue una ostentosa escalinata, le faltaba un tramo de la barandilla y muchos maderos de sus escalones habían sido arrancados. Miró hacia arriba, parte del techo también destruido y lo que quedaba exhibía un deslucido artesonado, se quedó deslumbrada.
Un ruido la sacó del embelesamiento. Giró la cabeza hacia el lugar de dónde provenía el sonido, era una mezcla de lamento y roce de ladrillos. En una de las esquinas, sobre un montón de escombros allí estaba, un cuerpo que se batía con torpes movimientos. El primer instinto fue salir corriendo. Bastante tenía ella cómo para recoger basuras, pero se había comprometido.
Se acercó con cautela, a un paso de él en cuclillas le observó. Era un hombre de rostro joven y con incipiente barba, su lisa y larga melena se extendía parte sobre los cascotes. Llevaba puesto una camiseta blanca que dejaba ver unos brazos cubiertos de tatuajes; vaqueros ajustados con un cinto negro tachonado de remaches y unas All-star de un blanco roto. Sobre su cuello pendía de una cadena de plata una chapa, de esas de identificación, con un extraño dibujo. Se acercó un poco más. Entonces pudo ver que era un dibujo de una serpiente y debajo un nombre “Rajan”. En ese preciso instante, aquel desconocido se movió y la cogió del antebrazo, intentó zafarse, pero no lo consiguió. Con un susurro en una voz grave escuchó como pedía ayuda.
Cuando el sujeto levantó la cabeza ella advirtió que sangraba por un lado de la frente, tenía un ojo morado y sangre seca en la comisura de los labios. Sus nudillos estaban lacerados como de haberlos golpeado con una superficie áspera. Ella por fin se soltó y se alejó unos pasos. Él siguió con su brazo extendido.
Buscó en el bolsillo trasero del pantalón el móvil pero entonces él con un grito ahogado:
- Por favor no lo hagas, no llames a nadie. Ayúdame, llévame a un lugar dónde pueda recuperarme un poco y me marcharé sin molestarte. Por favor— intentando incorporarse sin lograrlo.
No sabía si era un asesino o un ratero, pero sí alguien de dudosas costumbres. Sus ojos terrosos se clavaron en los de ella suplicantes. Paula le cogió por la cintura y pasó el brazo de él por sus hombros. Después de grandes esfuerzos al fin consiguieron mantenerse en pie y dar unos pasos, él se echó adelante y vomitó sobre el suelo.
- ¡Mierda, menuda noche!— musitó ella, se le habían manchado las botas y las boquillas de los pantalones.
Cuando traspasaron el portón del palacio la noche había caído. Ella vivía en una urbanización cercana, en una casa rodeada de un minúsculo jardín de arces japoneses, bambú y rocas. El trayecto se hizo interminable hasta que traspasaron la cancela de entrada. No vieron a nadie, eran pocos los que allí residían y anochecido sólo vagaban los gatos.
Le llevó a su salón y le tumbó sobre el diván, le iba a tocar lavar el foulard que le cubría. Él cayó como el plomo dando una exhalación de alivio entrecortada por los tiritones, estaba helado. Paula se acercó a la estufa para encenderla con unos leños. Las noches de octubre comenzaban a ser gélidas. Trajo una manta y un vaso de agua, él bebió con avidez y volvió a recostarse quedándose inmóvil.
Paula se retiró a la cocina y preparó un té. Tenía un extraño en su salón lleno de golpes y en deplorable estado físico ¿y sí moría sobre el diván? El corazón se le aceleró. Miró por la ventana y vio el reflejo de una mujer exuberante, joven y estúpida; se abrazó al chal, él viento arreciaba y comenzaba a llover. Sola y con un desconocido en su casa.
No supo muy bien el tiempo que estuvo lucubrando frente a la ventana con la taza de té. Se dirigió de nuevo al salón, la estufa casi había consumido la leña y volvió a echar madera. Miró al sujeto allí tumbado y su expresión le produjo compasión. Además era atractivo, aquella melena, su incipiente barba, los tatuajes en los brazos y la forma de vestir la habían cautivado, eso seguro. Le dejó allí dormido y se fue también a dormir, de repente estaba agotada.
Ya en la habitación el móvil vibró. Miró el número de la pantalla y descolgó. Sólo dijo seis palabras:
- El halcón está en la jaula.
Paula sin mediar palabra apagó el teléfono y se metió en la cama.
jueves, 20 de febrero de 2014
LA LEYENDA DEL CORSARIO
“La muerte es misericordiosa, ya que de ella no hay retorno; pero para aquel que regresa de las cámaras más profundas de la noche, extraviado y consciente, no vuelve a haber paz” Howard Phillips Lovecraft
Las noches acrecientan los fantasmas cuando las sombras impregnan cada esquina. Envuelto en una extraña niebla aparece una silueta, sólo sale en las noches de abril con luna nueva. Acecha y hostiga con escabrosas intenciones a gentes de almas laxas y corazones solitarios. Después de mirar a una mujer de ceñido vestido rojo, de insinuante escote y de infinitas piernas envueltas en medias de rejilla, decide entrar tras ella en aquel garito.
Una gata negra espera tras unas cajas, sus ojos felinos son de un azul transparente. Ve cómo pasan personas por la angosta calle hasta un portón de luces extravagantes. Los que salen, casi siempre parejas, conversan banalidades entre furtivas manos que acosan lugares prohibidos. Según pasan las horas el silencio se hace más latente, las luces de fulgurantes colores mueren, pronto llegará el amanecer.
Unos pasos familiares alertan al felino en su letargo, maúlla. Risas y coqueteos entre una mujer de piernas interminables con medias de rejilla y un individuo que se apoya en un bastón. El mal presagio ciñe la noche, un resplandor nimio en el lóbulo de su oreja deja vislumbrar un zarcillo de plata.
Entre las sombras, el hombre arrincona a la dama, acaricia su pierna con el bastón subiendo con lentitud, recreándose en cada centímetro. La joven deja caer algún gemido y se muerde el labio inferior. Arremete al extraño que se queda sentado sobre unas cajas de madera. La mujer apoya su zapato de tacón en la pared, dejando a venus insinuante. Él, encerrado entre aquellas extremidades infinitas, la mira con ojos febriles y la atrae hacia sí. Deja el bastón apoyado y con el dorso de su otra mano transita por los voluptuosos pechos hasta llegar a su nuca. En un arrebato, con ambas manos estrecha el cuello de la dama y la besa furtiva y ansiosamente. Con brutal fuerza la sigue besando mientras aprieta con las manos alrededor de su cuello hasta faltarle el aire; sus alegres ojos se llenan de pánico, todo se nubla hasta que la oscuridad la envuelve.
Inerte el cuerpo de piernas infinitas en medias de rejilla reposa sobre los hombros del asesino que, como si fuera una pluma, se pone en pie y baila con ella en las sombras. Saca del puño de su bastón un escalpelo y hace un ligero corte en la yugular de donde brota la cálida sangre; posa sus labios y bebe un poco. El ceñido vestido rojo se va empapando del extinto líquido violentando los adoquines de la calle. Aquel ser atroz deposita con cuidado el cuerpo sin vida entre las cajas de madera y coloca en su cuello una rosa negra. La gata ronronea entre sus piernas y él la ofrece su mano ensangrentada; el animal lame como apoderándose de su espíritu. El asesino coge de la testuz a la gata y ésta sigue ronroneando entre sus manos. Surge una niebla extraña que oculta toda la calle y el ser de bastón en mano desaparece entre sus entrañas, sólo se oye un maullido que se va perdiendo en la noche.
Un gran revuelo se propaga en la mañana por el pequeño pueblo costero. Han encontrado el cadáver de una joven, tiene unas manchas oscuras alrededor de su cuello; el suelo, próximo a ella, está lleno de sangre y unas huellas de color rojo adornan el escenario junto con las pisadas de un gato. Las huellas humanas se pierden a lo largo de unos cuantos metros hasta que, como si aquel maldito ser se hubiera esfumado en el aire, desaparecen.
Los más viejos hablan, cuchuchean sobre una antigua leyenda de un alma condenada por la maldición de una bruja. Un corsario inglés cuyo espíritu vaga por el mundo para beberse la vida de conciencias deshonestas. Aquel corsario fue engañado por una mujer con fama de bruja; ella solía adornar su cabello con una rosa negra y siempre la acompañaba su gata. Ella entregó a las autoridades al pirata una noche de abril de luna nueva. El delatado la acusó de bruja y juró antes de morir en la horca, que no descansaría hasta beberse el último sorbo de su vida. Al poco tiempo la mujer apareció estrangulada y con un ligero corte en el cuello y, alrededor, múltiples huellas de gato. Los lugareños dicen que la gata vaga al lado del corsario, le acompaña en su devenir para alertar de la malvada ánima a los espíritus puros. Si ves una gata negra de ojos claros, aléjate del ser qué la acompaña o márchate del lugar dónde se halle.
Leyenda o realidad, los verdugos proliferan por el universo aprovechándose sobre todo de las almas nocturnas. Los gatos transitan en todos los callejones de cada pueblo o ciudad. Nos gusta encajar indicios y pensar que, aquel que regresa de las cámaras más profundas de la noche, es el culpable de la muerte que a veces nos rodea.
jueves, 13 de febrero de 2014
EL DRAGÓN DE FUEGO
“Una alegoría al amor llena de imágenes metafóricas”
Alguien me dijo una vez que todas las historias están escritas, tan sólo cambia la forma de contarlas. Los papeles pueden permutar de género, el hombre ser el león cobarde, la mujer ser la bestia. El héroe sigue el mismo camino con distintos trazados.
Encontré aquella carta entre un amasijo de papeles en el desván de la abuela. Su letra era estilizada y plateresca, llamaba la atención entre tanta vulgar grafía. Abrí la carta y desdoble el folio que dormitaba dentro; comencé a leer con avidez:
7 de Noviembre de 1913
Aquella noche conocí al Dragón del Fuego. Temerosa entré en su guarida sin saber lo que me aguardaba. Cuando sus ojos inteligentes se mecieron en los míos, olvidé los miedos. Me acarició con sus garras y volamos por mundos llenos de pasiones.
Noche mágica que devengó en fantasía de pura esencia. Sentimientos sin grilletes en cuerpos exultantes y sudorosos. Oí la respiración entrecortada y ansiosa del dragón. Caí rendida ante tal abanico de delirios.
Pero los instintos del dragón no pueden ser ignorados. Sus dominios se hundieron en mi corazón poseyéndolo para la siempre, sus índigos ojos penetraron mi mente y me arrebataron la existencia, en mi piel quedaron grabados a fuego sus símbolos ancestrales. El deseo, cuando se acaba, produce hambre de más deseo pero, cuando el amor lo inunda, colma el espíritu.
Me dio todo y me quede en lucha con mis entrañas. Maltrecha seguí buscando su rostro y nunca dejé de hacerlo pues ¿Qué es la vida sin el fuego del dragón? Nada.
Él pertenecía a otro mundo y, ambos, no podíamos cruzar los límites. Estaba prohibido que los seres de diferentes orbes se unieran. Cuando descubrieron dónde se encontraba la cueva que anulaba los confines, la cerraron para siempre. Vagué en su búsqueda y no cesé en el empeño. Seguía sintiendo su pasión y sabía que él me percibía en su mirada.
Tras muchas travesías encontré su rastro. Me despedí de vosotros, gentes que me llamabais loca, no entendíais de deseos inconmensurables. El amor sobrevuela tiempos y existencias. Él se acercaba y sabía que, por fin, estaría a su lado. Ardería en el fuego de su especie.
Pero en aquella aciaga noche me le arrebataron. Esperaron el instante del encuentro para clavarle la daga de hielo que apagó su llama. Él me ocultó tras su cuerpo para que no me hicieran daño y darme tiempo a huir. Me protegió hasta el último aliento.
Sus ojos se clavaron en los míos susurrándome “Te esperaré hasta que llegues, donde nadie impedirá nuestra unión. Dejaré encendida la llama durante mil cosechas, por diez mil caminos, en cien mil lunas para que su luz te guíe hacia mis brazos”.
Ilustración de Paula M. Rufat
Sus palabras resonaron durante mucho tiempo como campanas tañendo en mi mente y aún hoy, después de tanto tiempo, lo siguen haciendo. Decidí que tornaría mi vida para que no volvieran a llamarme loca, aguardaría el instante de partir para que sus dominios se hundieran en mi corazón, por una eternidad. Y así la vida continuó y existí al lado de un buen hombre que supo quererme sin pedir lo mismo a cambio. Mi descendencia hizo que las gentes olvidaran mis enajenaciones de juventud. Después de él son a los que más adoro, mis hijos y mis nietos.
Si algún día estas palabras resonaran en el viento por unos extraños labios, sabed que aunque la vida prosiguió mi fin y mi meta será siempre llegar su lado. Sólo él dio y dará sentido a mi vida, sólo él me hizo fuerte.
Shara.
De nuevo doblé aquel folio y lo guardé en su sobre. Aquella carta no merecía estar olvidada entre amarillentas hojas y polvo, aquella carta desvelaba el gran secreto de la abuela Shara que murió ayer y hoy lloramos su marcha. Nadie entendió sus últimas palabras cuando partió al viaje sin retorno y yo, guiado por sus recuerdos, las entiendo.
“Vuelvo a ver tu luz tras cien mil lunas”
jueves, 30 de enero de 2014
LA PLANTACIÓN.
“No puedes obligarte a ti mismo a sentir algo que no sientes, pero si puedes obligarte a hacer el bien, a pesar de lo que sientes”. Pearl S. Buck
Aquella noche carente de estrellas, el aire transitaba llevando en sus entrañas tañidos de campana, se habían percatado de su ausencia, pronto lo buscarían por el bosque con los sabuesos. Continuaría alejándose del infierno donde había vivido y sin intención de volver. Intentaría durante trayectos cortos volver sobre sus pasos y tomar otro rumbo echando sal y pimienta a la tierra, así podría ganar algo de tiempo.
No había conocido otro horizonte que el de la plantación de algodón. Cuando era niño tenía buenos recuerdos de una corta época, cuando Loui y él eran amigos, pero luego todo dio un cambio drástico. No sabía muy bien el porqué de dicho cambio pero lo intuyó cuando su amigo, el hijo del amo, comenzó a cojear, a tener chichones e incluso algún ojo morado.
Efectivamente, Sam desconocía que a Loui le prohibieron tener gestos amables con los esclavos, cada vez que tenía alguno su madre se encargaba de molerle a palos. Ella le decía que ellos eran los que causaban su dolor, eran animales a los que se les tenía que atar en corto, si se descuidaba, le rebanarían el cuello. Con el tiempo Loui pasó de ser un inocente y dulce niño a un opresor sin mesura. Una mañana entró en el cobertizo y pulverizó la espalda de San con un látigo, sin explicación. Su madre había plantado la semilla del odio en su corazón y según se hizo un hombre la semilla hizo de su corazón un alcornoque. Sam no volvió a ver la bondad en sus ojos.
Habían pasado muchos años, ambos niños eran hombres adultos. Sam tenía una estatura descomunal y los duros trabajos habían hecho que su cuerpo tuviera unos músculos desmedidos. Extrañaba en tan adusto personaje encontrar unos ojos azules como el cielo, él sabía que los había heredado de su padre, era mulato, hijo del primer amo de su madre. Sus ojos serenaban de tal forma aquella mole que todos los demás esclavos le llamaban el Buey Sam, laborioso, capaz de cargar grandes pesos, templado y poco libertino. Todos confiaban en él.
Como contrapunto, su actual amo Loui era un tipo enjuto, de cabellos rojizos y de ojos inflamados, unas veces por la ira otras por el alcohol. Su voz grave resonaba a la par que el látigo que restallaba en sus manos de continuo, cuando no llevaba la fusta. Sus ropas siempre desarrapadas y sudorosas, como su pelo, le daban un aspecto sórdido.
El detonante de la fuga de Sam fue la muerte de Mama Sugar, una anciana que limpiaba en la mansión, y sobre todo atendía al ama postrada en la cama. Había olvidado subir jabón para el aseo de la señora y alguien la había empujado por la empinada escalera. Aquellos tratos humillantes y vejatorios le decidieron a intentar huir hacia el norte, para siempre, o moriría en el intento.
Cuando Loui se enteró del intento de fuga de Sam, cogió uno de los rifles y el látigo, se dirigió a los establos, soltó a un sabueso, montó en su caballo y se puso en marcha. No estaba sobrio. Su rostro inyectado de sangre, los puños apretados sobre las riendas y un fuerte fustazo sobre los traseros del caballo que se encabrito daban la imagen de un auténtico maniaco furioso. Tras una hora de búsqueda en la cual el perro cada cierto tiempo se desorientaba y tardaba en volver a encontrar el rastro, sabía que se le acercaba. Conocía a Sam, era inteligente pero cuando le cazara, que con seguridad lo haría, preferiría morir. De vez en cuando se echaba algún trago de aguardiente que llevaba en las alforjas.
El perro comenzó a ladrar con exaltación y a acelerar el paso, olía su mastodóntico cuerpo. Loui comenzó a llamarlo:
- Sam, amigo, estoy cerca, puedo olerte ̶ lanzó la botella de aguardiente sobre unas rocas y disparó el rifle.
Sam siguió corriendo y volvió a soltar un puñado de pimienta y sal, la distancia que los separaba iba disminuyendo. Tropezó con una rama en el suelo que le torció el tobillo, cojeando continuó la huida pero sabía que se le venía encima un fatal desenlace. Oía el trote del caballo y los ladridos, y en unos minutos estuvieron de frente. Sam, empapado en sudor y el pie dolorido, y Loui, colérico, se miraron por un breve instante. Cuando Loui fue a desmontar, el caballo se espantó, una víbora huía de entre sus patas, el perro salió corriendo pataleado por el caballo y el jinete cayó al suelo. Tras un alarido brutal, no sé sabía si por el dolor o la rabia, Loui estaba en el suelo herido, se había clavado el tronco de un pequeño arbusto en la pierna. Se volvieron a mirar:
- Sam, maldito bastardo te perseguiré hasta el infierno ̶ casi sin aliento.
Sam se dispuso a seguir su camino pero sabía que aquel terrible ser pronto se desangraría. Se dio la vuelta dirigiéndose a su amo tumbado en el suelo que llenaba el aire de improperios y sacó un pequeño puñal que el mismo se había fabricado con un hueso. Loui pensó que no iba a desaprovechar la oportunidad de degollarle como siempre su madre le había dicho. ¡Al final esa maldita vieja llevaba razón! Pero no se iba a dejar cercenar sin luchar. Intentó dar un golpe a Sam pero este le esquivo dándole tal puñetazo que Loui quedo inconsciente sobre el húmedo suelo. Sam se rasgó la camisa con el pequeño puñal e hizo un torniquete sobre la pierna herida. Aquel mastodóntico negro pensó que el desgraciado tenía que tener un poco de luz en su oscuro corazón, habían compartido juegos y risas, y aquella amistad no fue fingida.
Consiguió parar la hemorragia y entonces Loui volvió en sí. Buscó con sus manos algo con que defenderse pero no encontró nada y de pronto, atontado se dio cuenta de que Sam no le había rebanado el cuello. ¿Qué estaba ocurriendo? Le dolía tremendamente las costillas y sintió una gran opresión en la pierna.
Entonces ocurrió, miró a los ojos de aquel hombre inmenso y volvió a ver la mirada del que, por un tiempo, fue su camarada, su amigo. Sam por fin habló:
- No sé qué te ocurrió Loui pero yo nunca te haría daño aunque a ti no te ha quedado humillación, golpe e infamia por hacernos. Tal vez entiendas que no somos perros esperando matar a su presa y que tú no eres mejor que yo porque tu piel sea blanca. Yo temo al amo del universo y no pienso permitir que un perro me arrastre a los infiernos.
Loui agarró el pelo de Sam y se le llenaron los ojos de lágrimas y le pidió perdón en un susurro. Aquel negro había devuelto a la vida a un ser que durante toda su existencia se había sentido vacuo y solo. Sam cogió a su amo en brazos y se dispuso a volver a la plantación. Pronto llegaron a ellos el resto de los perseguidores pero Loui con un halo de aliento les ordenó que no le tocaran ni un solo pelo al Buey Sam.
La semilla del odio fue arrancada en un soplo por un buen hombre. Loui comenzó a ver el lado benévolo de la vida y de las personas en cada amanecer. Aquella noche carente de estrellas, en unos ojos azules se ahorcaron las malas conductas, la ira y los rencores.
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