jueves, 19 de febrero de 2015

¡HOLA! DE NUEVO


Fractal por minimoo64

“Una vez que has entregado el espíritu, todo se sigue con absoluta certeza, aun en medio del caos” Henry Miller


Había pasado más de un año desde que abandoné París en un tren de nostálgica tristeza. Aquel trabajo me retribuyó con cuantiosos beneficios, me proporcionó un tiempo sabático y un vacío sombrío. Reflexioné sobre lo que había encontrado en aquella ciudad sin buscarlo y, concluí, que él sería la brújula en el itinerario de mi existencia.

Le echaba de menos pero la vida continuaba. No iba a ser fácil encontrar su clemencia y perdón. Cómo explicar que mi trabajo como espía industrial nada tenía que ver con lo que había ocurrido entre nosotros. Añoraba las charlas interminables en su jardín entre aromas de café y rosas. Sus manos acariciando el dorso de las mías y abrasándome con su mirada lasciva. Enloquecíamos con apenas un roce. Los encuentros, unas veces brutales otros dóciles, de nuestros cuerpos ante aquella habitación con un gran ventanal al ocaso. En la nostalgia me aferraba a su camisa en la que aún permanecía su aroma o daba vueltas a su añillo. Aquel anillo de plata labrada con trisqueles celtas no me lo había quitado desde que él me lo regalo.

El tiempo de descanso llegó a su fin. Otro trabajo me trasladó a Boston, a un congreso sobre alta tecnología aeronáutica. El aforo estaba lleno de personas extrañas y bien trajeadas, un fuerte murmullo flotaba en el ambiente. Algo no iba bien, sentí esa punzada en mi muñeca izquierda que me advertía del peligro. Era algo inexplicable pero el tiempo me había enseñado que aquella manifestación pocas veces se equivocaba.

Percibí unos ojos atravesándome la nuca. Con un leve y lento giro me agaché haciendo como que buscaba en mi bolso, levanté la vista y allí estaba. Me miraba febrilmente pero esta vez con odio y premeditación. Me volví a girar y me senté como si nada hubiera ocurrido. Mi cuerpo no manifestó ninguna inquietud pero mi corazón se aceleró a mil por hora. Tenía que mantener la calma, no pensaba huir, nuestro inevitable encuentro había llegado antes de lo esperado. Hallaría la manera de hablar con él, de explicarme, de que me escuchara para obtener su indulgencia.

Oí la conferencia sin enterarme casi de nada. Fue una hora de torturada paciencia. Recogí mi cartera y mi bolso, y me dirigí hacia el ropero a recoger mi abrigo. Me esperaba en el vestíbulo, siguiéndome por si hubiera tenido la intención de escabullirme. Nada más lejos, llevaba un año esperando el momento y no lo iba a desaprovechar aunque el desenlace no fuera el deseado.

Fui hacia él e hice un ademán con mi rostro como saludo. Él me agarró fuerte del brazo sin mediar palabra y enfilamos hacia la salida con enérgicas zancadas. Aquel no era el sitio adecuado para hablar. Me dolía, sus dedos se hundían en la piel con rabia e impotencia.

Me guio hacia una bocacalle, se detuvo y se situó frente a mí impidiéndome la huida. Era un animal herido y frustrado, me zarandeó con violencia.

– Tenía ganas de mirarte a los ojos maldita arpía —con semblante febril.
– Pues aquí me tienes —intentando mantenerme serena— y ¿Qué ves?
– La mirada de una serpiente que no dudó en jugar con los sentimientos para conseguir su propósito. Por tu culpa me descendieron y casi pierdo el empleo.
– Te equivocas, los sentimientos no tuvieron nada que ver con los negocios.
– Pues aún estoy esperando una explicación sincera por tu parte, zorra.

Me zafé de un tirón de su brazo y me coloque mi elegante traje gris marengo de ejecutiva. Volví a mirarle desafiante cuando divisé su mano acercándose con violencia a mi rostro, le bloqueé con mi antebrazo y le di con todas mis fuerzas un rodillazo en la entrepierna. Allí, doblado en aquella bocacalle extraña, donde el viento hacía volar varias hojas de periódico, me agaché y le susurré al oído:

– Ahora que ya hemos medido nuestra virilidad podremos hablar y escupirnos a la cara todos los reproches. Espero limar asperezas sin intimidaciones, cariño.
Esperé un rato hasta que se recompuso y le tendí una mano.
– A tú hotel o al mío—le espeté con una seguridad de la que carecía.
– Prefiero al tuyo—con la respiración entrecortada— así no tendrás oportunidad de desvalijarme.

En aquel extraño momento de tensión, mientras íbamos en el taxi, recordé una de las muchas frases de la abuela: las apariencias gélidas esconden corazones ardientes pero hay que aprender a llevar esa mascara y saber con quién poder quitársela. Allí estaba yo al lado de él como una roca volcánica, por fuera dura y oscura por dentro magma candente a punto de eclosionar y romper su secreto.

Seguía herido de muerte, iba a ser difícil reparar y sanar las heridas. Pero había aceptado hablar, aún no estaba todo perdido. Yo sabía que por encima de nuestro desencuentro había algo que nos unía: la teoría de la geometría del caos, el destino, un fractal con dos estructuras que se repiten y complementan.


Segunda parte del relato ¡HASTA PRONTO! http://intuicionesdelunaazul.blogspot.com.es/2015/01/hasta-pronto.html

miércoles, 14 de enero de 2015

¡HASTA PRONTO!


“Si las puertas de la percepción fueran limpiadas, todo aparecería ante el hombre tal como es: infinito.” William Blake


Está lejos, muy lejos. Me ha enviado unas fotos desde apartadas tierras. Debe de hacer mucho frío, jamás le vi tan abrigado. A veces pasea por el jardín lleno de escarcha en mangas de camisa y cuando entra a la casa desprende calor sobre una piel gélida. Su rostro anguloso y marcado es peculiar, con una mirada ártica rodeada de fuego en los cabellos. A pesar de su robustez, siempre me ha parecido una bondadosa alma en un cuerpo hercúleo. No he querido acompañarle pero pretendo imprimir cada sentido, cada ademán, cada costumbre de él.

Mi maleta está preparada y, entremedias de mi equipaje, una camisa suya. El olor me evocará su presencia y me ayudará en aciagos momentos. Me marcho, no puedo exponerle a mis intrigas además de que me han descubierto. Entré donde él dirige el departamento de investigación y desarrollo. Hace meses que recabé la información necesaria para mis mecenas. Hace meses que debería haberme marchado. Me dedico al espionaje industrial como mi abuela que acechó al enemigo en la última gran guerra. Lo llevo en los genes y, como ella, me enamoré de uno de mis adversarios.

Sé que los caminos volverán a cruzarse. Ambos abandonaremos nuestros círculos para buscarnos en el momento preciso. Por encima de las circunstancias el destino está presente en las existencias. Cuando nos miramos por primera vez supe que ya en otras vidas compartimos hábitos, nos conocíamos. Sé que él también presintió la cercanía.

Tal vez los cuerpos se hicieron uno cuando yo era una hechicera en el siglo XVII y él un Capitán testarudo de alta alcurnia de Toledo; o cuando fui la encargada de un castillo escoces y él un mozo de cuadras. Tengo sueños o reminiscencias pero ambos somos los protagonistas de ellos.

Lo único que me lastima son las consecuencias que le deparen mis actos. Tarde o temprano entenderá que los dirigentes son diferentes personas pero siempre con el mismo traje de codicia y traición. Mis pesquisas sólo tenían el propósito de acercarme a ti y ambos lo ignorábamos.

Anhelo sus grandes manos recorriendo mi cuerpo, su respiración agitada sobre mi nuca pero esos recuerdos me mantendrán. Y así el tiempo pasa sobre los raíles que me alejan de París, de él. Ese sonido monótono y continuo que da sopor en el tren y que a mí me llena de una nostálgica tristeza. Se hará muy largo el viaje, la ausencia.

viernes, 28 de noviembre de 2014

EL JARDÍN DE VAN DER DECKEN


Aquel rincón era un centro telúrico, un punto álgido de vibraciones terrestres. Estar allí bajo su dominio y bañada por los rayos del sol del ocaso aliviaba todo su delirio. Aquel jardín tenía influencia sobre ella pero también era parte de la esencia de él. Sobre la mesa de madera reposaba el cuaderno y la pluma, esperando una respuesta que tardaba en llegar.

Nina reflexiona rodeada de las plantas y los árboles. A su lado derecho varios mirtos y un gran cerezo de hojas esmeralda que le da sombra, ambos evocan a la fecundidad y al amor. Se tranquiliza con sus pies descalzos rozando miles de aromáticas florecillas blancas de manzanilla. El acebo en una esquina sombría donde ahuyenta a los malos espíritus. El roble, uno de los árboles favoritos de Ian, traído desde las tierras de sus ancestros; bajo su protección se reunían los druidas y los amantes. El ciprés de la entrada siempre le pareció arrogante. Un jilguero gorjea en el tejo centenario, árbol mágico de vida y muerte; solo con tomar sus bayas viajaría al mundo de Hades. El madroño que en otoño habrá teñido de sangre sus bayas, su jugo embriaga la razón. Todo tenía sentido en aquel oasis.

El aire llena los pulmones de Nina que cierra los ojos e inspira con fuerza. Aquel jardín es aliento para su alma. A ella le seduce el sonido del viento enredado en las ramas, el aroma del espliego, el tacto húmedo de las gotas de rocío y los miles de reflejos que destellan en la copa de vino que también descansa sobre la mesa; el líquido en el paladar es dulce ambrosía escarlata, ella lo comparte con Ian en muchos momentos.

Se levanta y camina con sus pies desnudos acercándose a aquel rosal extraño de flores malvas. Echa de menos a Ian, su esencia le acompaña entre sus plantas pero ¡Está tan lejos! Añora su mirada. Esos sentimientos encontrados que le acercan entre sus dominios cuando miles de kilómetros los separan. Anhela su regreso pero desconoce si él la ansía en la distancia.

Se vuelve a sentar junto al cuaderno y la pluma. Ha de escribir, encadenar palabras para autoanalizar su ansiedad pero no encuentra el rumbo. Vuelve a beber un sorbo de vino, su mente comienza a enajenarse. Nunca toleró el licor pero lo toma porque a él le gusta. Otra de las maneras de aproximarse a Ian en momentos de soledad.

Se recuesta sobre el brazo y vuelve a cerrar los ojos, poco a poco se pierden los sonidos. Cree que está durmiendo pero sigue en el jardín, en aquel rincón. Se sobresalta, no está sola, le acompaña un hombre de edad madura, con una gorra de capitán y una pipa en su boca. El pelo que le asoma bajo la gorra y el bigote unido a sus patillas es agrisado, el tiempo también navega en sus cabellos. Manos encallecidas y robustas sujetan la pipa. Sus ojos, de un azul transparente, la miran con dulzura. Saca su pipa de la boca y comienza a hablar, con una voz calmada, cortes y reservada.

- Hola Nina, me llamo Van der Decken, soy el capitán del Holandés Errante. ¿Oíste alguna vez hablar de nosotros? Andas perdida, buscas y no hallas sosiego. Cuando el embrujo del Mar del Norte usurpa el espacio, no hay escape. Deberás dejarte llevar hasta hundirte en sus profundidades y tu maldición será eterna, pues surcarás sus aguas por siempre y, tan sólo cada cierto tiempo, podrás descansar tu alma en tierra firme. En esa tierra que es su cuerpo, en ese océano que será su sangre y en ese aroma salobre que cubre su piel. Déjate arrastrar, aprende a atravesar las olas hasta que llegue tu momento. Ofrece tu rostro a las estrellas y no dejes de seguir el horizonte pues, este amor sólo llega con una entereza perseverante. Que las musas te encuentren con la mente urdiendo palabras sobre lo que nutre vuestra pasión. Ese es el secreto para vuestro amor. Resistir el azote de las olas y luchar por no perder el rumbo hasta vislumbrar el sol. Escribe sobre lo que sientes y sobre lo que compartís.
- Me dejaré atrapar Capitán y no me resistiré a la corriente de las miles de emociones que se agolpan. Pero qué me dices sobre él, sobre su regreso.
- Ama incondicionalmente y llegará el momento de arribar en tu puerto. Se impecable con tus palabras, no te tomes nada como personal, no intentes ponerte en sus pensamiento, y sigue esperando poniendo todo el corazón. Las mareas te serán propicias.

Algo la golpea en el hombro. Una bruma desdibuja el rostro del Capitán, vuelven los sonidos y abre los ojos. Una figura difuminada por el resplandor del ocaso la sonríe.

- Te has quedado dormida nena. Hola, regresé antes de tiempo y decidí darte una sorpresa.
Ella con rapidez se abalanza sobre su cuello y le abraza con fuerza.
- No puedo creer que hayas regresado—con lágrimas en los ojos.
- ¿Me has echado de menos? Siento la última bronca, nuestras últimas diferencias me atormentaban—acaricia el pelo de Nina.
- Te he echado de menos una eternidad. Me hundí en las profundidades como una maldición por esas últimas palabras que me dijiste, pensé que ya no me querías. Pero has vuelto y eso es lo que importa, el instante de descansar en tu tierra firme. Sé que volverás a partir, no ataré tus alas y te anhelaré. Pero el amor sobrevuela sobre nuestros rumbos.
- ¿Estás aún dormida? Tus palabras suenan extrañas.
- He de aprender a vivir con tus arrestos y mis impulsos, con nuestras manías y rarezas. Mantener nuestros espacios, libertad absoluta.
- Nena no dudes en ningún momento que me robaste el corazón y ahora formas parte de mi existencia. Aprenderemos a navegar en nuestras tempestades.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

NOCTÁMBULO


“Peregrino de todos los mares; marinero de todos los puertos; noctámbulo de todas las noches...Decidí sucumbir para siempre.” Francisco Tario

Todos tenemos un lado oscuro, un impulso destructor por miedo o supervivencia. Los siglos me enseñaron que hasta la más cándida de las almas puede enmascarar la faz de la muerte. Sí, el tiempo me ha enseñado eso y otras muchas cosas que me han amarrado a este mundo. Mi nombre es Vlad.

Intento pasar desapercibido pero mis ojos llaman la atención, nací con heterocromía. Uno de mis ojos es añil y el otro castaño. Pocas veces expongo la mirada, siempre observo tras mis largos y negros cabellos o bajo la capucha de una cazadora. Si alguien consigue percatarse procuro alejarme, me intimida, como si pudieran descubrir alguno de mis sombríos secretos.

Llevo varios años habitando en un edificio en ruinas en medio de la ciudad, un antiguo teatro. Nadie se acerca por aquí, la gente habla de extrañas voces; que es un lugar donde habita un espíritu siniestro que se alimenta de almas. Pocos traspasan los límites y menos aun se sumergen en sus escombros. Yo creé el rumor que se dispersó como las plumas por el viento. Vivo bajo el escenario, en el foso, desciendo a través de una trampilla que en la jerga teatral la llaman escotillón. No necesito mucho espacio, me gusta la penumbra y la soledad.

Subsisto con mis recuerdos. La añoro aunque, hace tanto tiempo que la perdí, que todos los días intento evocar cada fracción de su rostro para no olvidarla. Jamás he querido volver a amar para evitar el dolor de la pérdida, todavía la lloro. Como dicen en la película “Drácula” de Coppola: He cruzado océanos de tiempo para encontrarte. Anhelo ese instante, cuando nuestros destinos se vuelvan a encontrar.

Mientras tanto, me sumerjo en el mundo de la noche entre chaperos, prostitutas, chulos, camellos, drogadictos y gentes del mal vivir. Me alivia ver que hay más seres atroces como yo. Cada noche recorro el barrio de La Luna. Todo se confabula en sus calles y, por supuesto, yo también. Ciertos rostros me son familiares pero otros muchos cambian cada vigilia. Busco en aquellos desconocidos la presa perfecta. Los que ya me conocen se alejan, saben que mi semblante inocente solo es un reclamo.

Al pasar por uno de los callejones percibo golpes y gritos. Observo a distancia de qué se trata. Un chulo golpea con saña a una joven de cabellos rojos. El olor a sangre llega a mis fosas nasales, inspiro con ansia. Con paso lento me voy infiltrando en la penumbra. El hombre de cabello engominado, chaqueta roja y zapatos de puntera detiene el brazo en el aire al sentir mi presencia. La joven está sentada en el suelo, solloza y se seca la sangre que cubre su cara con la manga de la camisa de encaje. La falda es tan corta que sus largas piernas se exponen dejando entrever que no lleva ropa interior. Parte de sus pechos turgentes se exhiben apretados por un corpiño de cuero sobre la camisa blanca salpicada de manchas rojas.

El Chulo sonríe deslumbrando la oscuridad con su dentadura y saca del bolsillo de la chaqueta una navaja de mariposa con la que empieza a jugar para amedrentarme. Cuando estoy a dos o tres pasos del sujeto éste se arranca. Bloqueo el brazo armado y le agarro el cuello. Le levanto y queda suspendido en el aire, rozando el suelo con las punteras de los zapatos. Su rostro comienza a congestionarse y tras un minuto le lanzo contra la pared. Cae inconsciente sobre unos cajones y percibo como le abandona la vida.

Miro a la joven que, asustada, comienza a arrastrarse hacia la pared en un intento de huida. Mis ojos le han sobrecogido más que su proxeneta, sé que en la penumbra mi mirada desata terror. Me acerco a ella y la tiendo la mano, hace una maniobra extraña, ha cogido un objeto del suelo. La vuelvo a hacer un ademán para que se levante del suelo. Con un movimiento rápido me asesta una puñalada, noto la punzada aguda en mi estómago. Me ha clavado la navaja de mariposa de su maltratador. Apretó su muñeca y la acerco hacia mí más, mientras no deja de hundir la navaja. Ve que mis fuerzas no flaquean e intenta con desesperación zafarse.

Aferro su pequeña cara, la susurro al oído que sólo pretendía ahorrarla unos cuantos golpes. Aproximo mi boca a la suya y la beso con suavidad, sin soltarla. Rozo mi rostro por sus cabellos, sorprendentemente huele a jabón de almendras. Un olor que me trae acariciados recuerdos. Por unos segundos mi mente se evade a otra época en la que no era el que hoy soy. Un grito ahogado me devuelve a la realidad y retorno a besarla. Su expresión de pánico se va acentuando hasta que clavo mis colmillos en su cuello, con cada sorbo se apagan los latidos, hasta que reposa sin vida sobre mis brazos.

El miedo y la supervivencia volvieron a mostrar el rostro del asesino. Aquella frágil mujer no dudo en robarme el aliento. Lástima que dicho aliento fue despojado hace dos siglos bajo un lúgubre puente, mientras lloraba la perdida de Nina. Lamenté y seguiré lamentando su ausencia mientras condeno mi alma. Yo soy el auténtico criminal, que no tiene miedo y expone su cuerpo para que se le arrebaten en un intento desesperado de bajar a los infiernos. En mis inicios maté sin cordura, inyectado de odio, incluso a mi creador, soy el noctambulo que camina por barrios sombríos, ávido de sangre.


Miro el cuerpo inerte y escucho la voz que llevo dentro: Te equivocaste nena, lo siento.

Coloco a la joven al lado de su chulo. Entrelazo sus manos y cruzo las piernas de la mujer en un intento de pudicia para su última escena, la imagen de ambos es cariñosamente apocalíptica.

Tranquilo me doy la vuelta, me seco la boca con un pañuelo y abandono el callejón. Vuelvo a mis ruinas, la herida mortal que me ha asestado tardará unos días en curar. Duele y cada paso es una punzada hacía mi abismo. No es cierto que sea frío y desarmado, la conciencia me atormenta en muchos instantes. Yo no escogí ser lo que soy, me impusieron el castigo sin pedirme permiso. Vivo en un teatro en ruinas donde cada día estreno una nueva función tétrica. Dicen por ahí, que me alimento de almas.

miércoles, 15 de octubre de 2014

UNIVERSO DE SOLEDAD


“La vida me está buscando, pone zancadillas a mis pasos.
Yo me encaro a ella con los puños en alto.
Y parece entenderlo, que con nada me achanto.
Por mucho tropiezo y herida sigo caminando.
Y así pasan las lunas, pasan a plata los verdes prados.
Sé que un día la noche será serena y sin llanto”
©Loladc´s


Conocí esa mirada melancólica, ebria de alcohol, en mi local. Algo en él me producía ternura. Noche tras noche aparecía medio embriagado y, en la barra, terminaba de ahogar sus recuerdos. Sus ropas no eran mugrientas ni desmadejadas: vaqueros Levis desgastados, camisa asomando bajo el jersey, ambos de Caramelo, y zapatos limpios y enlustrados. Hablaba poco y jamás le oí una palabra mal sonante ni descortés.

Este garito, ubicado en la zona de copas del casco antiguo, es mi herencia, mi maldita herencia. No tengo otra forma de ganarme la vida. Tras años he aprendido a poner en su sitio a quien se extralimita, a escuchar interminables peroratas desdichadas, en definitiva, lo manejo a la perfección. Pocos platos de cocina: unas croquetas, unos huevos con besamel rebozados, unas tortillas, unos revueltos y mucho alcohol y pocos refrescos. Una noche mi marido no regresó a casa, por la mañana le encontraron en una esquina, apestando a cerveza, una puñalada en el estómago y los bolsillos pelados. Desde entonces, cada tarde noche ocupo su lugar tras la barra. No me quejo, me da para que no me falte de nada y me espanta los fantasmas de la soledad por la noche. Llego de madrugada y exhausta, siempre caigo rendida en la cama vacía.

Después de dos meses pisando mis dominios, invito al desconocido de ojos melancólicos a abandonar el local. Me dispongo a cerrar. Da las buenas noches y, al salir, tropieza en el escalón y cae. Me acerco a toda prisa e intento levantarle, tiene toda la cara ensangrentada y una gran brecha en la frente. Tambaleándose logro que se siente en una de las sillas. Entre la borrachera y el golpe no logra mantenerse en pie. Con su mirada oceánica me dice: gracias es usted mi ángel. Pierde el conocimiento y cae al suelo sin yo poder evitarlo. Es alto y corpulento, imposible sostenerle.

Como puedo, arrastro a aquel extraño hasta el sofá desgastado de la esquina. Le limpio la cara ensangrentada, la brecha es pequeña pero ya sabemos lo escandaloso que son los golpes en la cabeza. Inexplicablemente, le arropo con un mantel, estoy tan cansada que no me apetece llamar a urgencias. Me dispongo a pasar la noche en el otro sillón deslustrado. A los pocos segundos él ronca y, entre ronquido y ronquido, exhala palabras: nena, traidora, desdicha. Casi estoy dormida cuando pronuncia una frase que me hace pensar “la vida me busca y estoy perdido entre dos mundos”. La vida nos busca a muchos hasta extenuarnos y muchos somos los que estamos perdidos.

Despierto entumecida. Me voy recta hacia la cafetera. En pocos minutos una fragancia a cereal tostado enajena el espacio. Estoy deleitándome con aquel sabor amargo y fuerte cuando veo removerse bajo el mantel a mi invitado. Intenta fijar la mirada, se incorpora en el sofá y reposa la frente sobre sus manos pretendido mantener la compostura.

- ¿Una mala noche amigo?
- Las he tenido peores—mira con expresión de no entender nada— aunque el dolor de cabeza me está matando.
- Hola, soy Aurora—con una leve sonrisa— anoche resbaló en el escalón de mi establecimiento, entre el alcohol y el golpe no fue capaz de seguir su camino.
- Siento las molestias señora. En cuanto sea capaz de mantenerme en pie me marcho.
- No se preocupe, tómese su tiempo. Hoy es día de descanso y no abro ¿Le apetece un café?
- Y dos aspirinas. Me llamo Carlos. Muchas gracias.

Me voy al botiquín pero la caja de analgésicos estaba vacía. Cuando vuelvo está apoyando los brazos en la barra y, de nuevo, con la cabeza entre ellos. Su cabello rubio desordenado se enreda entre sus dedos. Al fin conozco sobrio al hombre de ojos claros y semblante triste, y su voz grave impregna el aire. Veo su rostro con aquella barba incipiente. Este desgreñado me parece el único hombre en la tierra. En definitiva, llevo demasiado tiempo sola, empezaré a preocuparme.

El tiempo se para. Nos miramos y algo sórdido acompaña a nuestras miradas. Siento como todo mi cuerpo se llena de pecado. Respiro hondo y el alcohol se mezcla con un aroma cítrico. Aún en su estado lamentable aquel ser me despierta de un largo letargo.
Sigue impasible apoyado en la barra, no sé si quiere ganar tiempo o lo necesita para recuperarse. Comenzamos a charlar, él no concibe que una mujer como yo esta en este garito. Ignoro si es un reproche o un piropo ¿Coquetea conmigo? Yo que jamás hablo de mí le suelto la desdichada historia de mi matrimonio y mi maldita herencia.

Mi pasado esta lleno de noches interminables de borracheras, insultos y algún que otro golpe. Aunque nunca me sentí maltratada pues yo respondía ante sus empujones y manotazos; no soy mujer de quedarme impasible. Llegue a pensar que como se pusiera violento nos mataríamos a golpes, pero nunca fueron tan fuertes las disputas. Cuando se le pasaba, todo eran lágrimas y perdones; aquello dejó de surtir efecto, su adicción podía más que su conciencia. He espetado a aquel desconocido el final de la contienda y como aquella taberna es mi salvavidas para salir a flote.

Me intereso por su historia y al principio esta reticente. Preparo un Virgin Blody Mary, hace tiempo que no los hago, el mejor remedio para las resacas de mi difunto. Mezclo el zumo de limón con el de tomate, la salsa inglesa y el tabasco y se lo sirvo. Horneo unas tostadas de pan con un poco de jamón. Él acepta, terminamos de ahuyentar la razón ante la culpa.

- Este cóctel acostumbraban a decorarlo en el Club de Pádel con un apio, unos tomates cherry y polvo de pimienta —sonriendo afligido.
- Lo siento no tengo tanta clase. Poseo los ingredientes porque solía hacer este zumo a mi marido.
- No te equivoques Aurora, la clase no está en los clubes selectos, está en la esencia y en los principios de cada uno. El dinero encubre los más viles e impúdicos espíritus. Hace tiempo que me di cuenta de que toda mi vida fue una farsa.

Con cada sorbo de aquel jugo un retazo de historia. Me habla de la deslealtad y la traición de sus socios, como habían ganado dinero ilegal a su costa y él, ignorante, no pudo creer aquella manipulación. El abandono de su esposa ante la escasez de dinero y la condición social. La pérdida de todas sus propiedades, aquello que había ganado tras años de desmesurados esfuerzos. La soledad inmensa y el descrédito le llevaron noche tras noche a refugiarse en el alcohol.

Se ha tomado todo el zumo y me dispongo a retirar el vaso. En ese preciso instante posa sus dedos sobre el torso de mi mano y los arrastra por todo el brazo hasta el hombro con delicadeza. Me muerdo el labio inferior con fuerza en un intento desesperado de no sucumbir. Soy débil ante ciertos estímulos, sujeto su mano ladeando mi cabeza y se enreda en mis cabellos. Nos miramos con ojos febriles.

- Si lo deseas me marcho Aurora, no quiero abusar de tu generosidad—agachando la mirada— hace tiempo que no me dan una oportunidad y menos alguien desconocido.
- ¿Intentas qué me dé pena con esa caída de pestañas?—sonriendo y levantándole la cabeza— te advierto que no soy fácil de engañar, este tugurio me ha aleccionado. La oportunidad te la tienes que dar tú.
- Además de guapa, inteligente ¿Se puede pedir más? Es usted un ángel, mi ángel.

Aquellas fueron las últimas palabras, nuestros labios se funden en un intenso y acuoso beso, aún con la barra por medio. Sin percatarnos, en unos minutos estamos en medio del local y sin haber separado nuestras bocas. Sucumbimos ante multitud de caricias. Él sigue jugando con mi pelo y se va deslizando por mi cuello. Mientras, mi arduo cuerpo intenta recordar la última vez que sentí la intensidad de aquellos arrumacos y no logro recordarlo. Hace demasiado tiempo. La ropa se va deslizando con lentitud, nos abandonamos. Aquel sillón deslustrado es la culminación de dos almas que decidieron acomodarse en la soledad sin esperar reconocimientos. El aire se llena de gemidos, sudor y éxtasis.

Ambos veíamos pasar la vida y decidimos dirigir dicha vida, cambiar nuestros destinos. He encontrado la felicidad porque él me ha hecho verme a mí mismo. Carlos se ha atrevido a darse una oportunidad. La vida dejó de buscarnos para buscarla nosotros a ella.

lunes, 25 de agosto de 2014

A VECES, AUNQUE DUELA, ES MEJOR DECIR ADIÓS


“Siempre habrá algo o alguien que querrá ubicarte al otro lado de la alegría…” Pedro L. Villalonga y Cardona

Durante un tiempo me hizo sentir como un ángel al que hubieran arrancado sus alas. Ya no era ni su amiga, ni su cómplice, ni su amante. Muchas veces, en momentos lúcidos y alegres, me decía que como una brújula, cuando las nieblas mentales le acuciaban, yo conducía. Como todo mito me caí del pedestal donde me había ubicado, tal vez demasiado alto.

Él sabía que se me daba mejor escribir que hablar. Por lo general cuando hablo, o me excedo o me quedo corta; esto me produce muchas veces animadversión y me encierro en mis mundos de silencio. No suelo dar rienda suelta a sentimientos y menos en público. Aquel día hice la maleta y dejé sobre la cómoda un sobre con una larga carta. Era mi mejor manera de expresar lo que sentía.

Un modo de no decepcionar y decepcionarse es no poner los deseos en manos de los demás. Somos humanos y con asiduidad, nos gustaría que fueran menos, la pifiamos. Según él yo me descuidaba, ponía poco interés en sus problemas, incertidumbres y pasiones.

Él nunca quiso que le ayudaran, oía pero no escuchaba. Con la excusa de vivir en su caparazón para que no le hicieran daño, cada día soportaba menos la presencia de las personas. El pretexto siempre fue el mismo, era un incomprendido que jamás se sintió apoyado. Intente entender esos tiempos de desolación que le acechaban pero no estaba en sus emociones para saber con plenitud hacia dónde dirigir mis pasos.

Pero ¿Entendía él a los demás, amparaba a los que estaban a su lado? Nunca toleró la humanidad de sus semejantes. Sus pensamientos eran toda la razón, los demás se equivocaban.

Me solía decir que admiraba mi ímpetu. Nada más lejos, las grandes fortalezas a menudo, esconden y protegen como un escudo magnas debilidades. Él sabía de mi entusiasmo por la vida. Intento superar el pasado, me deprimiría cabalgar día tras día sobre historias concluidas; tampoco pienso en el futuro pues la incertidumbre me llenaría de ansiedad. El presente es lo único que me serena y en él voy evolucionando sobre mis errores.

He intentado caminar por un tiempo a su lado pero al final, me rendí. Ninguna palabra o hecho era aceptable y arremetía con fuerza, también hacía daño. No era el único maltratado. Se hiere sin querer, se enjuicia olvidando lo compartido.

Tal vez es cierto que hay personas que no soportan la alegría del prójimo, la fuerza para seguir luchado a pesar de las dificultades. Intentan arrastrarte a su tumultuosa existencia. Entonces llega el momento definitivo de tomar una dirección diferente. Cuando el viento gélido se coloca entre las relación, llega la hora de la despedida, deseando de corazón que algún día él salga del aislamiento y la tristeza.

No puedo permitir abandonar el lado de la alegría aunque tampoco he tenido fácil las sonrisas. Mientras que tenga fuerza, seguiré en el propósito de ser feliz. No pensaré en mi futuro, tal vez más funesto que el de él.

Mi corazón me avisó del acecho de ciertas actitudes y rara vez se equivoca; los pesimismos me ahuyentan. Necesito inflexiblemente mirar con los ojos de la esperanza, creer en el amor y en las personas.

Siento si en algún momento le ofendí o menosprecié, espero que me disculpe; yo también perdonaré sus desdenes; le amé, hace tiempo que deje de decir “te quiero”, querer es poseer y nadie es dueño de nada salvo de su destino. Le di las gracias por todo y cincelé un ¡Adiós! sobre el papel.

Miro por la ventana con una humeante taza entre mis manos. Las hojas de los árboles han comenzado a caer. A pesar de la despedida definitiva, en algún que otro momento aparece su sombra, en un objeto o un recuerdo. Tan solo hace un año fuimos a tomar café, agarrados de la mano y arrastrando los pies entre las apergaminadas hojas que cubrían el suelo del parque. Evoco la sensación de paz y la sonrisa de ambos al jugar como chiquillos sobre aquel manto. Me duele la distancia pero hay decisiones que no queda más remedio que afrontar. Algún día sabré el propósito de nuestra relación o tal vez no. Hoy tan sólo sé que nuestro cruce de caminos ha servido para afianzarme en el deleite por la existencia.

lunes, 18 de agosto de 2014

EN LA INSPIRACIÓN


“Cuando llegue la inspiración, que me encuentre trabajando.” Pablo Picasso

La libélula se quedó inmóvil sobre la superficie del agua. El estanque lleno de nenúfares hacía las delicias de muchos de los inquilinos del hostal. Solía pasar todo el verano en aquel lugar idílico, alejada de la civilización; estaba rodeado de exuberante vegetación, arroyos, cascadas y remansos fluviales.

El silencio que se respira entre los sonidos de la naturaleza me hace divagar. Cierro los ojos. Hago un recorrido por los muchos minutos disfrutados en este entorno, por las muchas personas que me acompañaron y me acompañan. En esta apacible soledad me encuentro a mí misma y mi inspiración se sumerge en mundos imprevisibles.

Tras un par de horas junto al estanque cae la tarde y los sonidos de la noche van ganando espacio a los durmientes fragores del sol. Pero a veces, como si pasara un ángel, por un breve instante, hay silencios. El reloj de Dios se ha parado para ganar tiempo a la liviandad de nuestra existencia.

Cierro el manuscrito y lo dejo descansando sobre la mesa de madera. He terminado, la historia está finalizada. Mi última palabra un acrónimo del que sólo yo sabré su significado, o tal vez alguien descubra su vibración. He escrito más páginas en estas jornadas que a lo largo de todo el año. Las sílfides junto a gnomos, elfos y hadas me han arropado, vertiendo en la noche su tamo mágico. Mis sueños, durante estos últimos días, son un hervidero de ideas que incomprensiblemente al despertar no he olvidado, como es habitual.

La noche ha caído con parsimonia. El cielo se ha cubierto de chispas luminiscentes que decoran a la adorada Selene. De pronto, una estela cruza el firmamento, como una espada rasgando una gran tela de seda marina. Hacía tiempo que no veía una estrella fugaz, como si fuera un mensaje, vuelvo a cerrar los ojos y pido un deseo.

Como cada noche junto a los nenúfares, Ethan me trae una gran copa de bolas de chocolate decoradas con el mismo elixir líquido y dos barquillos. Un sencillo homenaje que me hace sentir enamorada, lo compartimos. Estoy en el paraíso con el sonido del chapoteo del agua, las caricias de la sutil brisa, el sabor dulce en mi boca, los ojos perdidos en la vía láctea y el olor húmedo con perfume de flores; él es la culminación perfecta, el que cierra el círculo ¡Se puede pedir más!

Comenzamos nuestro ritual. Nos quitamos los zapatos y reposamos los pies sobre la fría hierba, el contacto con Gaia en el verano es imprescindible, ahuyenta a los genios malignos. Se percibe una energía extraña que sube, un hormigueo encantador. Una deidad invisible nos invita a la seducción. Nuestras manos furtivas se unen como dos adolescentes acariciándose por debajo del mantel. Le miro, me mira y sin mediar palabra sabe que he terminado mi libro. Ambos percibimos nuestros pensamientos y deseos: el tiempo que resta hasta el final del estío es tuyo y solamente tuyo.

Espero terminar mis días en este paraje encantado junto a Ethan. Cuando repliegue mis velas, sabiendo que arribo a mi último puerto, sería todo un sueño dejarse arrastras por las sílfides que me inspiran y habitan en el estanque. Escuchar a los gnomos sus misceláneas sabidurías, mientras los elfos me conceden unos minutos más para deleitar mi espíritu.

Antes de perdernos entre el bosque y la vegetación saco tres monedas, hago un agujero y las entierro junto al viejo álamo. Espero que los duendes me concedan el favor de retornar. Volver a escuchar los sonidos de este mundo mágico, ajeno al caos.


Pero por ahora, aún por estas maravillosas moradas, seguiré dejando retozar mis pasiones junto a mi cómplice. Henchida de alegría por un trabajo que en algunos instantes sopesé no concluir.

¡Feliz Lugnasad!

viernes, 1 de agosto de 2014

SU SUEÑO, MI SUEÑO


“Vivir sus deseos, agotarlos en la vida, es el destino de toda existencia” Heráclito

Habíamos imaginado miles de veces ese momento. Él me prometió que compartiríamos la experiencia en cuanto pudiéramos. Anhelo su presencia, esta noche será una de las más inolvidables de mi vida y a su vez de las más melancólicas, sentimientos encontrados.

Casi no dormí en toda la noche. El tiempo apenas avanzaba en el trabajo a lo largo de la mañana. Tampoco pude comer demasiado, miles de mariposas en el estómago. Ya solo quedan cuatro horas para el comienzo de la representación. Tendré que espolear los minutos, no quiero dejar ningún detalle al azar y aún tengo muchos por ultimar.
Me ducho con rapidez poniendo especial empeño en el pelo, champú, suavizante y aclarados en abundancia. Necesito que mi cabello esté impecable. Mis grandes rizos húmedos caen sobre mi espalda. No quiero maquillarme, iré como a él le gustaba, natural.

Sobre la cama la ropa interior negra, el vestido largo de seda gris, y los zapatos y el bolso de plata bruñida. En el tocador una caja de terciopelo azul que protege mi legado para esta ocasión; una elegante pulsera y un prendedor en forma de estrella, ambos de hilos de plata con cristales de Swaroskis. La estrella quedará perfecta sobre el rojo de mis cabellos. Aquellas joyas habían sido el delirio de un sueño que él me infundió desde pequeña. Me decía que las guardara para cuando llegara la noche deseada, señalaba que lucirían espectaculares.

Estaría orgulloso y feliz de que al fin pudiera disfrutar tangiblemente de lo que tantas y tantas horas nos había ocupado, unas veces escuchando y otras hablando sobre ello. Desde mi inocente niñez siempre mariposearon por casa las notas de Mozart y hoy seguían revoloteando en los recuerdos y en cada jornada de mi vida actual. Él despertó mi pasión por la música y por la ópera.

Pronto llegaría Jacques a recogerme, mi jefe. Creo que mi vida ha estado supeditada a ese gran sueño que heredé de mi padre. Tal vez para muchos será exagerado pensar que, hasta que no conseguí un empleo en New York, no ceje en el intento tan sólo por perseguir la velada que me esperaba esta noche. Llevo trabajando en esta solemne ciudad un año como secretaria personal de Jacques Brown, jefe de una empresa dedicada a software de gestión de mantenimiento para grandes espectáculos musicales.

Al fin, vestida, ya solo me faltaban mis dos apreciados adornos, serían los únicos que llevaría. Cogí el prendedor de estrella y me le coloqué sobre mi cabello, en el lado izquierdo. Luego tomé la pulsera y me la abotoné a la muñeca con aquella pequeña estrella de cristal que se engancha en la presilla.

Suena el portero eléctrico, me avisan que el coche para recogerme ha llegado. Cojo mi bolso de mano y un chal de gasa perlado. Jacques espera junto al auto, serio, formal, con un smoking negro, camisa blanca, pajarita de seda y zapatos de charol. Su azabache y ondulado pelo, engominado, le da otro aire; en el trabajo siempre lo lleva despeinado. Me da un beso en el rostro y me mira con ojos centelleantes. Abre la puerta y entro en el coche. Dentro, me expresa que estoy asombrosa, pero creo que es la felicidad del momento lo que me hace parecer exultante. Espero disfrutar de la noche hasta el alba y saborear cada instante en su compañía. Jacques comparte conmigo la misma pasión y el mismo sentimiento. Lo hemos descubierto hace poco.

Hoy voy a cumplir el sueño de mi padre, el que él nunca pudo realizar. Llegamos a la gran plaza Lincoln Center, todo esta tan iluminado que parece que entras en un mundo dorado luminiscente. La fuente central despide grandes manantiales de agua hacia el firmamento que producen bruma, la frescura de la humedad alivia el ímpetu que me inquieta. Frente a mí, el Metropolitan Opera House de New York con su fachada de cinco arcos de medio punto y muros acristalados; flanqueado por otros dos inmensos teatros, el New York State Theater y el Avery Fisher Hall. Agarro fuerte la mano de Jacques, entramos en el impresionante vestíbulo de mármol italiano, alumbrado por hermosas arañas de cristal. Esto es un sueño, nuestro sueño.

Cuando ocupamos el palco en el tercer piso, ya en el aforo, soy una niña encandilada por un inmenso regalo, sigo sin soltar la mano de Jacques. El impresionante dorado del techo y las paredes, contrasta con el rojo de las butacas. El auditorio, abarrotado, espera a que suban el telón con un murmullo opaco de charlas. A mí casi no me salen las palabras. Hoy es el estreno de “Le Nozze di Figaro” de Mozart, interpretada por Cecilia Bartoli y Bryn Terfel. Mi padre siempre quiso ver una ópera de su autor favorito en el Met.


Silencio, comienzan a subir el telón. Aparece el escenario emulando la habitación que el Conde de Almaviva ha regalado a Fígaro para quedarse tras su boda con Susanna. En dicho escenario Fígaro y Susanna están ocupados con la ropa y los muebles. Comienza el espectáculo.

Me llamo Susana.

Con lágrimas en los ojos, apretó aún más la mano de Jacques y dirijo mi mirada hacia el impresionante techo ¡Papá, lo logramos! Hoy se cumplirá nuestro sueño.

martes, 22 de julio de 2014

LA NOCHE DEL ROBLE


“El más terrible de todos los sentimientos es el sentimiento de tener la esperanza muerta” Federico García Lorca

Habían pasado seis meses desde su marcha definitiva y aún sentía el aroma de Izan tras de sí. ¡Le echaba tanto de menos! El ocaso agonizante pronto daría paso a la luz de una luna, anunciada inmensa, que irrumpiría en cada rincón de aquel vergel infinito. Ella estaba sola en una mesa bajo un viejo roble del que colgaban tres tarros de cristal con velas, alejada del resto. Sobre dicha mesa una pequeña regadera de latón con flores de cúrcuma rosas y blancas astromelias, rozó aquellas bellas flores añorando sus caricias. Nora pidió que le sirvieran un té frío, cuando estuvo con su amado tomaron unas copas de vino frío del que no recordaba el nombre, bajo aquel mismo roble, hacía dos años sonreían y charlaban entre besos furtivos. A ella nunca le gustó demasiado el vino pero él la enseñó a deleitar esos momentos de néctar y buena compañía.

Ella había decidido volver aquel fin de semana a su refugio favorito, un balneario en la sierra, a donde hicieron su última escapada. Se respiraba serenidad en aquel apartado lugar, actitud que necesitaba con urgencia, pero estaba tan llena de nostalgia. A ambos les apasionaban los árboles, las plantas y las flores. Cuando pasaban por épocas adversas huían a aquel entorno rodeados de sus seres vivos preferidos, necesitaban el contacto del bosque, de la campiña y las flores. No estaba segura de sí su regreso le apaciguaría el alma.

Nora se dispersó al escuchar la conversación de un hombre maduro con dos jóvenes, charlaban animadamente en otra mesa, bajo otro árbol. Por un instante sus miradas se cruzaron y él saludó con amabilidad, hizo un ademán con su cabeza y la regaló una leve sonrisa. Ella, por educación, le hizo el mismo gesto pero un rictus forzó sus labios. La apatía no le permitía empatizar con otras personas.

Continuó tomando el té helado en aquella taza translucida, ignorando la presencia de otros. Levantó la cabeza, enredó sus pensamientos en las ramas de aquel Quercus Robur bajo el que, en los tiempos primitivos, se reunían los druidas y los amantes. Cerró los ojos pensando que aún estaba al lado de Izan pero tan solo oyó la brisa enredada entre las ramas y el leve rumor de una corriente de agua. Recordó que bajaba un pequeño arroyo delimitado por varias hortensias. Inspiró con fuerza y después arribó un suspiro.

Nora no sabía el tiempo que llevaba allí absorta; miró alrededor y estaba sola en aquel inmenso jardín. Comenzaba a haber relente y se colocó sobre los hombros un foulard blanco con cuadros de líneas rojas y azules apropiado para conjuntar con los vaqueros. La tristeza iba aumentando. Se disponía a volver a la habitación cuando vio acercarse por el camino empedrado al hombre maduro con dos copas y una botella. Nunca hubiera considerado que se dirigía hacia ella.

- Buenas noches ¿Se retira ya?
- Hola. Sí, ya me disponía a retirarme a mi habitación— ruborizándose.
- ¿Aceptaría tomar una copa de vino conmigo? Mis hijos prefieren la compañía de gente de su edad—con la misma sonrisa que le había regalado cuando se miraron.
- Lo siento, hace tiempo que no bebo alcohol.
- Reconsidérelo ¡Hace una noche tan esplendida!—mirando hacia el cielo que apenas se dejaba ver entre las ramas del roble.

Ella aceptó su propuesta sin saber muy bien por qué y se volvió a sentar en aquel sillón de mimbre. Él puso sobre la mesa las dos copas de vidrio transparente, echó aquel néctar de un leve dorado con sus grandes y huesudas manos, y le ofreció la copa. Nora abrazó la copa por el tallo pues, como su amor le había enseñado, así no cambiaba la temperatura. En el intercambio con el desconocido hubo un leve roce de manos que le crispó.

- Perdone mi descortesía, mi nombre es Alai—alargando la mano.
- Yo me llamo Nora—también alargó su delicada mano y se las estrecharon con fuerza.
- Peculiar nombre y no de nuestras tierras.
- Era el nombre de mi abuela de origen griego. Proviene de Eleonora.
- He observado como contemplaba este magnífico roble ¿Conoce su leyenda?
- Y usted ¿Conoce su leyenda?
- Soy vasco, descendiente de vascos, conozco su leyenda.
- Lo siento, no soy una agradable compañía.

Alai tomó su copa por el tallo y se la acercó a la nariz, después bebió un pequeño sorbo:

- Querida Nora, deje que en esta extraña noche le cuenta la leyenda del amor ilícito de un hombre y una Lamia. Cada tarde Kerku, se acercaba a un arroyo y se veía con la Lamia. Él peinaba sus largos y lisos cabellos, como los suyos Nora, mientras ella le contaba historias. Pero entonces había una mujer que deseaba a Kerku y sabía que él amaba sin condición a la Lamia. La mujer pidió ayuda al genio maligno y este la dio una pócima para echar en el arroyo. La Lamia agonizante esperó hasta que llegó Kerku; éste con desesperación arrastró a su amada hasta el mar y allí se hundió en las aguas profundas con ella para no regresar. Amalur, la madre tierra, ante fidelidad tan grande creó un árbol nuevo, el roble. Por eso se jura fidelidad ante dicho árbol.
- Bonita historia—con lágrimas en los ojos.
- Yo te conozco Nora. Hace un tiempo paseabas de la mano con un hombre por estos jardines, imagino que tu esposo. Tú belleza no me pasó desapercibida. Al verte esta noche volviste a despertar mi interés pero vi en tu semblante la tristeza. Nora la vida continua y tu fidelidad será perpetua pues bajo el roble y junto al arroyo os jurasteis amor eterno. Estoy seguro que él, mientras te espera, desearía que la felicidad volviera.


Nora lloraba sin consuelo pero, inexplicablemente, se sentía mejor. Como si esa paz que anhelaba por fin hubiera anidado en su corazón. Cogió la copa de vino y la olió, luego la balanceó como Izan la había enseñado y tomó un sorbo que pasó a lo largo y ancho de la lengua y tragó. Reconoció en al instante el néctar que había tomado con su amado.

- ¿Cómo se llama este vino?—con interés.
- Tiene mi mismo nombre, Vino Blanco Alai Sauvignon.
- Gracias Alai, ha sido una noche alentadora.
- Nora ¿Sabes qué significa Alai en vasco?—levantando la cabeza de ella con el índice sobre su barbilla.

Nora aún con lágrimas en los ojos, negó con la cabeza.

- Tiene dos definiciones, una es defensor del hombre y la otra alegría. No te molestaré más, perdona por entrometerme en tu silencio. Soy un hombre extraño que a veces percibo la tristeza de otros. Solo quería darte un poco de fortaleza. Buenas noches triste Nora.

Alai se levantó, tomó la mano de ella, y la beso en el dorso. Se disponía a marcharse cuando Nora le preguntó:

- Mañana ¿Podrás contarme otra de tus leyendas?
- Hasta la tarde no regresaré pero será un placer. Mañana, en la noche, puede que te interese saber las conjuras de Donibane Gaua. Incluso podremos poner nuestros nombres sobre una madera, junto a una hoja de muérdago.
- Solazada, esperaré que llegue la noche.

Nora abrazada a su foulard continuó bajo aquel árbol mientras veía alejarse a Alai. La noche comenzó melancólica y aquel roble sagrado le concedió serenidad y esperanza.

jueves, 10 de julio de 2014

BORIS, EL LOBO ESTEPARIO


“El rugido de los leones, el aullido de los lobos, la cólera del mar tempestuoso y la espada destructora son porciones de la eternidad demasiado grandes para el ojo del hombre.” William Blake

Su mirada recordaba las extensas praderas en verano que le vieron nacer. De ojos oblicuos y tristes, me transmitía sentimientos encontrados, unas veces ternura y otras insidias. A mí me desarmaba en esos momentos de afecto en los que no sabía qué ahogaba su mente; algo le provocaba tremenda tristeza cuando me acariciaba el rostro con sus magnas y potentes manos. En esos instantes también me susurraba al oído que me amaba y nunca dejaría de hacerlo. A mí también me encantaba deslizar mis dedos por su negra y lacia melena.

Jamás podría imaginar que aquel hombre de cuerpo fornido y semblante inocente podría ser alguien peligroso y oscuro. Dos noches al mes desaparecía y volvía con las manos laceradas, con moratones y abatido, con un extraño olor ferroso. Su silencio era tan profundo que dolía. Me cogía en brazos y me dejaba sobre el sofá con delicadeza, se situaba a mi lado y reposaba su cabeza sobre mi pecho, escuchando los latidos del corazón.

Muchas veces le pregunté sobre sus huidas pero jamás hallé respuesta. Solo se aferraba a mí con más fuerza. En uno de esos momentos me dijo, con su voz rasgada, que mejor sería que no descubriera nunca lo que hacía en esos aciagos días pues el rostro de la muerte rondaba en las sombras.

¿Por qué no pude resistir mi curiosidad, mi insaciable inquietud por encontrar respuestas a sus tristes escapes? Yo también le amaba y anhelaba ayudarle. No entendía que no necesitaba ningún tipo de auxilio. Aquel hombre, aquel lobo estepario como se hacía llamar en los pocos instantes a los que una sonrisa irrumpía en sus labios, me había robado el alma.

Él Llegó de Rusia a la tierra de mis ancestros hacía un año. Yo le conocí días después de arribar en casa de Anya, la propietaria y amiga de la tienda de productos rusos que ocupaba la planta baja de mi vivienda. Aún recuerdo cuando me le presentó y nuestras miradas se cruzaron. Fue algo espontaneo, explosivo, chispeante. Boris, su nombre, fue música para mis oídos y aliento para mi apagada existencia. Aquella noche, entre una cálida hoguera, unas cuantas copas de vodka de más e historias de la lejana Estepa, me marcó para siempre. Nos contó que su nombre significaba lobo y que, solitario y sin manada, buscaba a su hembra alfa. En la despedida, con Anya fuera de juego durmiendo en el sillón y yo en una nebulosa etílica, me dijo que yo era la elegida, su Lyubov, su amor; y aquellas palabras se grabaron a fuego en mi confusa mente.

Desde aquella velada nuestras existencias se entrecruzaron y al poco tiempo comenzamos a compartir espacio, salvo esos días en los que él desaparecía. Con él las noches se llenaban de éxtasis y pasión. Todo en él era devoción, fuego y dulzura. Yo sentía que había encontrado a mi alma gemela.

Pronto desaparecería de nuevo y a mí me entraba el miedo de no volverle a ver, de qué ya no regresara. Ante mis inquietudes decidí seguirle en su próxima huida. ¡Ojalá no lo hubiera hecho! La noche era clara, la luna llena iluminaba las calles dando casi apariencia de un día nublado. Boris se ocultó bajo su chaquetón de loneta y cogió su saco; me recordó a los marineros del ballenero Pequod, el de Moby Dick. Se subió las solapas y se encajó una gorra hasta las cejas; apenas se podía ver su rostro. Me dio un dulce y profundo beso en los labios, acarició mi rostro con su dedo pulgar y sin mirar hacia atrás abandonó nuestra casa. Miré por la ventana para ver el camino que cogía, corrí hacia la entrada, me puse mi abrigo y bajé corriendo las escaleras. Estaba decidida a seguirle. Tras mucho rato atravesando calles llegamos al puerto. Desapareció tras una puerta trasera de un destartalado almacén que parecía abandonado. Esperé un rato y me dispuse a entrar. Ya dentro todo estaba oscuro pero se oía un vocerío tremendo que no se escuchaba en el exterior. Continué guiada por las voces hasta que llegué a un corredor a unos cinco metros del suelo.

Mis ojos se salieron de las orbitas. ¡Aquel no podía ser Boris! El torso desnudo, los ojos inyectados en sangre, su melena encrespada y un rictus en su cara de odio mortal. Aullaba de forma animal dejando entrever su incisiva boca, increpando a un joven que ensangrentado apenas se sostenía en pie en aquel suelo de arena. Aquel no era el hombre dulce y triste con el que compartía mi vida. Había un grupo reducido de hombres observando la pelea, impasibles, de aspecto suntuoso. Otro grupo de hombres más extenso gritaban ¡Lobo! Reiteradamente, hasta que comenzaron aún más fuerte a decirle ¡Mátale, mátele!

Estaba horrorizada y vi como se disponía con el brazo alzado a darle el último golpe, el definitivo. No pude evitarlo y grite lo más fuerte que pude qué no lo hiciera. Sus instintos debían de estar en alerta máxima pues me oyó a pesar del tremendo ruido. Miró hacía donde yo estaba y con el rostro desencajado le asesto tal golpe que un crujido inundó el garito y la sangre llegó hasta los espectadores. El joven cayó desplomado. Un hombre de avanzada edad se acercó a aquel amasijo de carne, colocó sus dedos en la carótida y levantó el brazo con el pulgar hacia abajo. El grupo de hombres vitorearon al vencedor mientras él seguía aullando salvaje.


Boris me miraba feroz, como un lobo, sin el menor arrepentimiento. Salí de allí corriendo y con un llanto ahogado que me dificultaba la respiración. Abatida, pasé los siguientes dos días esperando en un estado lamentable de melancolía. Aunque había visto como asesinaba impunemente a aquel joven, le aguardaba. Necesitaba oír con su voz rasgada que aquello había sido sólo una pesadilla o una pantomima.

Nunca he vuelto a oír sus palabras, a deslizar mis dedos por su pelo. Tan solo una vez con Anya hablamos de él; me dijo que era un lobo gris de las estepas rusas, acostumbrado a las peleas y a mantener su liderazgo a base de golpes; había tenido una infancia brutal enseñándole desde niño a matar con sus puños; su existencia no le pertenecía. Ella me aseveró que estuviera dónde estuviera siempre me amaría, yo era su Lyubov y me protegería entre las sombras. Recordar sus palabras me producen escalofríos.

A veces noto un cosquilleo extraño en mi nuca, una presencia inexplicable en la oscuridad. Intento ignorarlos pero me atormenta su presencia y sus recuerdos. Si me preguntaran sí creo en los licántropos solo puedo responder que durante un tiempo conviví con uno y él jamás me hizo daño. Sigo teniendo sentimientos encontrados de amor y animadversión.