martes, 4 de mayo de 2010

CARTA A MARÍA




Hola María:

Me he alegró verte esta mañana aunque mi arrojo fue deplorable. Pensé quinientas cosas para decirte y cuando llegó el momento la mente se me quedó en blanco y a penas fui capaz de gesticular palabra; por eso he decidido escribir, soy mejor con la escritura que con la voz, uno se hace mayor para los romances, pero me he dado cuenta de la necesidad de ti, confirmado lo que aun me negaba a admitir.

No sé como tú y yo nos encontramos, como en aquel océano de lágrimas y pena resplandecías. Lo único que puedo afirmar es que me despertaste de mi largo letargo donde estaba enterrado y sin ganas de buscar la salida. Anhelo tenerte conmigo

La noche que te conocí no la olvidaré, en aquella lúgubre sala del tanatorio, donde tuve que ir para decir un último Adiós a aquel primo que ya apenas conocía pues muchos años hace que me fui del pueblo. A las cinco de la madrugada ya éramos pocos los que estábamos allí y pocos los despiertos. Me dijiste que necesitabas tomar un poco el aire, que estabas mareada y yo por puro compromiso, ante la indisposición del resto de la sala te acompañé.

No sé si fue el mágico resplandor de la luna o el de tus ojos lo que desató aquella situación, aun me lo sigo preguntando. Comenzaste hablando de él, la perdida de tu esposo había sido dura, hasta ahí normal, palabras de una viuda, supuse. Pero cuando dijiste que es difícil asumir la muerte física, auque la sentimental había sucumbido hace tiempo y que tú también te estabas muriendo a su lado; todo cambio, el cansancio hizo mella en ti y abrió tu corazón a un desconocido. Me contaste que él había anulado tu personalidad, tu alegría, tus fuerzas, tus amigos. Todo giraba a su alrededor y no permitía que nada ni nadie se acercara a ti. Me contaste con una leve sonrisa que es difícil asumir que en el fondo se siente un alivio inmenso con la desaparición de alguien al que has querido, y qué culpa tan repugnante te inundaba. Te preguntaste si estabas dejando de ser persona o tal vez ahora lo estabas volviendo a ser y tu vida hasta ese momento caminaba sin sentido y sin rumbo.

Pero lo que ya me enamoro de ti fueron esas lágrimas rodando por tus mejillas solitarias, sin un leve gemido que las acompañara. Tus labios susurrando una definitiva despedida para él, el gran amor de tu vida y el hombre que más daño y humillación te causó, al que más habías amado.

Me confesaste como la noche anterior ante su último aliento, entre tus manos gélidas y nerviosas, sostenías aquella caja circular con música que él, hacía muchos, muchos años te regaló. Aquel bello embalaje resonaba con las notas de “Para Elisa” una y otra vez, lo que entonces te pareció la melodía más maravillosa del mundo, hoy era algo vació, infame que sólo te traía malos recuerdos. Me describiste la caja con aquellos gatos danzando y dando vueltas. Me miraste y preguntaste sobre quién bailaban, sobre la tumba de él o sobre la tuya. Yo atónito, no supe contestar, solo que sentía vergüenza por desear besarte y tristeza de no haberte conocido muchos años atrás. Necesitabas arrojarla con ira y romperla, maldita pero eras incapaz. Y taladrando mis ojos dijiste que era parte de tu vida y tus recuerdos, aunque se rompiera seguirían existiendo.
Han pasado dos años desde aquella noche y esta mañana, tras mi regreso al pueblo, sólo quiero decirte que “el corazón tiene razones que la razón ignora”. Creo que eres una persona única, te necesito y espero que tú también me necesites a mí. Te muestras distante aunque siento tu alma, la ternura que pregona tu débil imagen a veces se cubre con un frío manto pero sé que hay mucho calor en ese cuerpo.

Cuando nos volvamos a ver quiero que me traigas esos gatos danzando, prometo romperlos en mil pedazos, sé que no borraré tus recuerdos ni tu llanto pero mis brazos se encargaran de protegerte de ellos, de crear una fuerte barrera para que no te hagan más daño. Necesito saber cosas sobre ti, estar a tu lado, de conocer centímetro a centímetro tu cuerpo, mi curiosidad e impaciencia es inmensa e irrefrenable. Pues me has despertado. Quiero compartir una dulce velada contigo, darte lo que él jamás te dio. Tú me dijiste que fuiste pan y cebolla a su lado y que fuiste feliz, hasta el último año en que él intento arrastrarte a su decadencia y gracias a Dios que no lo consiguió. Juntos contemplaremos como amanece, si tú quieres y me dejas, como amanecemos, todo se inundara de serenidad. Al igual que cuando ambos nos miramos a los ojos y contemplamos como la tierra cubría aquel ataúd, yo supe que así lo sentías y hasta llegué a notar tu encubierta y censurada alegría.
Tú has vuelto a dar sentido a mi vida, el ver que después de la basura que abunda por todos los rincones, hay personas que aman hasta incluso dejarse matar. Quiero verte, no puedo más. Tu creíste que no había ser más infeliz y triste que tú, y mira por donde me estabas lanzando una cuerda para salvarme del profundo pozo donde me encontraba.

Gracias María.