miércoles, 3 de julio de 2013

NARVAL, LA MUJER INUIT.


“No sabrás quien es tu amigo antes de que se rompa el hielo” Proverbio Esquimal.

Sofía decía que hay que salir siempre arreglada de casa y con la mejor de las sonrisas, ¡Nunca se sabe lo qué te puedes encontrar, hasta en la panadería! Desde que ella me dejó por el caballero de la tahona, es decir, el panadero, nada había sido lo mismo. Su consejo me sonó a vano, hoy tenía sentido. Decidí llevar la contraria a todas sus recomendaciones. En vez de afrontar mi desafecto me dedicaba a comer, beber y estar hecho una piltrafa. Las ojeras me iban a juego con las ropas desalineadas.

Por las tardes decidí unirme a un grupo de voluntarios para recolectar alimentos. Allí fue donde conocí a Narval. Al principio pensé que era un chico. Llevaba siempre un gorro de lana con una pequeña visera embutido hasta las cejas, la cabeza siempre gacha, una sudadera enorme con capucha y vaqueros. Su aspecto era de tristeza, siempre cabizbaja. En una de las jornadas nos cogieron para colocar latas. El encargado nos presentó.

- Narval este es Marcos. Hoy trabajaréis juntos, así le podrás instruir en cómo va el tema. —dirigiéndose a mí— Narval es una de nuestras mejores voluntarias. Espero que llegues a formar parte de nuestra gran familia como ella. ¿Cuántos años llevas con nosotros Narval?

- Hola Marcos. —estrechándome la mano— ya son siete años jefe.

- Es una magnífica trabajadora. —ante mi cara de pasmo— ¡Qué no te engañe su aspecto taciturno! Es sólo su disfraz místico.

Al alargar su mano vi en la muñeca un pequeño tatuaje de un narval. Imaginé que de ahí su seudónimo. Por un breve instante, nuestras miradas se cruzaron, sus ojos rasgados y de pestañas espesas, eran una mezcla de trigo verde y oro. Me sorprendí al descubrir que era una mujer, tal vez, un poco más joven que yo pero no demasiado.

En la nave donde se almacenaban los alimentos hacía bastante frío pero tras un par de horas colocando cajas pesadas ella se quito el gorro, dejando al aire una larga cabellera azabache y cobre. Aquella imagen con su pelo liso me pareció épica. Tras las ropas mediocres se ocultaba una resplandeciente mujer, una diosa.

A las ocho el encargado nos indicó el final de la jornada. Era otoño y ya había oscurecido. Hacía una noche excepcional. La luna era inmensa. A la par tomamos la misma dirección. Andamos juntos el camino y para romper el hielo le hable de mi sorpresa ante su nombre.

Ella con una leve sonrisa me contó que su abuelo era cazador y le contaba leyendas sobre los narvales o unicornios del mar, de su poder mágico para curar envenenamientos y melancolías. Pero no anduvimos demasiado cuando ella se despidió tomando otra dirección.

Llegué a casa exhausto pero con la sensación de un trabajo que llenaba mi decepcionante ánimo. Me fui derecho a la nevera. Cené un trozo de pizza y un par de birras. Ya en el sofá tirado puse la televisión y, como era habitual, no había nada de gran interés.

Cogí mi magnífico móvil y busque en google “Narval”. La mitología inuit habla de una mujer que salió a cazar y fue arrastrada a las profundidades del mar convirtiéndose en narval. Su larga cabellera negra se enroscó en el cuerno dándole esa torsión en espiral propia de dicho animal. Aparecía una imagen de un grupo de esquimales, entre ellos una joven con el rostro rodeado con una capucha de piel blanca. ¡Eran sus rasgos! Me di cuenta que sus fisonomía étnica delataba que era esquimal o descendía de ellos. Me quedé dormido en el sofá lucubrando sobre los inuit y sus leyendas.

Al día siguiente ansiaba el instante de trabajar. A la hora precisa ya estaba en la nave. Volvieron a ponernos juntos a colocar cajas de botes de conservas. A penas cruzamos palabra, sólo los saludos de rigor. Pero ella fijó su racial mirada y me regaló una leve sonrisa con sus labios gruesos y rubicundos. Me sentí henchido de emoción.

Moviendo una de aquellas cajas un sonido extraño comenzó a zumbar. En una de las esquinas donde se apilaban las cajas había un panal. Alrededor se llenó de abejas y en un breve instante note varios picotazos en la cara y las manos. ¡Soy alérgico! No tardé en notar como el pulso se aceleraba y la respiración se me estaba volviendo fatigosa. Entré en pánico. Narval se acercó a mí y me dijo que me tranquilizara. Le describí nervioso que era otoño y no llevaba el autoinyectador de adrenalina y que si me empeoraba podía incluso perder el conocimiento.

Ella tomó mi mano y tirando me alejó del panal. Me sentó sobre un palé. Llevó su dedo índice a sus labios y me mandó callar. Yo notaba como cada vez me faltaba más el aire. Me estaba desencajando. Entonces, con mis ojos desorbitados, vi como Narval llevó su mano derecha y posó sus dedos índice y corazón sobre el tatuaje de su muñeca izquierda. A continuación posó sobre mi frente la palma de la mano izquierda. Noté como un hormigueo invadía mi cuerpo desde la cabeza. El pulso comenzó a ralentizarse. Mis pulmones se expandieron llenándose de aire fresco. Estaba perplejo, ¿Cómo lo había hecho?

Supongo que intuyó mi confusión. Volvimos a cruzar nuestras miradas y una nueva sonrisa apareció en su rostro.

- No me llaman Narval sólo por las leyendas de mi abuelo. Desciendo por parte de mi madre de los inuit. Mi abuelo fue un gran angakok en Alaska. Desde pequeña él supo que había heredado sus poderes.

- ¿Qué es un angakok? —aún estaba confuso.

- Es, para que me entiendas, un chaman. Las mujeres inuit con dichos atributos nos llaman muktuk. Tengo la capacidad de curar ciertos sufrimientos humanos como la intoxicación. En la tradición esquimal se dice que el narval curaba los envenenamientos, de ahí el nombre que me otorgó el abuelo.

- Un placer haberte conocido muktuk y una magia que estuvieras a mi lado. — Tomé su mano, la acerqué a mis labios y besé su tatuaje.

Aquellos ojos rasgados, de pestañas espesas y campos de trigo verde y oro destilaron un brillo fulgente. Su tímida sonrisa estalló en una carcajada mientras su larga cabellera se balanceaba. Humedeció sus labios y sus palabras fueron un sereno ensayo.

- Querido Marcos creo que esto puede ser el inicio de una auténtica amistad. Aún no se sabe que océanos surcaremos. Tal vez cuando llegue el invierno con Qanik (nieve) percibiremos que melodía tararean nuestros corazones.