martes, 3 de junio de 2014

LA EMBOSCADA


«Audentes fortuna iuvat»: “A los osados sonríe la fortuna” La Eneida de Virgilio.

La mañana siguiente, tras el primer encuentro con María, la Hechicera, Miguel de Dávalos iba y venía de la habitación de su padre a la suya. Estaba inquieto y fascinado; la enigmática y misteriosa presencia de esa mujer le cautivó. Aguardaba con avidez la hora de volverla a ver.

Miguel, en una de sus incursiones a la habitación de su padre, le encontró consciente. El viejo Dávalos pidió a su hijo que le incorporara un poco en la cama y con voz tenue intentó hablar de aquel entramado en el que le había involucrado. Contó que conoció a Inés, la Hechicera, abuela de María, en plena juventud. Desde generaciones atrás siempre las mujeres de su familia se dedicaban a las pócimas y encantamientos. Aquello sólo era la máscara que encubría a la que custodiaba el secreto. Monjes, guerreros y brujas siempre formaron una curiosa y estrecha relación formal.

Los ojos del padre de Miguel se encendieron, aún agonizante le perturbaba hablar de su historia con Inés. Aquel hombre recto, austero y disciplinado que un día obligó a su hijo a ingresar en los Tercios para enderezar el carácter, también había sido joven. Descubrió en una escueta conversación al individuo aventurero y audaz que fue su progenitor.
Tras cumplir con la encomienda que se les ordenó, Inés y el viejo jamás volvieron a verse. Su relación no pasó de aquella misión pero bastó para que perdurara toda la vida. Nunca le confesó la profundidad de sus sentimientos a ella pero no había transcurrido ni un solo día sin recordarla en algún instante. El viejo Dávalos le dijo a su hijo que pronto ambos sabrían de aquello que se les encomendaba. Siguió recalcando:

- Hoy verás a María, la nieta de Inés. Aún no lleves nada y nunca bajes la guardia, desconfía.

Fueron sus últimas palabras y volvió a sumirse en un profundo sueño acompañado de aquella respiración agitada.
A las siete de la tarde el joven Dávalos salió por la puerta del cobertizo. La noche había caído y en apariencia todo estaba tranquilo. Iba absorto pensando en ella. Una sombra le asaltó en la oscuridad. Presto, intentó desenvainar pero la sombra arremetió con fiereza, tenía un puñal. Otra sombra por la espalda intentó sujetarle los brazos. Después del forcejeo Miguel hundió su codo en el adversario de la espalda mientras esquivaba las embestidas del primero. Una vez que pudo defenderse con la espada, asestó un ataque certero al del puñal que pronto cayó al suelo. El del codazo salió corriendo.

Algo cálido humedeció el jubón. A Miguel le habían alcanzado en el costado derecho. No parecía nada grave, presionó la zona y aceleró el paso. En unos minutos llegó a la puerta de María, dio dos toques y enseguida abrió. Evitando saludos, él fue directo:

- ¿Tienes un mensaje para mí? —Un ligero mareo entorpecía su cabeza, estaba perdiendo demasiada sangre, intentó mantener la compostura y tomó aire—. Yo soy el guardián… el que esconde grandes secretos y arduos problemas.

Ella respondió al instante:

- Soy la que la llave y el punzón vigila, con fuego, agua, aire y tierra; el secreto será desvelado pero los arduos problemas nos encadenarán.

Las últimas palabras casi no llegaron a los oídos del Capitán. Todo se oscureció...

Miguel se tambaleó hasta caer al suelo. Al acercarse a él, María vio que una gran mancha roja se extendía por su camisa. Con urgencia rompió el jubón y vio un tajo del que brotaba mucha sangre. Ella corrió hacia una de las esquinas de la habitación y alargando el brazo recogió una gran tela de araña; con ambas manos la manipuló hasta hacer una especie de torunda que presionó sobre la incisión. Cuando la hemorragia paró cogió tomillo, un paño limpio, una madejilla de hilo de lino y una aguja. Se acercó al fuego, puso un poco de agua a cocer en un puchero y esparció el tomillo. Sumergió el paño una vez hecha la infusión y limpió la herida. Desinfecta la zona, enhebró la aguja que había pasado por el fuego y se dispuso a coser el tajo. Ante el primer pinchazo Miguel despertó turbado de dolor.

- He de coserte la herida. Puedo darte para mitigar el dolor pero te dejará aturdido o puedo procurarte algo para morder y aguantar las punzadas. Te ayudaré para llevarte a mi jergón, haré allí mejor mi trabajo.

De forma hosca y tajante él respondió:

- No hace falta que me des nada, en otras peores me he visto — incorporándose antes de que María le pudiera ayudar, arrogante.

Traspasaron un hueco oculto por una cortina. Había una pequeña habitación con dos camastros. Aguja en mano, tras varias puntadas y respectivos nudos, la herida estaba cerrada. Miguel respiró aliviado y a su vez dolorido. Ella salió de la habitación y se puso a recoger.

Él la oía trastear al lado. Al cabo de un rato un aroma suave a especias y verduras fue inundando el aire. Miguel intentó incorporarse pero un gesto de dolor le detuvo. En ese momento ella entró de nuevo:

- No debe moverse. Le traigo un poco de caldo de verdura, le sentará bien y esta infusión ¿Qué le ha ocurrido?

- Me asaltaron, imagino que en busca de dinero. Nunca me habían abordado de estas maneras. Bajé la guardia.

- Mi instinto me dice que no querían dinero. Nos han involucrado en algo que tiene más importancia de lo que pensamos.

- María no entiendo muy bien todo este entramado y tampoco me gusta mucho malgastar mi tiempo ¿Y ahora qué?

- Las presentaciones están hechas. A usted le han debido de dar algo como a mí. La abuela dijo que una vez que nos conociéramos tendríamos que mostrar nuestros legados.

- No he traído nada. Regresaré a casa y volveremos a encontrarnos.

- Esta noche tiene que quedarse aquí. Mañana ya veremos qué hacer. Beba la infusión, es de flores de aquilea con un poco de miel para endulzar.

La noche trascurrió sin sobresaltos. María se acercaba a Miguel cada dos horas y le daba a beber de la taza. No permanecía allí, se salía de inmediato.

La cortina dejaba pasar la claridad de las velas y del fuego del hogar, ella volvió, Miguel se hizo el dormido. María se inclinó sobre él para tocarle la frente por si había algún síntoma de fiebre, todo estaba normal. Él sintió un dulce aroma a espliego, aspiró hondo. ¿Cómo era posible que sintiera aquel fuerte deseo? Siguió aparentando estar dormido y ella volvió a salir.

Y así, entre sueño y vigilia transcurrió la noche, dolorido pero sereno. En aquella habitación desconocida, con la ayuda y apoyo de alguien anónimo hasta ahora en su existencia. Las campanas de la Catedral sonaron anunciando los santos oficios. Por fin, él se quedó dormido.