viernes, 6 de marzo de 2020

El Puente de los Silencios



“Dios ayuda a quienes se ayudan a sí mismos” las cartas de Abigail Adams

He incumplido mis propósitos de año nuevo, dije que iba a escribir cada día y febrero ha sido un paréntesis hasta superar una situación. Retomo mi propósito con esta reflexión.

Hoy el día es mejor que el de ayer, aunque el de ayer no fue malo, sólo a nivel emocional intenso. He llegado a una edad que no tengo porque justificarme ni aparentar nada que no soy. Se me puede acusar de muchas cosas en esta vida, soy humana, pero de aprovecharme de mi diversidad funcional e ir dando pena ¡Nunca!

Ayer toda la familia afrontamos una situación complicada, tuvimos que ir a juicio, mi exmarido, tras marcharse hace quince años de casa con otra persona, nos ha demandado a mí y a mis hijos. Yo no busqué esta circunstancia, todo y absolutamente todo se me ha impuesto. Durante estos años mi lucha diaria ha sido por sacar adelante a mi familia y que no anidaran rencores ni venganzas.

Por desgracia el deterioro, al ir cumpliendo años, físico y emocional está verificado, incluso con informes médicos. Han sido años de muchos problemas de salud y a veces llego a pensar que he somatizado dichos problemas en mi organismo. A pesar de todas las dificultades he sido como el ave Fénix, renaciendo de mis cenizas. Por cada tropiezo he salido fortalecida y nuestra ética y honradez acrecentada.

Sólo puedo decir ¡Gracias! Con mayúsculas por todos los que ayer manifestaron su apoyo y cariño. A mis padres y hermano que jamás han dejado de tendernos la mano sin condiciones. A mi abogada a la que regañaron por dirigirse a mí de forma coloquial y cariñoso como Lolita, exigiéndola que me llamara por mi nombre, Dolores; su defensa fue impecable y con todas las tareas hechas de forma extraordinaria. A mi procuradora por presentar el procedimiento judicial de forma esmerada y por todo su cariño y delicadeza. Y a todos los amigos que se preocuparon dando prioridad a cómo nos encontrábamos, con sus llamadas telefónicas.

Ahora sólo nos queda esperar la sentencia judicial, sea la que sea, me siento muy tranquila y orgullosa. Y decir a la parte contraría también gracias por su torpeza y mal hacer. Por apoyar su defensa en que voy dando pena por mi discapacidad y problemas de salud. Creo que hoy en día el defender una situación atacando una diversidad funcional es intentar humillar la diferencia entre humanos. Uno fundamenta sus discrepancias diarias por motivos que se puedan justificar, no por capricho y desagravio.

El pasillo hasta el juzgado número cinco fue como un largo puente lleno de silencios e incomodidades. Cuando le volvimos a cruzar a la salida, los silencios se llenaron con las lágrimas de mi hija por su impotencia; sintió como si su padre se hubiera olvidado de serlo, se le rompió la confianza, difícil de recomponer. Aunque sé que el corazón noble de mis hijos, con el tiempo, perdonara aunque no olvide.

Y también agradecer al hoy mi exmarido por los dos maravillosos tesoros que tengo, mis hijos, por los que volvería a cometer los mismos errores al confiar en personas que no se lo merecen. Deseo que te vaya muy bien y que jamás tengas que cruzar el Puente del Silencio calzando nuestros zapatos ¡Buena suerte porque el tiempo y Dios pone a cada cual donde se merece!

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