viernes, 14 de enero de 2011

Y LA RUEDA RESBALÓ SUAVEMENTE SOBRE LA HIERBA




Él le dijo:
“Y la rueda resbaló suavemente sobre la hierba
Y llegaste a mis brazos”
Y al pisar y tumbar aquellas briznas,
un fresco aroma se desprendía.
Ella inhaló con fuerza
para que penetrara en sus entrañas.

Siempre termina por allí, tras la tormenta
en aquel lugar rinde cuentas de sus derrotas y victorias,
el último rincón donde se despidieron.
Inhalar aquellos vencidos pastos
la trasladaba a otros instantes
o sencillamente calmaba el desasosiego,
liberando la tristeza y el hastío.

Hoy era diferente,
veía el verde prado, al que pertenecía la hierba,
oyó el sonido del viento acariciando su rostro,
vislumbró el cálido reflejo del sol.
Hoy, decidió sonreír
A pesar de sus esfuerzos para continuar rodando,
abandonar el mundo con carcajadas.

Ya en el borde del abismo,
sintió como el aire obstruía sus pulmones.
Saltó, dio el paso definitivo al precipicio,
tenía que continuar sin desviar sus huellas,
sin mirar atrás.
Y volando cayó en sus brazos,
volvieron a verse en el mismo rincón
donde su último beso, su póstumo halo.