martes, 12 de marzo de 2013

STRASSEN



“No recuerdo todo lo que siento pero sí siento todo lo que recuerdo”

Algunos de los mejores recuerdos tienen melodía. La música y el baile están íntimamente ligados. ¿Bailar es solo mover los pies y el cuerpo al ritmo? No, se puede bailar con la imaginación, con los colores y con los recuerdos. Si me preguntaras qué significa para mí bailar, te diría que bailar es Strassen. Tras muchos años hoy vuelvo a pisar su pista vieja y deteriorada.
Nunca olvidaré su imagen con esos zapatos rojos de aguja y su vestido de flores ceñido a la cintura de falda de grandes vuelos, hombros y espalda al aire, sólo a ambos lados de su cuello unas tiras anudadas en su nuca. Aquella nuca desnuda, delimitada por su cortísimo y negro cabello, aquellos encarnados labios y aquellos ojos felinos me enamoraron.
Por entonces estaba de moda la Lambada del grupo Kaoma. Ritmo de cuerpos ardientes entrelazados, adheridos y sudorosos. Dos bailarines dominados por la fiebre afro-antillana. Lambada significa movimiento producido por un latigazo. Eso es lo que provocaba ella, una herida profunda de látigo que me dejó una cicatriz perpetua.
Hoy estoy en Strassen. Me han encargado estudiar el local para su completa remodelación, tirar tabiques, asentar cimientos, renovar instalaciones e infraestructura para redes de comunicación, etc. La empresa que me ha contratado es de informática. ¡Qué paradoja! Aquel lugar había albergado multitud de pasiones, encuentros, escaramuzas, risas y diversión. Ahora era sólo un mínimo vestigio y muy pronto todo sería añoranza como ella.
Ana era mi profesora de dibujo en el instituto. Un día Manuel y yo decidimos colarnos como fuera en aquel local de moda llamado Strasen. El entorno emulaba una calle cualquiera con sus tiendas y locales, en uno de los lados aquella vía terminaba en una gran plaza donde estaba situada la pista de baile. Lo habíamos intentado multitud de veces sin conseguir pasar. Y entonces, llegó ella e inexplicablemente pasamos después de que cruzara unas palabras con el gorila de turno de la entrada. Nos miró con una sonrisa pícara y nos hizo un ademán para que la siguiéramos: “a nadie le amarga la música y el baile, no es ningún delito, no creo que os hagan caso muchas chicas” dijo soltando una carcajada”.
Pasé la velada persiguiéndola con la mirada, soñando que bailaba con ella, idolatrando sus sensuales movimientos. Sé que lo de Ana suena más a compasión y burla. Aquella falda de colores girando sin parar, mostrando con descaro sus eternas piernas, su ropa interior negra fue el clímax espontáneo de un adolescente. Reía y bailaba con unos y con otros, como si se la disputaran. Los movimientos de sus caderas aún me producen escalofríos. Me enamoré de aquella estampa, de una calla antigua con balcones y su plaza y ella bailando. Después sólo la volví a ver en las clases. Manuel se burlaba de mí. Ella, sintiéndose idolatrada, se dejaba admirar con cada palabra e incluso algún que otro roce de sus manos en mi lápiz.
La decepción llegó con el nuevo curso tras el verano. Nuevos profesores y entre ellos el de dibujo, un hombre cuarentón, con mal aliento. Desde el primer momento me embadurnó los dibujos aduciendo siempre mi falta de interés y mis pocas dotes para la asignatura.
Han pasado los años y mi amistad con Manuel continúa. Una vez me dijo, con tono de guasa, que le había parecido ver a Ana de lejos, en la calle del Ángel, una callejuela del casco viejo, llena de balcones que iba a morir en una plaza. Le recriminé que a pesar del tiempo siguiera tomándome el pelo con mis bucólicos recuerdos.
Durante seis meses cambié por completo el entorno de aquel local. Lo adapté para sus necesidades. Pero en la sala de recepción, en homenaje a mis recuerdos, coloqué dos grandes sillones rojos, una mesa negra y en la pared un cuadro de una sala de baile con los colores de su vestido.