miércoles, 5 de junio de 2013

EL INEFABLE AROMA DEL CALOR



“¿Por qué es tan difícil querer, siendo tan sumamente fácil desear? Porque en el deseo habla la impotencia, y en el querer la fuerza.” Gustav A. Lindner

Peculiar día el que amaneció. El sol caldea desde primera hora de la mañana, gracias a una brisa húmeda y fresca se atempera un poco el ambiente. Marta tuvo que dejarme su vehículo pues el mío no arrancó. Ella lleva años quejándose de su buen amigo en las tareas de traslado con los niños y la compra. Su coche es maravilloso en invierno pero en el estío es otra historia; el habitáculo pequeño y los cristales inmensos hacen del automóvil un verdadero infierno. Yo siempre la he recriminado lo mismo: antes íbamos seis en un seiscientos y nunca había quejas. Catorce paradas, ocho litros de agua, todo el día para ir de Madrid a la playa y nadie se ha muerto por un poco de calor.

Tras frenética y complicada mañana salgo de la oficina. No recordaba que mi coche me ha dejado tirado y que el pequeño utilitario de Marta está en la esquina, esperando a toda la solanera. ¡Ni que decir lo qué me da cuando subo! Aquello es el infierno. Abro todas las ventanillas y arranco. Sólo tardo en llegar a casa quince minutos, en breve estaré con el bañador puesto y comiendo en el porche tras refrescarme en la piscina. Un pollo asado en remojo. Sonrío, las chorradas que el calor te puede hacer rumiar.

Pero el destino me esperaba en el puente escarneciéndose de mí. Cuando llego a él, el atasco es colosal, los tres carriles ocupados y allí no se mueve ni el aire. Ya no hay marcha atrás. Sólo queda esperar y avanzar con la lentitud de una babosa hasta que pueda salir de aquella trampa.

Pronto el sudor comienza a resbalar por mi frente. Mi espalda no sé si mojada o pegada no deja de transpirar ¡Pobre Marta y pobre de mis chicos! Cuanto podamos compraremos otro coche con climatizador. Éste, acondicionado a la temperatura ambiente y recalentado por el asfalto, está empezando a derretirse.

Miro hacia el suelo de vehículo en cuestión. Bajo el asiento del copiloto algo asoma de color blanco. Me agacho y tiro de ello. A Marta se le debe haber caído uno de sus pañuelos bordados de flores y no se ha dado cuenta. Me dispongo a guardarlo en el bolsillo de la camisa para luego dárselo y un aroma penetrante me llega a la nariz. Su perfume que todo lo impregna. Me encanta este olor, ella siempre ha usado el mismo perfume desde que la conocí, me seduce. Cuando en estas noches de calor se acuesta a mi lado me excita de tal forma que ya no hacen falta palabras, y si además, ella con astucia comienza a rozarme con sus manos, mi piel se transforma en piel de pollo en décimas de segundos. En aquel mismo instante soy su esclavo y sé lo que pretende.

Un pitido me saca de mis pensamientos, ¡Ya ves! Para desplazarme cinco metros no hace falta ponerse como un desalmado. Me muevo y el sol me sigue recalentando. Otra vez aflora el perfume desde el bolsillo de mi camisa. Lo tiene ella tan embebido en su piel que incluso después de bañarse en la piscina sigue oliendo mezclado con el agua y el cloro. ¡A mí me lo van a decir! El otro día tras comer y bañarnos, aprovechando que los niños se habían ido con mi suegra, ella y su olor me llevaron al éxtasis, a la locura, a perderme en su cuerpo.

Otra vez el claxon del pesado de atrás ¡Mira que se puede llegar a incordiar! Estoy yo aquí sólo con mis pensamientos, intentando sobrellevar este ardor que me asfixia, deseando salir del puente ¡Y venga y dale! Otros no paran de fastidiar.

Adelanto otros pocos metros y otra vez parado. ¡Mira qué si Marta me espera y los niños se los ha vuelto a llevar mi suegra! Creo que no voy a comer, directamente a la piscina, la apreso y vuelvo a rematar la faena como el otro día.

Me miro la entrepierna. La situación empieza a ponerse cada vez más ardiente. No sé si es el sol, el asfalto o su perfume pero el termómetro se está disparando.

Cuando llegue espero que tenga ese bikini rojo tan sensual. Me insinúa lo que oculta, con aquellos bultillos sobresaliendo en sus redondos pechos. Creo que me estoy mareando, como no salga pronto del atasco no sé la broma que mi cuerpo me va a gastar ¡Aquí mismo y sólo con mis pensamientos!

Por fin me quedan dos coches para salir de esta puñetera encrucijada ¡Allá voy cómo un loco! Subo la cuesta que me lleva al paraíso. El motor va a estallar. Cojo el volante con una mano y con la otra el móvil:

- Marta ¡Qué voy para allá! Había atasco en el puente.

- Cariño ¿Dónde andas? Estamos aquí esperándote para comer. Ha venido Mama a pasar la tarde.

De un solo tajo mis deseos son seccionados. Como dice el refrán “Las suegras se inventaron porque el diablo no podía estar en todas partes".