miércoles, 12 de junio de 2013

SILENCIO, INTROSPECCIÓN, ECLIPSE.



“Algo hay tan evidente como la muerte y es la vida.” Charles Chaplin

Tenía que entregar un nuevo trabajo. Las palabras estaban mudas, no querían gritar al mundo su melancolía. Se sentía obligada a seguir sus consejos: perseverancia y trabajo. La voz grave de su mecenas ya no estaba para alentarla. Todo había sido inesperado, rápido, vertiginoso. Las hilanderas del destino, esas moiras despiadadas, escindieron su hilo.
Cogió uno de sus libros, aquel donde se cobijaba en los malos instantes. La brisa mecía las copas de los arboles mientras Ada lee hora tras hora. El postergado amanecer enajena la habitación. Ha pasado la noche leyendo. El insomnio la permite refugiarse en las palabras y con ello, dar alas a su mente para no cargarla de desaliento. Uno de sus libros favoritos para estas épocas de incertidumbres es “Los pasajes de Noam”; Noam es el personaje principal de la novela y tras trepidantes viajes lleno de sorpresas y luchas, se retira.
“…Silencio, introspección, eclipse. Sucumbe la noche. Pasa el tiempo y aún en la pequeña madriguera se hace más fuerte. Hace un tiempo en una noche mágica él le dio su legado: vigila mientras surge ese destello que esperas. Cuando aparezca, estarás preparado. Así lo ha hecho, no ha desistido en su empeño ni en los peores momentos.
Aprendió a tener paciencia, a sopesar lo importante y lo liviano, a sentir el aire en el momento que penetra. Otro otoño cubre de hojas el sendero pero no son las mismas que en tiempos pasados. Oye sus quejidos al caer y pisarlas en el suelo. Antes le afectaba su lamento pero juzgó que todo tiene que sucumbir para progresar. También hay hojas que se lamentan aún sin haberlas aplastado sólo por escuchar su voz en el tumulto.
Estridente, sosegado, dulce. La melodía del viento acompasado por los violines de los druidas. Ellos miran las estrellas para iluminar su mirada, ven la perspectiva de muchas madrigueras. La fuerza es de los que acallan y luchan en el anonimato, sin meter ruido, sin quejas. Las sonrisas no valen plata pero algunos han olvidado cómo se ríe.
Las Ínfulas han de ser escindidas. La humildad es la victoria del guerrero. Esa humildad se aprende tras muchas caídas y vuelta a comenzar el viaje…”
Las palabras del libro la sosiegan, como si él susurrara consejos en sus oídos. Deja que su mente tome la iniciativa. Algo de soslayo le suena en las frases, como un Déjá Vu. Coge el ordenador y deja que sus dedos vuelen. Comienza a trabajar absorta, embebida. Un extraño impulso la ha invadido y no para hasta terminar. Concluye la tarea sin entender muy bien cómo. Todo debe continuar y además se lo debe a él. Deja sobre el escritorio el archivador.
Se siente cansada. Baja a la cocina y se prepara un humeante café. A través de la ventana contempla la línea entre el firmamento y el océano, la aquieta también los demonios. ¡Le echará de menos! Brinda con la taza al cielo.
- ¡Va por ti maestro! — susurra mientras una leve lágrima se desliza.

Desde ayer las horas han sido interminablemente fulgurantes. Abatida, no sabía muy bien qué hacer. Su amistad venía de unos meses atrás pero acentuada. En las horas que a través del teléfono compartieron anhelos y pretensiones, pocas veces se hablaron temas personales. Respiraban para el arte. Desnudaron su alma exponiendo una sensibilidad original, una creatividad mayúscula. Sólo hubiera deseado seguir compartiendo las expectativas de sus vuelos sobre la tierra. Nadie sabía de sus charlas y ahora poco importaba.


Se quedaría con su recuerdo. Él siempre decía que le gustaban las personas con alma. A esas personas se les perciben más próximas. Así estaría él en su esencia, adherido, cercano. Guardaría sus mensajes en el cajón de las estrellas perdidas. Nadie desaparece hasta que se pronuncia su nombre por última vez. Está segura de que su seudónimo resonará como el eco por mucho tiempo, de amigo en amigo, de corazón en corazón, de notas en sonidos, de su música.
Y así la vida continua respirando impotencia. Todos retomaran sus obligaciones no sin un vacio. Al día siguiente Ada llega al despacho y entrega el archivador. Intercambian miradas y frases de amargo consuelo. Las buenas y valiosas personas alzan pronto las alas. Los violines de los druidas suenan en respeto a las estrellas perdidas.