lunes, 18 de agosto de 2014

EN LA INSPIRACIÓN


“Cuando llegue la inspiración, que me encuentre trabajando.” Pablo Picasso

La libélula se quedó inmóvil sobre la superficie del agua. El estanque lleno de nenúfares hacía las delicias de muchos de los inquilinos del hostal. Solía pasar todo el verano en aquel lugar idílico, alejada de la civilización; estaba rodeado de exuberante vegetación, arroyos, cascadas y remansos fluviales.

El silencio que se respira entre los sonidos de la naturaleza me hace divagar. Cierro los ojos. Hago un recorrido por los muchos minutos disfrutados en este entorno, por las muchas personas que me acompañaron y me acompañan. En esta apacible soledad me encuentro a mí misma y mi inspiración se sumerge en mundos imprevisibles.

Tras un par de horas junto al estanque cae la tarde y los sonidos de la noche van ganando espacio a los durmientes fragores del sol. Pero a veces, como si pasara un ángel, por un breve instante, hay silencios. El reloj de Dios se ha parado para ganar tiempo a la liviandad de nuestra existencia.

Cierro el manuscrito y lo dejo descansando sobre la mesa de madera. He terminado, la historia está finalizada. Mi última palabra un acrónimo del que sólo yo sabré su significado, o tal vez alguien descubra su vibración. He escrito más páginas en estas jornadas que a lo largo de todo el año. Las sílfides junto a gnomos, elfos y hadas me han arropado, vertiendo en la noche su tamo mágico. Mis sueños, durante estos últimos días, son un hervidero de ideas que incomprensiblemente al despertar no he olvidado, como es habitual.

La noche ha caído con parsimonia. El cielo se ha cubierto de chispas luminiscentes que decoran a la adorada Selene. De pronto, una estela cruza el firmamento, como una espada rasgando una gran tela de seda marina. Hacía tiempo que no veía una estrella fugaz, como si fuera un mensaje, vuelvo a cerrar los ojos y pido un deseo.

Como cada noche junto a los nenúfares, Ethan me trae una gran copa de bolas de chocolate decoradas con el mismo elixir líquido y dos barquillos. Un sencillo homenaje que me hace sentir enamorada, lo compartimos. Estoy en el paraíso con el sonido del chapoteo del agua, las caricias de la sutil brisa, el sabor dulce en mi boca, los ojos perdidos en la vía láctea y el olor húmedo con perfume de flores; él es la culminación perfecta, el que cierra el círculo ¡Se puede pedir más!

Comenzamos nuestro ritual. Nos quitamos los zapatos y reposamos los pies sobre la fría hierba, el contacto con Gaia en el verano es imprescindible, ahuyenta a los genios malignos. Se percibe una energía extraña que sube, un hormigueo encantador. Una deidad invisible nos invita a la seducción. Nuestras manos furtivas se unen como dos adolescentes acariciándose por debajo del mantel. Le miro, me mira y sin mediar palabra sabe que he terminado mi libro. Ambos percibimos nuestros pensamientos y deseos: el tiempo que resta hasta el final del estío es tuyo y solamente tuyo.

Espero terminar mis días en este paraje encantado junto a Ethan. Cuando repliegue mis velas, sabiendo que arribo a mi último puerto, sería todo un sueño dejarse arrastras por las sílfides que me inspiran y habitan en el estanque. Escuchar a los gnomos sus misceláneas sabidurías, mientras los elfos me conceden unos minutos más para deleitar mi espíritu.

Antes de perdernos entre el bosque y la vegetación saco tres monedas, hago un agujero y las entierro junto al viejo álamo. Espero que los duendes me concedan el favor de retornar. Volver a escuchar los sonidos de este mundo mágico, ajeno al caos.


Pero por ahora, aún por estas maravillosas moradas, seguiré dejando retozar mis pasiones junto a mi cómplice. Henchida de alegría por un trabajo que en algunos instantes sopesé no concluir.

¡Feliz Lugnasad!