martes, 24 de enero de 2012

MARIE




Aún recuerdo muchas de las sesiones de terapia con ella. Interesantes, intensas, tanto, que incluso me hacían replantearme mis propias convicciones.
Aquella tarde de otoño, fue la última. Ella entró. Su aire de supremacía y optimismo impregnaban el ambiente ¿A qué venía a mi consulta?
Fui directo. Le pregunté ¿De qué hablaremos hoy?
Con una media sonrisa me dijo que agradecía mi abordaje, sin perder tiempo. Mi hora era muy cara para desaprovecharla. Comenzó su exposición cuando apenas se había tumbado en la cheslón.
“Usted sabe que padezco bruxismo. Hoy hablando con mi maestro Zen me señaló que durante el día estaba reprimiendo mi ira y aprovechaba la noche para liberar tensiones. Castraba mis sentimientos y debía permitir defenderme y expresar mis deseos.
¿Qué opina?”
Siempre me ponía contra las cuerdas, tenía que estar preparado para salir airoso en cualquiera de sus insólitas dudas.
Le dije que era posible que todas las tensiones emocionales del día a día las intentara librar por la noche, durmiendo, cuando nuestro subconsciente se desata de las cadenas.
No le había contestado. Sólo confirmé lo que le había dicho su maestro. Pero ella no esperó, volvió a retomar su monólogo.
“Conozco lo que siento y lo que quiero. Algo muy diferente es manifestar a cualquiera lo que soy o lo que deseo.
Sé quien forma parte de mi historia de manera significativa y quien no tuvo ninguna relevancia.
También te puedo decir que le quiero aunque nuestros caminos se separaran. He intentado odiarle pero ha sido imposible y creo que a él le ocurre lo mismo. Pero que le quiera no significa nada, no hay una vuelta cuando ya no soy la persona que era hace siete años; ni él tampoco. Ya no hay nada a que regresar.
La vida es más sencilla de lo que la hacemos. No necesito salir a tomar unas copas y terminar poniendo sobre la mesa los cadáveres que nos atormentan. Tampoco preciso reunirme con otros, en situación similar a la mía, para encontrar el polvo del momento. De todo se cansa una.
¿Es tan difícil encontrar un compañero, un cómplice, un amigo sin tener que compartir techo? ¿Alguien que te haga sentir mariposas en el estómago con el roce de sus manos sobre las mías?
A veces pienso que no es imposible pero si, poco probable. Mientras tanto, disfruto de los que quiero, de los que valen la pena. Me regocijo con un chocolate caliente frente al fuego esperando compartirle algún día, bajo el susurro de las palabras de uno de mis libros.
Ignoro por qué salen corriendo ante mi paso firme por la vida, ante mi entusiasmo a pesar de las zancadillas que he sufrido ¿Doy miedo? “
Le contesté que no creía que diera miedo por su fortaleza pero sí que algunas personas se podían sentir mermadas. Volvió a sonreír. Se miró el reloj. Se levanto, colocándose su blusa ceñida que dejaba entrever su canalillo. Se disponía a salir. Le pregunté antes de que se marchara ¿Marie, por qué vienes a mi consulta?
“Alejandro, me gustas y no me importaría, en absoluto, que leyeras uno de mis libros, compartiendo un chocolate al calor del fuego”