lunes, 11 de febrero de 2013

DOULA




La palabra doula se deriva del griego antiguo que significa “mujer ayudando a mujer”
Soy una doula. Intento dar tranquilidad y confianza a la mujer en el habitáculo donde se llega a este mundo rodeado de maquinaria y personal profesional cubiertos de verde. No acometo tareas clínicas, mi labor esta dirigida al campo emocional e incluso espiritual. En los hospitales se olvidan a veces a las personas. Todo se motoriza siguiendo unos patrones. Se dice que si fuera una máquina, me contratarían ipso facto, mis resultados están demostrados. Pero también se dice, que como no soy rentable y no se me puede vender, no intereso. La humanidad que aporto en el momento del alumbramiento puede ayudar de forma extraordinaria, incluso en alguna que otra dificultad. Son pocos los casos de mujeres que deciden traer a sus vástagos de forma natural y en casa, pero alguna en estas circunstancias he ayudado.
Arancha me contrató en el séptimo mes de embarazo. Estaba sola en la gran ilusión de ser madre. Daniel no sabía si llegaría a tiempo, destinado en Beirut. Siempre soñó con el instante de tener a su hijo en los brazos. El momento se acercaba y decidimos que me iría a vivir con ella los últimos días. Las posibilidades económicas de Arancha eran excelentes pero afectivamente sus carencias también eran superlativas. Demasiadas niñeras y tutores pero pocos abrazos y besos.
Aún quedaban diez días para el alumbramiento, eran carnavales y nos marchamos a una casa rural a unos 45 km de la ciudad. Necesitábamos tranquilidad. Daniel llamó, estaría con ella la próxima semana, había conseguido un permiso de unos días.
La casa era acogedora, sosegada y protectora. Piedra, madera y fuego. Ya instaladas, la noche caía. Una esplendida luna llena se encerraba en la ventana, expresión de contrastes y misterio iluminando la noche. Contemplé aquella imagen hechizada. Arancha leía un libro en el sofá junto al fuego. Un escalofrío me recorrió el cuerpo, extraño presagio.
No tenía por qué tener miedos. Tomamos un caldo caliente para la cena, Arancha no toleraba algunos alimentos, sobre todo por la noche. Antes de acostarnos me unte las manos con aceite de lavanda y masajeé sus piernas y pies, aliviando el hinchazón y pesadez, mientras como habitualmente le contaba alguna que otra leyenda de la tierra, a ella le gustaba.
En la luna llena había más partos prematuros pero no tenía por qué ser el caso. Arancha se acostó. Me quede junto al fuego relajando la mente viendo el baile de las llamas. Fuera el viento comenzó a soplar con fuerza.
Algo me inquietaba. Me puse los cascos para escuchar música, las melodías sefardís de Ana Alcaide. Me traslada a otras épocas en el Toledo de cristianos, moros, judíos, brujas, nigromantes y hechiceras. En cierto modo me sentía un poco vinculada con aquellas hechiceras que conocían el poder de la naturaleza y las hierbas. Suelo usar lavanda y agua de rosas para las friegas; tila, melisa, infusión de flores de aquilea con un poco de miel para calmar; romero, manzanilla y agua de arroz para los vómitos. El ser lo que soy, en cierto modo me vincula con épocas en que no había médicos para traer a los niños al mundo.
No sé muy bien el tiempo que estuve escuchando música hasta caer dormida. Me despertó el grito de Arancha reclamándome. Di un salto y en tres pasos estaba en su habitación. Ella volvió a gritar:
- Está aquí. He roto aguas—Arancha tenía la cara desencajada.
- Tranquila —la agarré fuerte la mano—estoy aquí. Controlaremos las contracciones con la respiración. Tranquilas nos vamos al hospital. Antes déjame ver cómo estás. Tengo que ver la dilatación.

La cabeza de la pequeña ya coronaba. Era imposible subirla al coche. Cogí el móvil y llamé a urgencias. Mientras llegaban trataría de hacerlo lo mejor posible.
Me impregne las ropas del agua de rosas, su aroma relajaba, empapé una toalla pequeña y se la puse en la frente. Arancha había comenzado a empujar. Me coloque a los pies de la cama poniendo sus pies sobre mis hombros y le di mis manos. Las contracciones eran continuas y fuertes, todo preveía un parto rápido.
- Arancha mírame a los ojos, respira como te he enseñado. Empuja cuando sientas que lo necesitas. Tú eres fuerte y estás preparada. Si necesitas gritar hazlo, te ayudara a canalizar el dolor. No dejes de mirarme todo va a ir muy bien. A ti siempre te gustan las historias que te cuento. Eres María La Hechicera, aquella que trajo su hijo al mundo, aquella que vive en el Pozo Amargo, que ama al Capitán que vive en su espíritu a pesar de la distancia. Aspira el aroma de las rosas. Eres fuerte y yo estoy a tu lado.

Arancha dio un fuerte grito, empujó con fuerza sobre mis hombros, tiro de mis manos y la cabeza de la pequeña quedó fuera.
- Lo estás haciendo muy bien —empapada en sudor y con la cara desencajada— ya queda poco. Otro empujón más y ella estará a tú lado.
- No puedo—grito.
- Si puedes porque ya casi lo has conseguido. Estoy aquí, no dejes de mirarme. Daniel se sentirá muy orgulloso de ti.

Volvió a soltar un fuerte grito y la pequeña quedo sobre la cama. Solté las manos para cogerla, agarrarla de los pies, ponerla boca abajo y darle un cachete. En el mismo instante comenzó a llorar. Coloque a la pequeña sobre el pecho de su madre, aún unidas por el cordón. La luna encuadrada en la ventana fue testigo de su nacimiento. Mi corazón henchido de emoción no puedo contener las lágrimas. La imagen era sublime.
En ese mismo instante llegó la ambulancia haciéndose cargo de la situación. Subieron a ambas al vehículo y yo, por supuesto, junto a ellas. Antes de montar miré de nuevo a la luna, aquella luna sefardita y, no sé muy bien por qué, le di las gracias. Nunca había asistido a un parto sin personal cualificado, sola. Soy una Doula y me enorgullezco de serlo.