miércoles, 8 de mayo de 2013

FILANTROPÍA


Imagen de Luis Royo

“No hay mejor trampolín que una mala conciencia para saltar a la filantropía” John Steinbeck

No siempre sale el sol para todo el mundo. Cabizbajo, por la cenicienta acera, daba patadas a todo lo que se interponía en su camino. Era a lo único que le podía dar patadas, a lo que estaba tirado por los suelos, en cierto modo como él. Taciturnos tiempos donde tenemos de todo, más conectados que nunca y más solos que siempre.
Su tristeza pasaba a la ira en decimas de segundos. Años juntos y había vivido con una desconocida. Alguien que le había dejado el corazón vacio y una inusitada lista de deudas de todas las índoles. Fuerte, pisa un bote de refresco dejándolo arrugado y plano. Si ella estuviera delante la patalearía también.
Monstruo escondido bajo largas pestañas, medusa de cabellos ondulados, el hades con largas piernas y falda corta. Por el amor que la tenía, ignoró sus pasos. Algunas noches llegaba con los ojos vidriosos, incluso a veces recogía sus vómitos. Sus días buenos, que eran pocos, resguardaban la mediocridad de su existencia.
La fatídica noche, él tuvo una reunión. Ella le dijo que ante su ausencia saldría un rato con sus amigas. ¡Miedo le daba el regreso! La reunión se alargó hasta muy tarde y ya de madrugada él se topó en el portal con un ser tambaleante que apenas se mantenía en pie. Dicho ser miró retador y sin entender, sin conocerlo de nada, siguió cansado su camino.
Al llegar a la puerta se sobresaltó. Estaba entreabierta. Traspasado el umbral parecía como si al interior de su apartamento lo hubiera arrollado un tornado. El abrigo de ella en el suelo, el paragüero tumbado, los cuadros torcidos e incluso un rayón de carmín en la pared. Con paso lento y precavido entró en el salón.
Tras una primera mirada de reconocimiento no encontró nada en apariencia extraño, salvo el desorden. Unos instantes después escuchó una respiración agitada y un leve lamento. Avanzó unos metros y la vio. Estaba caída entre el sofá y la mesa pequeña, casi desnuda, sólo tenía puesto el sujetador y el liguero con sus medias. La tomó en sus brazos y la llevó a la cama. Su cuerpo ardía, sentía el pulso muy acelerado. Ella entreabrió un poco los ojos mientras él la llevaba y le ofreció una leve sonrisa, lo acarició sutilmente el rostro y perdió el conocimiento.
La ambulancia la llevo al hospital con fuertes ecos de sirena. Iba grave por una sobredosis. Aquella madrugada en la sala de urgencias, llena de rostros ajenos y desencajados, recibió la fatídica noticia: su cuerpo no había resistido. El maldito veneno que la despojó de sus facultades, la había llevado a tal desenlace. ¿Cómo no se había dado cuenta que las borracheras iban acompañadas de otros galopes? Se sentía culpable por su benevolencia ante un problema que no debía de haber ignorado.
Los días después fueron aún más aciagos si cabe. Cuantioso desembolso para que sus cenizas volvieran a la tierra ¡Ni morir era ya fácil en estos tiempos! Comenzaron a llamar a su puerta yonkis y algún que otro vendedor de poca monta de droga. Unas veces por desconfianza, otras por falta de ánimo y otras porque le dejaran en paz de una vez, fue pagando las extorsiones de sus últimas vilezas. Descubriría que el energúmeno tambaleante con el que se cruzó en el portal aquella noche satisfacía sus necesidades de estupefacientes y sus ardores pasionales cuando las sustancias hacían efecto.

Se sometió a una revisión médica, quería estar limpio de toda esencia de ella. Agradecido hasta las entrañas de no tener ningún resultado anómalo ¡Sólo le faltaba eso!
Y así, paseando por las cenicientas aceras, solo, llegó hasta el puente Viejo. Dio una fuerte patada a una piedrecilla y ésta saltó por la baranda, se apoyó en ella y divisó la corriente del río por entonces con un gran caudal. Sacó una moneda y la lanzó al agua. Las exequias eran para pagar a Caronte. De ese modo simbolizó el adiós a ella hacia el reino de Hades y su definitiva despedida. Desde aquel instante decidió comenzar una nueva andadura.
Meses después trabajaba de voluntario en una Ong de ayuda contra la drogadicción y atención a drogodependientes. Allí la conoció, la psicóloga de la organización. Pronto se irían a vivir juntos.
La debilidad de las personas te puede ocasionar duras cicatrices que sangran eternamente o sanan por amor a la humanidad. Y es entonces, cuando se abren nuevos horizontes. Podemos vivir en la aflicción o lo hacemos en el agradecimiento.