miércoles, 22 de mayo de 2013

MENTIRAS



“…el crepúsculo me induce a pecar y, tal vez por eso, en la cincuentena reflexiono sobre mi relación con la comida y el erotismo…” Isabel Allende.

La brisa se mece en las copas de los arboles. Las nubes vagan con lentitud. La lluvia fina empapa la tierra. Tumbado en la cama, confortable, observa a través de la ventana. Ha dormido mal y la desgana paraliza el cuerpo. Además, no tiene nada mejor que hacer en todo el día. Los amigos están fuera de juego este fin de semana y Elena, amiga con derecho a roce, ha ido a ver a su madre enferma.

La semana ha sido dura y extraña. Tensión en el trabajo con temas bancarios e informes sin terminar. Rotura de agua en uno de los baños de su casa, casi le desbalijan el suelo de tres habitaciones. El coche le dejó tirado a diez kilómetros del despacho, retirada de vehículo con la grúa y sin medio de transporte hasta, al menos, diez días. Aciaga racha, los idus de marzo. Elena no volverá hasta mañana por la noche. ¡Le habría venido de maravilla su compañía para resarcirse!

Sobre las once tira de de él hasta la cocina. Un café caliente y una tostada con mantequilla y canela. ¡Le priva! Vuelta otra vez a la desgana, se tumba en el sillón y enciende el ordenador. Ningún mensaje de interés, ninguna novedad atrayente, ningún chisme suculento o… ¿tal vez sí?

Mira en el muro de Elena de su red social pero no puede entrar. Ella suele tener blindado su muro, dice que no sirve más que para cotillear y para ella es uno de sus medios de trabajo. Tiene otras formas de husmear en su muro aunque ella no lo sabe. Entra y sorprendido ve que ha colgado una imagen con una entrada y una rosa. Aumenta la fotografía y es una entrada para la ópera en palco, en el Teatro Real, esta noche. ¿Ha ido a ver a su madre o está en Madrid de escapada?

No le gusta sacar conclusiones antes de tiempo. Elena ha quedado en llamarle a la hora de comer. Seguro que se lo dirá. Aprendió a tener paciencia y no adelantar acontecimientos. Alguna que otra vez había metido la pata. Además, eran amigos, solían hablar de casi todo. Tenían una relación abierta. Siempre comentan que les había llegado la edad de no justificarse con nada, no mentir y hacer lo que les diera la gana.

Efectivamente Elena llamó. Él la dejó de hablar pero en ningún momento ni una sola mención de Madrid o de ópera. Tan sólo le contó que su madre estaba mejor y que mañana volvería. La llamada telefónica terminó. Perplejo cogió el móvil y envió un whatsapps a Elena: Diviértete en la ópera. No estaba enfadado pero si molesto y decepcionado.

A los pocos minutos el sonido de su móvil le advirtió de un nuevo mensaje: Estoy indignada, no puedes husmear en mi vida, no tengo porqué darte explicaciones, soy mayor para hacer lo que me venga en gana. Ciao.

Si en algo estaban de acuerdo era en hacer cada cual su vida. Era absurdo mentir. Le contesta: ¡Y encima la ofendida eres tú! No entiendo nada.

La semana iba a concluir aún peor de lo que se esperaba. Ambos venían de parejas rotas. Se habían refugiado en la sinceridad, amistad e independencia. Para él estos últimos años habían sido utópicamente perfectos. Estaban juntos cuando les apetecía o cada cual por su lado cuando lo precisaban. Una vez más se demostraba la teoría de que todo cambia y nada es perfecto.

Otra vez el sonido del móvil con otro mensaje: No te había dicho nada precisamente evitando estos rollos. No ibas a entender que me invita mi jefe. Ya hablamos.

Él apagó el ordenador, el móvil y la mente. Estaba confundido, con un sentimiento encontrado de culpabilidad y de enfado. No sabía cómo siempre Elena acababa teniendo razón y él considerando que había hecho mal las cosas. Se le habían quitado las ganas de comer. Con este galimatías en la cabeza se quedo dormido en el sofá. Despertó por la tarde. Merienda un poco de tarta de chocolate con frambuesas que le aguardaba en la nevera. Se ducha y sale a tomar algo solo, no necesita a nadie.

Va al local de moda y pide uno de esos extraños y deliciosos cocteles de flores, un Caipiroska de pera y lavanda, una forma novedosa de tomar vodka. Una chica se acerca con una copa de color rojo a juego con su vestido y le pregunta con una sonrisa ingenua:

- ¿Cuál es tu cóctel? El mío es un Rose Martini.

A Elena también le gusta el Martini. La manera de entablar conversación con la chica del Rose Martini no es demasiado inteligente pero, por algún sitio hay que empezar. Tras las respectivas presentaciones y un rato de charla la chica del Rose Martini comienza a humedecer sus labios. Sus ojos, con un brillo febril, se clavan en los de él. La invita a salir fuera y dar un paseo en su coche. Ella acepta. Las nubes siguen cubriendo el cielo y la brisa acaricia las copas de los árboles. La lleva a la carretera que circunda la cañada. Detiene el coche al borde de un precipicio con una espléndida panorámica. Comienza a llover y la música de las gotas de agua sobre el cristal atempera el escenario.

Se miran y ella se abalanza sobre sus labios. Él la agarra de los hombros y va subiendo sus manos a la nuca. El escenario se caldea tras unos minutos de besos y caricias. Los cristales comienzan a empañarse. La chica del Rose Martini en una maniobra ágil se acomoda sobre él. Según baja sus manos va desabrochando la camisa apresurando el recorrido. Las manos de él se entremezclan con su ropa interior. Sucumben, jadeantes, al placer de una noche loca. Estallido de instinto y pasión. Tras una hora de Martini y Vodka se recolocan las ropas distribuidas por el coche. Ella le pide que la deje en el local donde se han conocido.

Vuelve a casa cansado pero satisfecho. Al menos la semana no va a terminar tan nefasta como presagiaba. Miles de almas buscan el solazarse en las noches de sábado y tan solo para ese tiempo. Se queda dormido envuelto en una nebulosa escarlata.

Por la mañana suena el móvil, es Elena. Le pregunta que si sigue enfadado y que tal su noche. Él contesta que no, que ya no está enfadado. Anoche salió a tomar unas cañas, nada fuera de lo normal en una noche de sábado. Ella también le dice que su jefe y la ópera en la misma línea, una velada estereotipada de ópera.
Elena se despide:

- Hasta esta noche, tengo ganas de verte. Llevaré champagne y fresas.

Él también con una leve sonrisa en la comisura de sus labios la dice:

- Prepararé las copas. Hasta luego nena, te espero con impaciencia.

El crepúsculo del domingo también augura ser de Martini y Vodka agitados con caricias, eufemismos y mentiras.