lunes, 2 de abril de 2012

LLUVIA.




Domingo de ramos con aroma de azahar vagabundeando por las calles abarrotadas de gente. Absorta, sin rumbo, sola. Si, sola pero no por falta de compañía sino por desamparo del alma. Estaba cansada de mediocridades, de verme rodeada de gente carente de emociones. Todo se compone hoy de estética, de dinero, de sexo y por supuesto de poder. O tal vez deberíamos decir de poder y sexo.
Y así mi desencanto de un tiempo a esta parte había aumentado a cotas impensadas. La independencia había desaparecido aunque no lo percibiéramos. Ya no trabajábamos para vivir, vivíamos para trabajar. En el camino olvidamos el respeto por nosotros mismos y por el prójimo. Desdeñamos mirar a los ojos de la conciencia, tocar la belleza interna. Todo lo tapaba la máscara de la divinidad etérea de una cara bonita ¿Y las arrugas que proporcionaba la risa? Lamentablemente las ocultábamos bajo las inyecciones de botox.
Aquella mañana salí a la calle con mis vaqueros viejos, un jersey gris enorme, las mangas ocultaban la mitad de mis manos y unas deportivas cómodas, sin marcas. Sepulté el móvil bajo un cojín del sillón, desamparándole. No llevaba ni dinero en los bolsillos, ni documentación. Mi carnet sólo era una cara y un número pero no exhibía ni un solo rasgo del individuo que me caracterizaba. Salté a la vida sin un propósito.
De pronto, el sol de la mañana fue velado por nubes grises de tormenta. Empezó a llover suavemente y fue como si la película se acelerará; la gente corría a refugiarse. En un primer instante tuve también la tentación de guarecerme pero algo impedía que mis pies se movieran. Alcé mi cara y las gotas empezaron a resbalar por mi rostro. Sentía como el agua traspasaba el jersey y se adueñaba de mi cuerpo, seduciéndole. El sonido del golpeteo sobre arboles y hojas era la más deliciosa de las melodías. Dirigí mis pasos hacia un parque frente a mí, el viento susurraba para que me acercara. Fue un momento impactante, de los que se imprimen, absoluta liberación. Percibí como el verdor se acentuaba, olía el aroma de la tierra húmeda, el sonido de la lluvia, el tacto de la naturaleza sobre mis manos, el sabor del sueño ansiado de no acallar lo que apreciaba, seguía viva tras tiempo de letargo. La libertad no es un sueño está tras los muros que nosotros mismos construimos.
Empapada regresé sobre mis pasos, la decisión estaba tomada. Atrás quedarán los meses desolados, la angustia de los cobros, el tiempo de ser puntuales, las escusas para justificar mi desgana, los vestidos para enaltecer y ocultar la esencia y la esclavitud de la civilización implacable y moderna.
Comienzo con una nueva y a su vez atávica filosofía de vida. Sólo haré lo que me gusta y apetece, lo que expanda mi corazón. Crear por el mero placer de hacerlo, amar hasta desfallecer sin esperar nada a cambio, reír hasta que me duela cada centímetro de mi cuerpo y sentir la inmensa sensación de que alguien vele por ti y viceversa. Rodearme de las personas que quiero y son importantes pues escribieron algún párrafo de mi historia. Aprender a mirar a los ojos del mundo a través de los arboles, el sol, las estrellas y el ocaso.
A veces lo que se escribe en las páginas es más amable que el mundo real. Y en otras ocasiones, como una admirable persona me dijo: no es que la realidad supere la ficción sino que esencialmente se basa en ella. Estreno mi andadura llenando mis manos de tita y palabras. La pasión de toda mi existencia heredada de mi abuelo. Vosotros los que me amáis y amo seréis mi inspiración.
Buen viaje.